martes, 26 de febrero de 2008

SÓLO OLVIDO


Aquella mañana María no supo bien dónde se encontraba. Miró a su alrededor y todo le parecía extraño, ajeno, desconocido. Se levantó y fue al baño. Quedó inmóvil frente al espejo, mirándose a sí misma, sin reconocerse siquiera. El rostro de mujer que veía frente a ella no le decía nada. Era como si el tiempo lo hubiera transformado todo. Aquellos ojos claros, los pronunciados pómulos, la nariz perfilada, los carnosos labios, las arrugas de la cara, los dorados cabellos.

No escuchó las campanas de la iglesia, ni los pasos de Juan, su marido, que la seguía de cerca, observándola preocupado, porque algo no iba bien. Lo sabía, ya había ocurrido otras veces. Pero él no quiso preocuparla. Lo supo entonces y antes que María comenzara a abismarse en un mundo desconocido para ambos. Mas Juan, que siempre estuvo a su lado, ahora no podía abandonarla. Ni siquiera se le había pasado por la imaginación. Toda una vida juntos y así seguiría hasta la extenuación. Juan sabía, había escuchado a otros jubilados como él que quienes caían en el precipicio del olvido, difícilmente se recuperaban. Aun así, él no quería hacerles caso. Seguramente estarían equivocados. Los viejos pierden pronto el sentido de la realidad, chochean con frecuencia –se decía a sí mismo. Y eso no le iba a pasar a María, su esposa, no estaba dispuesto a que ocurriera.

Y luchó con todas sus fuerzas por que así no fuera. Y a su lado estuvo mientras pudo. Observando cómo recorría lentamente el pasillo de la casa, cómo se paraba frente a él y le preguntaba, mirándole a los ojos: ¿papá, qué haces ahí quieto como un poste? ¡Anda, vamos a tu cuarto, que tienes que descansar! Y lo cogía de la mano, y él, Juan, su marido, se dejaba llevar hasta el dormitorio, y se echaba boca arriba sobre la cama, y ella, sentada a su lado, recordaba cosas que sólo ella había vivido y que para Juan, su marido, no existieron nunca. Pero Juan hizo del silencio su vida, y nunca la contrarió, nunca le dijo nada que pudiera molestarla, y ella, María, siempre en la casa, de aquí para allá, una vez y otra, incansable. Hablando para sí. Y Juan siempre tras ella. Cuidando de ella, protegiéndola, para que no se hiciera daño con nada. Juan siempre ahí, a su lado.


Pero un día, María se abismó definitivamente en su extraño mundo de fantasmas y sombras. Y calló. Aquel día, María se detuvo delante de la ventana del dormitorio, fijó la mirada en el infinito de la nada, y sollozó sin saberlo. Juan, su marido, tras ella, observándola desde la puerta, silencioso, vencido.

LA PROSTITUTA


Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Ella, Nadia –y el nombre importa poco-, se había levantado a la misma hora de todos los días, casi a la hora del almuerzo, pues como todos los días, llegaba a casa no antes de las cinco de la madrugada, después de atender a los clientes que frecuentan el Club de alterne donde ella trabajaba cada día, desde que llegó de Rusia, su país de nacimiento.
Nadia, luego de darse una ducha de agua fría –era costumbre en ella desde que llegó a estas tierras-, vistió su hermosísima desnudez con un albornoz de color rosa que le había regalado unos meses atrás Antonio, su amante y proxeneta. Después de abrir la puerta del baño para que el vaho del espejo desapareciera, quedó inmóvil frente a su propio rostro. Se miró intensamente a los ojos, como si fuera la primera vez que se veía a sí misma frente a un espejo, como si no se reconociera en aquellos rasgos de su cara, de sus áureos cabellos, de sus carnosos y pálidos labios, de sus pronunciados pómulos, de su tersa piel, de sus largas pestañas…Pero Nadia estaba allí, mirándose en el espejo, como una tonta, como si al hacerlo de aquella forma una paz extraña se apoderara de ella. Pero Nadia, un día más, se hallaba sola. Sólo ella y sus sueños, y sus fantasmas, y el miedo.
Nadia, entonces, como una autómata se maquilló rápidamente: un poco de crema en la cara, el rimel para las pestañas, el lápiz negro para el borde de los párpados y un ligero cogido para el pelo. Ya en la habitación, Nadia escogería el conjunto de lencería más sexy, una minifalda y una camiseta escotada; comería junto a otras compañeras de oficio en el bar de la esquina y de nuevo, a la misma hora de todos los días, al Club, a esperar, como siempre, que llegue la noche y con ella sus vampiros. Y ella, Nadia, se acomodará al placer de los hombres, hasta la extenuación.
Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Nadie volvió a su casa acompañada de Antonio, y sin saber por qué, tras pasar la Puerta ocho de la Primera planta del Edificio A, el cuchillo jamonero que escondía entre su ropa su amante y proxeneta, le atravesó el corazón, como un poseso el cuchillo entró y salió del cuerpo de Nadia hasta diez veces. Nadia cayó al suelo y llevándose las manos al pecho sintió que la sangre le quemaba las manos, la vida entera. Luego, un gran silencio, la nada.
Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Nadia volvió definitivamente a casa, para siempre, para siempre.

LA CARA Y LA CRUZ (Human. Palestina y Afganistán)

A veces, tanto la realidad como la más pura fantasía, nos despiertan de un ya duradero e incomprensible letargo. Aquella tarde llevaba un buen rato de un lado para otro, sin rumbo fijo, recorriendo sin prisa las callejas del barrio antiguo de la ciudad, impregnándose de la luz y los aromas marinos. Así, cuando la luz azafranada del crepúsculo comenzaba a retirarse del edificio del antiguo Liceo, sin saber cómo ni por qué, ya había traspasado sus puertas de cristal.


En su interior un patio rectangular rodeado de pórticos formados por arcos y columnas. En unos segundos y de forma incomprensible su mundo se había dividido, separado o convertido, llámese como se quiera, en dos mundos opuestos, antagónicos. En un abrir y cerrar de ojos había quedado atrapado en un callejón de figuras y colores nunca visto hasta entonces. Las paredes se habían convertido en espacios fotográficos surrealistas, donde el color y el pensamiento se mezclaban en una extraña pero sugestiva alquimia. Luego, todo comenzó a ser delirio de anónimas miradas. Los cuerpos, en su propio abandono, se encuentran o se inventan a sí mismos en un juego de color y abstracción única; se visten y se desnudan. Las imágenes se rebelan contra todo y todos, incluido su autor. Miran desde su espacio cautivo, provocadoras, creando un cosmos de fantasía ilimitada, una sinfonía colorista y alegre que lo traspasa todo. La realidad distorsionada o disfrazada, quizá una nueva dramaturgia, un nuevo concepto de las formas, la luz y el color, la vida. Human.



Pero si a un lado del patio halló la fantasía y la recreación más sugestiva, al otro, la realidad de un tiempo y un espacio en el que la muerte y el sufrimiento humanos gritan a través de la mirada.
Donde toda la negritud del universo espejea en la pálida desnudez de unos rostros de mujer, en la terrible soledad de los ancianos, en los muros de cemento levantados, en los fusiles kalashnikov, en las ondas lanzadas por adolescentes, en los entierros de hombres, en el estertor del grito, en las inmolaciones… Allí donde la piedra, otras vidas resurgen de las cenizas y el fuego; la mirada de un niño ante el Corán, la flagelación de la Ashura, las cárceles, azules ríos de burkas, el doloroso clamor de los silencios anidando en las esquinas o en los templos…Palestina y Afganistán vestidas de luto. 


Y así, sin darse cuenta, se vio a sí mismo traspasar de nuevo las puertas de cristal del antiguo Liceo. De nuevo, la vida y la muerte, la cara y la cruz de una misma moneda.

jueves, 21 de febrero de 2008

ANTONIO SERRANO: ALMA Y LUZ DEL TEATRO CLÁSICO EN ALMERÍA


Sean bienvenidas vuesas mercedes y a buena hora hállense en este corral de comedias donde la realidad y los sueños se entrecruzan, se amalgaman y funden como si de una sola cosa se tratare. Tomen ansí asiento que en siendo a poco comenzare el espectáculo, pues a fe que en estando con los ojos bien abiertos y bien francos los oídos no lamentaren nunca aqueste instante, que en viniendo como ansí fuere, mente y cuerpo disfrutaren de lo que en tan grande escenario representar quisieren los hombres y mujeres que por oficio y vida tuvieren el más noble de cuantos fueren y que al nombre de actores unas veces responden y otras por comediantes se conocieren.

Sean vuesas mercedes muchas y una, y miren y escuchen con atención cuanto en la tarima desde agora y hasta en llegando el fin se diga, pues fuere el caso de una grande burla o por el contrario el de un terrible drama, a fe que de entrambos casos enseñanza sacaren, que en siendo el teatro simulación o fingimiento, representación, farsa o cuento, de la mesma vida espejo fuere, al fin y al cabo, de la realidad se tomaren y en el proscenio vida los actores dieren.



En estando la mar tan serena y el desierto alegre, como el oro reluciere aquesta villa de Marina en llegando las Jornadas y en viniendo como vienen caravanas de cómicos, comediantes, actores, farándula toda a dar vida a nobles señores, monjes, mendigos, trajinantes, putas y mesoneros, a fe que del todo y la nada la culpa alguien tuviere y aqueste por decir verdad y agora al nombre de Antonio de Serrano respondiere, pues que en siendo 25 luengos años son ya los que aquesta villa gozare de aquestas y tan magnas Jornadas de Teatro del Siglo de Oro.

¡Ábrase el telón!, y, ¡Cúmplanse siempre los sueños de vuesas mercedes!

miércoles, 20 de febrero de 2008

NICOLÁS SALMERÓN Y ALONSO O EL HONOR DE LA PALABRA



La luz crepuscular dora las solariegas casas de la burguesía en la Puerta de Purchena, otrora Puerta de Pechina. Han pasado los años y este lugar, en el mismo centro de la ciudad, se ha transformado, mudado su antigua y decadente fisonomía. Un nuevo paisaje urbano frío y aséptico se nos muestra ante los ojos, indiferente, lejano. No existe arboleda alguna. Los edificios más notables, como la Casa de las Mariposas: vencida y olvidada de todos, casi en ruinas, desmembrándose poco a poco sus cornisas… Ahora, en sus entrañas, un aparcamiento. Altas e inclinadas farolas modernistas iluminan la noche, al igual que los escaparates que se ubican en su entorno. Y entre el desierto de las veteadas losas de mármol que adornan este nostálgico rincón almeriense, esculpido en bronce, don Nicolás. Don Nicolás Salmerón y Alonso, ilustre pensador, político, humanista, republicano, orador e intelectual de talla, que allá por el año de 1837 naciera en Alhama la Seca –hoy Alhama de Almería-, hijo de don Francisco Salmerón, médico, y de doña Rosalía, hija de un maestro de escuela. Brilla el bronce en la figura de don Nicolás. Brilla la tarde mientras, solo en su andadura, parece caminar junto a las gentes que pasan una y otra vez a su lado, diferentes, de colorista vestimenta en contraste con la suya, austera y broncínea. Camina con la cabeza alta y la mirada al frente, seguro de sí mismo, feliz de sentirse entre los suyos, en su tierra, dignamente vivo en el metal que lo abriga. Se adorna el rostro con una espesa y cuidada barba, viste terno, al cuello de la camisa anuda una pajarita y calza botines; en la mano izquierda, un libro; desnuda, la derecha. Brillan sus ojos cuando me acerco hasta su altura, y en ellos encuentro la expresión de una vida dedicada al estudio y el pensamiento, y al mirarlo veo al niño que aprende latín en el despacho de su padre y disfruta del juego en las estrechas calles de Alhama, y crece retraído y tímido; al adolescente que camina hacia el Instituto, junto a sus compañeros González Garbín, Federico de Castro y Rafael María de Labra y Cadrana; al muchacho estudiante de Filosofía y Derecho en Granada, siempre caminante por los entresijos del arte y la cultura de su Alhambra y el Generalife, del laberinto de calles del Albaicín, tejedor de la amistad inseparable con don Francisco Giner de los Ríos, en aquellos días ya lejanos. Don Nicolás, en su bronce de vida, camina hacia el amor de Catalina, y luego hacia Madrid, y en su Ateneo y el Café Universal nace una nace a la luz el fraternal abrazo con aquellos sus entrañables Pi y Margall y Castelar.

Se suceden los años, y don Nicolás camina como siempre: la vista al frente, el cuerpo erguido, seguro, esperanzado. Y convencido, funda el Círculo o Academia de Oradores, y el Colegio El Internacional donde “no se usaban palmetas, ni otras disciplinas que las científicas, ni se injuriaba a los niños llamándoles brutos cuando no se sabían la lección, ni se les obligaba a repetir de memoria rezos, la tabla de multiplicar, los ríos de España, las capitales de Europa, la historia de los reyes Godos y las fábulas de Samaniego. Era un colegio que no hacía odioso al maestro ni cargante el estudio”.


Don Nicolás camina hacia el fondo de sí mismo, y se pregunta y se responde en esa dualidad antagónica que la vida nos enseña. Pero don Nicolás no se arredra, y vuelve el amigo que se rebela contra lo injusto, y dimite de su cátedra y es expedientado, y en los silencios de la solidaridad vive por Castelar, y, a pesar de todo, empedernido y noctámbulo soñador de un mundo mejor y más ecuánime. No huye de nada ni de nadie. Don Nicolás camina, se aferra a sus orígenes para saberse vivo, y fiel a sus ideas recorre los caminos del pensamiento y la libertad, aun siendo preso en la cárcel de Saladero.

Anochece en la Puerta de Purchena. El denso amarillo de las luminarias lo envuelve todo. Don Nicolás, en su bronce, luce cálidos destellos de paz y sabiduría. Don Nicolás camina con su soledad de bronce a su Alhama del alma, y de Alhama a Madrid, y cansado, exhausto de incomprensión y vanos enfrentamientos cruza la frontera hasta Francia, y allí, en Pau, un 20 de septiembre del año 1908, muere, lejos de su patria, de su Alhama, de Almería. En Pau se extingue el hombre, el intelectual, el más grande orador y político de su tiempo. Desaparece quien fuera Diputado, Ministro, Presidente de las Cortes y del Gobierno de la I República. Muere quien Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte. Pero, vive su obra y su recuerdo en el de todos los hombres de bien, y así lo deja escrito el poeta y republicano Antonio Machado: Recuerdo haber llorado de entusiasmo en medio de un pueblo que cantaba La Marsellesa y vitoreaba a Salmerón que volvía de Barcelona. El pueblo hablaba de una idea republicana, y esta idea era, por lo menos, una emoción, y muy noble.

Don Nicolás Salmerón y Alonso camina en su bronce de vida por la Puerta de Purchena, y el eco del tiempo nos devuelve el honor de su palabra:…Cread centros de ilustración y cultura, leed el periódico, el libro, que éste es el único medio de elaborar la civilización. Constituid centros y casinos, en los que el que sepa enseñe y el que no que aprenda.

martes, 19 de febrero de 2008

ÚLTIMAS EPÍSTOLAS DE KALINKA


Retomo para esta ocasión aquel verso de Rafael Alberti que decía “Nunca fui a Granada”. Hoy, lamentablemente, yo también escribo: “Nunca fui a Toulouse”. Nunca estuve en la Rue General Faidherbe de Toulouse, donde vivió Kalinka Pradal. Sin embargo, desde que inicié mi relación epistolar con ella y en muchos momentos, me he imaginado cómo sería su calle, su casa y, cómo no, cómo sería realmente esta mujer almeriense, víctima de un tiempo incivil que la llevó, siendo una niña, al más cruel de los exilios.
A veces, en la vida, un cúmulo de circunstancias por impensables y extrañas nos acercan a la vida y obra de otros seres. Es mi caso. Allá por el año 98 llegaba a este paraíso de mar, desierto y cine. Al poco tiempo descubrí a uno de los personajes almerienses más interesantes y extraordinarios –también más desconocidos para sus propios paisanos- de la historia reciente de Almería: Gabriel Pradal. En los libros que leí: Gabriel Pradal o el honor político, con prólogo de Felipe González y de autores varios; Gabriel Pradal (1891-1965), de Gemma Pradal Ballester y Comentarios de Pericles García, por Gabriel Pradal, en sus ediciones de Toulouse 1967 y Almería 1991, hallé la honestidad política, el humanismo y la generosidad de un ser extraordinariamente comprometido con su tiempo y sus principios. La lección aprendida por aquellos días fue la verdadera lección de una vida entregada al conocimiento, la libertad y a los desheredados del mundo.


Tuve entonces la sensación, y aún hoy la tengo, que estaría unido a los Pradal el resto de mis días. Luego conocí a Gemma Pradal. Muchas fueron las horas y los días que tuve la oportunidad de hablar con ella de su tío-abuelo Gabriel Pradal. Gemma hablaba y hablaba con pasión de la vida y obra de Gabriel. Yo, que sólo había sido un ferviente lector, reconocía en su voz, quizá también en sus gestos y expresiones, al político honesto, al intelectual, al escritor, pero sobre todo, al hombre en su más extenso y valioso significado. En todas esas ocasiones veía al hombre que de pie, sereno y atento, con cabello cano, gafas de concha, traje negro y a rayas, lee un periódico que sostiene en su antebrazo izquierdo y en la mano un sombrero de fieltro, mientras que los dedos de la mano derecha acarician levemente el bigote y la barbilla. Creo que fue por aquellos días cuando decidí escribir sobre su vida. Durante algún tiempo estuve dándole vueltas y vueltas a esta idea. Un capítulo del libro de Gemma titulado “Salida de España” y concretamente este pasaje: “…el día 23 del pasado trasladamos la Comandancia de Obras Militares desde Barcelona a un pueblecito cercano a Figueras, llamado Villanant. Fue un día de preocupación. Al anochecer salí en el coche con los niños” (refiriéndose a sus dos hijos mayores, Gabriel y Mercedes), fue el detonante. A partir de entonces el nombre de Mercedes ocupó los días y las noches, las horas y los minutos que dedicaba al noble arte de la escritura. No había otra salida, tenía que contactar con Mercedes Pradal, aquella niña que en aquel frío día de febrero de 1939 cruzó la frontera francesa camino del exilio. Y así fue como comencé mi relación epistolar con Mercedes Pradal, desde entonces Kalinka. En la primera carta le hablaba de mi interés por conocer detalles de la vida de su padre, Gabriel Pradal, de cómo fue el exilio, de sus sentimientos, de sus deseos, en definitiva, de todo aquello que afectó a su vida. Kalinka me acusó recibo a los pocos días. Yo estaba entusiasmado y agradecido a su pronta respuesta. Luego volví a escribirle, le insistía para que me abasteciera del material necesario para iniciar la narración. Recuerdo que en aquella carta le envié, también, un poema dedicado a ella:
COMO TUS OJOSYo quiero ser la voz tan alta que mereces,
definitivamente.
Arturo Serrano Plaja


a Kalinka Pradal, hija de la guerra y el exilio.

En sus ojos de oscuras soledades
los tuyos reclamaban la luz, vuelos
de mariposas tiñendo los días
de esta triste y extraña primavera.
En sus labios de encajes y silencios
los tuyos emergían como un trueno
de límpida mirada que recorre
la tierra cincelada de cenizas.
En sus manos de mármol veteado
las tuyas derramadas en latidos
de agrestes despertares y de asedios
clavándose en la carne como un llanto.
En sus pechos de ninfa vegetal
los tuyos abiertos en honda herida
rebelándose tras saberse noche
de aquel tiempo incivil y tenebroso.
En la memoria, lejanos los días,
el viento acuna voces de una infancia
cualquiera, como luces emergentes,
como azules desbordando el ocaso.

Estallan los silencios esta noche.

De nuevo el invierno en las calles, su luz
cegadora, su plateadas manos


sobre la estatua marmórea del parque,
sobre la mar, el aire, los cantiles.
Esta noche, estallidos de silencios
en la estancia, golpes de frío y lluvias
galopan sobre la mesa y los dedos,
amargos, como nunca antes lo fueran.

Estallan esta noche los silencios,
el universo entero en mis pupilas,
la doliente presencia de la espera
junto al triste ciprés de los vencidos.

Estallan los silencios esta noche...

Han pasado los años y aún te veo
clavar los ojos en la noche negra
de aquel febrero negro que imponía
el horror de la sangre y las trincheras.
Aún te veo, con el cuerpo entumecido
de miedo y soledades, recorrer
el silencioso túnel del espanto
en el trémulo asiento de la huida.
Te veo tras los cristales de un viejo tren
en la gélida estación de Cerbère;
veo la triste y desolada mirada
de un hombre abismándose en el fracaso.
Veo el dolor del exilio en la Bretaña
marina y distante de los sin patria
y unas cartas de amor que llegan siempre
al mismo destino y destinatario.

Te veo en las índigas y claras aguas
del Mediterráneo, ahora que la luz
del día comienza a lucir el ímpetu
vivo y ardiente de tu voz en las olas.

Kalinka tardó en contestarme, pero su carta fechada el 8 de julio de 2002 en Toulouse, me llegó unos días después. En ella me pedía disculpas por la tardanza en contestar debido a su mal estado de salud: “El corazón acusa, a mi edad, los sufrimientos de toda una vida, que no fue particularmente dichosa” –decía-, y continuaba agradeciéndome el poema dedicado “que me emociona y me sorprende. No sé por qué mis ojos. Usted no me conoce, ni sé cómo puede evocar ciertos recuerdos que están en el fondo de mi alma. El horror de la guerra, ese tren oscuro en Cerbère, la Bretaña…”. Concluía su carta Kalinka con una invitación para que visitara Toulouse. Volví a escribirle para darle las gracias por sus cálidas palabras, por su comprensión y generosidad. Kalinka respondía de nuevo con una postal fechada el 3 de agosto de 2002 desde un lugar llamado La Franqui, donde veraneaba aquellos días: ”Mis hermanos y mi padre escogimos este lugar pues, contrariamente al resto de Francia, que es un país verde y risueño, esta región, que es árida y seca, nos recordaba a nuestra Andalucía y a Aguadulce, donde pasábamos los veranos en nuestra infancia. A mí me apasiona este “Mare Nostrum” que es toda nuestra cultura”.
Después de aquella bella postal, que ciertamente recuerda las playas de Aguadulce, paraje conocido en vida de su padre como “El barranco de las adelfas”, no recibí carta alguna. Pasaron los meses. Alguna vez en encuentros casuales con Gemma pregunté por ella, pero ya su estado de salud empeoraba aceleradamente. Hasta hace unos días, que al leer el periódico, me encontré con la triste noticia de su muerte. De inmediato llamé por teléfono a Gemma para darle el pésame, y volvimos a hablar de Kalinka con el corazón estremecido. Gemma, con un hilo de voz emocionada, caminaba de la mano de Kalinka por las calles de Almería, observando el espectáculo de los Gigantes y Cabezudos y escuchando los versos de Federico García Lorca en la voz de Kalinka; luego ha viajado con ella hasta Collioure para homenajear a Antonio Machado y a la rue del Toro, en Toulouse, donde se reunían los socialistas españoles exiliados.
Ahora sé y lo sabré siempre que Kalinka vive y vivará eternamente entre nosotros. Que vive como viven sus ojos en mi memoria.

lunes, 18 de febrero de 2008

LA FUERZA DE EXISTIR (I)


No tengo nada contra nadie. Más bien, compadezco a todas esas marionetas sobre un escenario demasiado grande para sus pequeños destinos. Pobres diablos, víctimas convertidas en verdugos en su intento de no creerse juguetes del destino. El orfanato, bien lo sé, mató a algunos que nunca pudieron recuperarse, degradados, quebrados, destruidos… También fabricó engranajes dóciles para la maquinaria social, buenos maridos, buenos padres, buenos trabajadores, buenos ciudadanos y, tal vez, buenos creyentes…
Para no morir a causa de los hombres y su negatividad, para mí existieron los libros, luego la música, en una palabra, el arte, y sobre todo, la filosofía. La escritura le puso el broche de oro a ese conjunto.


Selecciono estos párrafos del prefacio del libro La fuerza de existir, de Michel Onfray. Son estas primeras páginas del libro un recorrido agrio por los recuerdos del niño que fue Onfray. En ellas descubrimos la vida del orfanato en el que estuvo interno durante cuatro años. Periodo que marcará la vida posterior de Onfray. El orfanato, regido por los padres salesianos, no es sino un patético lugar en el que la violencia, los abusos sexuales, el miedo y las humillaciones, estuvieron a la orden del día. Cualquier momento era idóneo para practicar tan improcedentes conductas.

 El orfanato deja en Onfray una huella imborrable. La experiencia vivida será determinante, y en ese juego de las luces y las sombras, crecerá día a día, sabiendo que en la observación y el análisis de cuanto sucede a su alrededor estará, en buena medida, el futuro. En el orfanato y con los padres salesianos aprendió el verdadero significado del placer, aunque fuera por omisión u ocultamiento. Era tal -es tal aún- la ceguera de los padres salesianos que, nadie está a salvo de sus particulares sistemas inquisitoriales. El miedo, como garante de la buena educación, ha sido y es su baluarte más preciado, la doctrina más eficaz y la contundente razón para condenar a los débiles a vivir discriminados y al margen de todo.


Dice Michel Onfray en el prefacio de este libro que A los catorce años, tengo mil años…y la eternidad a mis espaldas. Sólo el arte codificado de esa “fuerza de existir” cura los dolores pasados, presentes y por venir.Comprobémoslo en la lectura de los siguientes capítulos que conforman este interesante ensayo filosófico.

domingo, 17 de febrero de 2008

LA FUERZA CROMÁTICA DE ÁNGEL F. SAURA


Acercarnos a la obra de Ángel F. Saura (Murcia, 1953) supone descubrir la verdadera imagen de una realidad existente y que su autor ha querido fragmentar. Y es precisamente esa acotación consciente la que enriquece su obra hasta límites insospechados. Ángel F. Saura se convierte así en un creador de lo creado, transformando los principios que originan las imágenes en su génesis y elevando a categoría de arte cuantos elementos cotidianos intervienen en su posterior desarrollo creativo. Utilizando la tecnología digital nos seduce con claros estallidos de luz y color. Cada parte es un todo. Sus fotografías son un tratado de la cotidianidad, de lo cercano no aprehendido, del pensamiento y la reflexión serena. Todo un compendio de sabiduría y oficio.

En cada obra nos descubre su propia complicidad con la vida, con las cosas pequeñas, con los detalles nimios pero impactantes. Nos sugiere nuevas formas de mirar y aprender. Su mirada es la nuestra, pero desde el otro lado. Él está en la otra orilla viviendo y desviviéndose por todo lo que le rodea. Componiendo, a partir de las miles o millones de partículas que conforman el cosmos, un nuevo cosmos, un planeta distinto, más humano.

Las texturas, el color o la luz, los diferentes matices que encierran cada una de sus fotografías sacuden al espectador con una fuerza indescriptible. Quien haya tenido la oportunidad de acercarse a la obra de Ángel F. Saura podrá comprobar y constatar el creciente aleteo de las formas y de sus elementos cromáticos. Nadie queda impasible. Es como mirar al mar que sutilmente ondula sus aguas hasta devolvernos la calma deseada.

sábado, 16 de febrero de 2008

CELIA VIÑAS, ECO DE VOCES SINFÓNICAS




Es invierno, ¿tal vez una premonición? Las calles, húmedas por la lluvia caída, parecen centelleantes espejos. Los escaparates comienzan a iluminarse y un bullicio de gentes recorre el Paseo arriba y abajo, una y otra vez. Atardece en la ciudad, que se viste con sedas de anaranjados colores. No es la primera vez que, sin querer, uno se siente atrapado por un tiempo huido, que ya no pertenece a este tiempo, que dejó de ser, pero que la nostalgia y la tristeza del invierno nos devuelve de nuevo, en este instante.

La ciudad, vigilada por su altanera Alcazaba, muestra al visitante sus recoletas calles, sus solariegas casas en ruinas, los nuevos e impersonales edificios de la Rambla, su remozada plaza de la Catedral, la casa del Obispo, el laberinto de la Almedina, el cúbico caserío de La Chanca y todo parece detenido en el tiempo. Y con esta sensación el viajero camina lentamente, sin prisas, y en silencio observa su entorno como si de una pintura se tratara, de tal manera que todo parece sobredimensionarse, sin más.


La ciudad no ha cambiado mucho de aquella que describiera con elegancia la pluma de la escritora catalana –almeriense de adopción-, cuando dejó escrito: una ciudad abúlica y tediosa… de actividad muerta…que media la moral con una vara de tendero y la especifica con un bando municipal. Era la sociedad almeriense de los años cuarenta tal la describe Celia Viñas Olivella, joven profesora nacida en Lérida y que el Instituto de Enseñanza Media tuvo el honor de tener como Catedrática de Lengua y Literatura desde el 1 de marzo de 1943 hasta su muerte allá por junio del año 1954.


Hoy, la Plaza de Bendicho, muestra su busto en un decadente jardín. En lugar tan solitario, el busto broncíneo de Celia Viñas es como un eco de voces sinfónicas, un oasis en el desierto, la luz que encandila los deseos o un creciente rumor de olas en los acantilados. Celia está ahí, dejándose mirar por los escasos paseantes que frecuentan este solar de soledades. En su mirada, el milagro de la vida. Celia esta ahí, sobre un pedestal de cal y silencios, esperando volver al paraíso de sus aulas y alumnos; esperando reescribir Viento Levante y Tierra del Sur, con las mismas y abrasadoras palabras de siempre. Está ahí, sí, como si nunca se hubiese ido, esperando el reencuentro con todos y todo.


Celia entre nosotros, con su eterna sonrisa, con su cabello recogido en un moño bajo, con su rebeca abierta y cruzada al pecho por franjas de color indeterminado, con sus brazos en jarra, con su falda clara y su camisa con cuello de picos vueltos, de perfil, mirando al infinito del misterio y la fantasía. Celia viva, como la mar y las montañas.


Quienes la conocieron y aún viven, con ella y en ella viven. La huella de Celia es como una llama, como los manantiales o los astros. En ellos, Gabriel, Julia, Rafaela, Tadea, Eugenio y tantos otros que tuvieron la suerte de ser sus queridos discípulos y amigos, siempre Celia, con la palabra encendida, el verbo ágil y certero.

Celia de los silencios que sólo la mirada delata, pues la pobreza cultural, la represión y la censura campan a sus anchas por todos lados. Celia la creadora de mitos y cotidianos paisajes. Celia la viajera, la que vive intensamente cada minuto, cada segundo de vida, al límite siempre de la pasión y el sentimiento.
Hoy, en la Plaza de Bendicho, extramuros de la catedral: <>, Celia se cobija al abrigo de la arboleda de palmeras y acacias; se abraza a los edificios cercanos de la oficina municipal de Medio Ambiente, Casa de la Música, sede del Patronato de Turismo; Casa de los Puche o el Centro de Arte MECA, y parece que volviera a darse un chapuzón lejos de la orilla, en su mar, a caminar descalza por la playa o a pasear en bicicleta. Ahora, en esta plaza, junto a su busto en bronce, Celia vive en el recuerdo, y en la memoria vive su devoción por la naturaleza, por el azul del cielo, por las tardes en el campo, el deleite de los días de lluvia escondida entre las sábanas o su apasionada curiosidad de coleccionista.

Hoy, también, Celia Viñas Olivella, en la poesía de siempre, la que se escribe con el entendimiento y el corazón, la que aún puede leerse en esta ajardinada plazuela de Bendicho, la de los versos de fuego y aire, la que siempre vive y vivirá entre nosotros:

Te cantaré, Señor, alegremente
en la paz serenísima del alma
llena de frutas, islas y guirnaldas
por el pan que me ganan estas manos
amasando la arcilla de tus niños,
haciéndote muñecos porque quieres

pastorcillos de barro en tus belenes
y me has hecho artesana en tus escuelas
donde el polvo es más noble que el artista.
1952


Hoy, Celia Viñas, en la calles y plazuelas de Almería, en los fondos marinos o en la playa, en las montañas, el desierto y los ríos, siempre eterna junto al olivo de la paz y la luz que crece lentamente a su lado en esta plaza.



Aguadulce, 28.11.2007


 

jueves, 14 de febrero de 2008

LA PARRA


Fueron sus lágrimas como el crepúsculo
y el vino que derramó el bodeguero
sobre el blanco cristal de la memoria.

Cuando niño jugaba bajo sombras
de parras retorcidas y gigantes,
saltaba hasta prender entre mis dedos
sus verdosas y arracimadas ubres,
y mecía en los labios su dulce néctar.


Tras la ventana, cuando yo era niño,
los campesinos detenían la tarde
en el estanque, y en las viejas tabernas,
apoyados sobre el frío y gastado
mármol, el áureo líquido libaban,
y el tiempo, y la vida, y hasta el olvido.

Cuando niño me adornaban la noche
de cuentos tristes y mágicas hadas,
y dentro de mí galopaba el sueño
de unos hombres sin rostro, derrotados,
que escanciaban su vida en un vaso
de vino que el bodeguero vertía
sobre el blanco cristal de los recuerdos.

EXALTACIÓN DEL FINO "CANCIONERO"



Ven que no quiero más odre que el tuyo
para apagar la sed que me proclama
un vinolento amor exacerbado.
Manuel Gahete



Derrama el rocío sobre las vides
cristales de soledad y silencio,
el húmedo rumor de las caricias,
el tiempo convertido en fiel amante.

Hallan las manos verdosos racimos
y en su mudez hasta los labios trepan
y ofrecen carne y sangre de sus ubres
como dulce ambrosía de los dioses.

Dora el ocaso aromas de bodega
y en las entrañas del barril el vino
duerme, sueña, vive, es flor bautizada
por el áureo esplendor de la venencia.

Es tu almendrado sabor una sonata
que hiende el aire de rimas y misterio,
un volcán de placeres inconclusos,
añejo cancionero de palacio.

Es el brillo de tu piel en la copa
y el silencio de tu boca en la mía,
el más dulce de los besos, la vida
en espaciados tragos trasegada.

Es tu sangre en mi sangre el universo
que alimenta la espera más doliente.

miércoles, 13 de febrero de 2008

VINO Y CREPÚSCULOS



Una tarde serena, la pasamos bebiendo vino.
...Gorjean las aves, languidecen los ramos,
y la tiniebla se bebe el rojo licor del crepúsculo.
Muhammad Ben Galib Al-Rusafi


Aprendí del apenado tañer de campanas
que las tardes son vasos
de vino, tragos de silencio y soledades
en oscuras tabernas.
Bajé a los infiernos del sufrimiento y la queja
para verlos de cerca:
subidos al lomo de las bestias, de la noche
perfumada de otoño;
perdidos tras la lluvia agonizante de la voz
que bebe del olvido
gris memoria de pámpanos dulces y aviejados;
frágiles tal cristal.

En mis labios se deshizo el secreto del vino
igual que la amada
con su amor desvanece los fantasmas del miedo.

En la copa el copero
deposita cuantos sueños el hombre precisa
para luego callarlos
el tiempo que la muerte generosa concede.

lunes, 11 de febrero de 2008

LUZ DE ATARDECER


La luz dorada del atardecer
estalla en las azules manos del mar,
mas nada se oye ni nada se siente
en el camino que asciende al corazón
de la tierra y sus edades de arcilla.

El hombre se acompaña de nostalgias,
de voces dormidas en la memoria,
de silencios cayendo en el estuario
de una noche cualquiera, abisal,
génesis y destierro, fuego y luna.

La luz dorada del atardecer
prende en mis pupilas hasta incendiarlas.

sábado, 9 de febrero de 2008

EL OLIVO EN LA POESÍA

La historia del hombre es, sin duda alguna, la del olivo, y viceversa. Se afirma que el origen del olivo, según vestigios de hojas fósiles, se remonta al período del Paleolítico (35.000 a. C.) y que en España los restos más antiguos se hallaron en un paraje cercano a la población de Antas (Almería) denominado El Garcel, correspondientes al Neolítico (5.000 a.C.). Sin embargo, para mí, el verdadero origen del olivo se halla en el corazón del hombre; confieso que, en mi caso, desde el preciso instante de mi alumbramiento en aquella humilde y enjalbegada casa de un pueblo, Baena, que enclavado en la extensa y luminosa campiña cordobesa me obsequiara con el indescriptible paisaje de sus lomas colmadas de olivos, el trasiego de campesinos y mulas cargadas de aceitunas, la meriendas de pan con aceite -joyos-, el denso e inconfundible aroma del alpechín o la visión de aquellos reducidos ejércitos de vareadores y aceituneras de vuelta a los hogares cuando el crepúsculo incendiaba mi inolvidable calle Alta.


Sin lugar a duda alguna la historia del hombre, y fundamentalmente, de aquellos pobladores de la zona mediterránea, ha estado ligada a este bendito árbol: el olivo. Primero se conoció en su forma silvestre, luego, con el paso del tiempo, el hombre aprendería a cultivarlo y obtener de su fruto el más preciado y áureo líquido. Alrededor de este árbol milenario, el hombre ha desarrollado un cúmulo infinito de percepciones y sentimientos. De ahí que el olivo y su entorno haya estado y esté presente aún como elemento imprescindible de la cultura mediterránea.

El mágico mundo del olivo aparece en la historia a muy temprana edad. Las primeras noticias de su cultivo se encuentran en las tablillas de Ebla, en la costa Siria y desde el III milenio a.C. El hallazgo en el palacio de Cnossos (Creta) de enormes ánforas destinadas al transporte y almacenamiento de aceite y de las tablillas en las que quedó registrada la administración de olivares y la gestión y movimiento de aceite, constata también la importancia del olivo y su cultivo.

En Egipto, los vestigios más antiguos del olivo datan de la Dinastía XVIII al hallarse una rama de olivo en la tumba de Tutankhamon, y se sabe que Ramsés III ofreció a Ra, dios del sol, la producción de aceite de 2.750 hectáreas de olivar plantadas en la ciudad de Heliópolis, en el Bajo Egipto.

En la mitología griega encontramos la primera referencia a este árbol, cuando la hija predilecta de Zeus, Palas Atenea, en conflicto con Poseidón, dios del mar, por dar nombre a la ciudad que en su día fundara Cecrops, primer rey del Atica, ha de crear la cosa más útil para el hombre. Así, la diosa Palas, al hincar su lanza en la tierra hizo que naciera el olivo, capaz de dar luz y alimento, curar enfermedades y aliviar los males del hombre. Un olivo como símbolo de la paz, la luz y la vida, en contraposición al caballo de Poseidón, símbolo de la fuerza, del poder y de la guerra.

Las referencias al olivo y su cultivo son innumerables, pues las diferentes culturas que pasaron por España, desde la fenicia a la árabe nos dejaron un inestimable legado al respecto. Los fenicios, posiblemente, el mejoramiento de la técnica del cultivo y de la extracción del aceite; los romanos, aumentando las plantaciones de olivos, comercializando y exportando los mejores aceites de la Bética no sólo a Roma, sino también a lugares tales como Ginebra, Utrech, Londres, Heidelberg, e incluso, hasta la misma Pompeya; y los árabes porque dedicaron especial atención a su cultivo, con estudios pormenorizados del suelo propicio, la plantación, cultivo y recolección, así como de su “corta y limpia”, su estercolado y longevidad.

La influencia oriental, pues, es patente y notoria. Pero no sólo en cuanto a la olivicultura se refiere, sino también con relación a la gramática. Respecto al “aceite” porque es una palabra de origen semita, derivada del hebreo zeit o sait; en árabe es zait, y olivo en persa es seitum, y zaitu en árabe. Sin embargo, para el nombre del árbol, “olivo”, la raíz que se mantiene en toda España deriva de la palabra romana “oleum”.

El olivo es mencionado en el Génesis (la rama de olivo en el pico de la paloma representa el final del Diluvio), en la Biblia a partir del libro del Éxodo, y en El Corán: Dios es la luz de los cielos y de la tierra...se enciende, (la luz), gracias a un árbol bendito, el olivo. Teofrasto, Plinio y Estrabón lo mencionan también como uno de los cultivos del Alto Egipto. Está presente en muchas páginas de la Odisea, de Homero; en las Geórgicas, de Virgilio, donde se canta al olivo y sus frutos o en las Metamorfosis, de Ovidio. De igual forma Horacio, Lucrecio, Marcial (que dejó escritos estos hermosos versos: Guadalquivir, de cabellera ceñida por corona de olivo, que con tus nítidas aguas tiñes los dorados vellones, amado de Baco y de Palas...) y la mayoría de los poetas (Pausanias Luciano, Silio Itálico, Justino, Vegecio...) evocaron, también, el árbol de los reflejos plateados. Plutarco en César, Catón en su Tratado de la Agricultura y Columela en su De re rustica expresan, igualmente, los muchos beneficios de este sagrado árbol. Del mismo modo para la cultura árabe el olivo es árbol bendito y su aceite símbolo de luz. Y así, Abu Zacaria, en su Libro de Agricultura nos dice: “...el olivo que es un árbol de bendición” y en referencia a los olivares del Aljarafe sevillano, tanto al-Bakri como al-Idrisi escriben: Sus olivares son tan espesos y tienen unas ramas tan entrelazadas que el sol apenas puede filtrar sus rayos a través de ellos, y, La zona del Aljarafe es la más fértil y rica de Al-Andalus, plantada de olivos siempre verdes.

Genios de la literatura universal de todos los tiempos como Dante, Cervantes, Shakespeare, Milton, Byron, Lope de Rueda, Tirso de Molina, Lope de Vega, Lamartine, La Fontaine, Mistral, Huxley o Lawrance Durrell, entre otros, han citado al olivo, las aceitunas o el aceite en sus obras.

Destaquemos en la literatura española, la poesía culta de Gonzalo de Berceo. Durante los siglos XIV y XV no faltan menciones al singular paisaje del olivar. Así se puede constatar en una de las serranillas del marqués de Santillana: ...e pasaba al Olivar / por coger e varear / las olivas de Ximena”. También en la lírica popular del siglo XV hallamos algunas canciones alusivas al tema que nos ocupa: Tres morillas tan garridas / iban a coger olivas / y hallábanlas cogidas / en Jaén, / Axa, Fátima y Marién / y hallábanlas cogidas / y tornaban desmaídas / y las colores perdidas /en Jaén.

Muchos son los poetas españoles que han cantado al olivo. En el libro Árbol de bendición. Antología literaria al olivo, Federico García Lorca es cita obligada y así se lee: La oscura noche se cierne sobre Granada, sobre el mundo entero. Granada, la Tierra toda es llanto. Federico es silencio, soledad, angustia y agonía. Federico camina hacia la muerte. La luna se oculta. Su cuerpo yace entre olivares. La sangre del poeta es su alimento. Federico vive y aún nos habla. Su palabra es un grito que surge de una tierra preñada de olivos, de los olivos testigos de su muerte. Federico escribe: Arbolé arbolé / seco y verdé./ La niña del bello rostro/ está cogiendo aceituna. / El viento, galán de torres, / la prende por la cintura. Arbolé arbolé / seco y verdé. También, y no podía ser de otra forma, está presente el poeta de Orihuela, Miguel Hernández, que como nadie cantó a las tierras de Jaén y a sus aceituneros: Andaluces de Jaén, / aceituneros altivos, / decidme en el alma: ¿quién, / quién levantó los olivos? Y como colofón a estas primeras referencias del olivo en la poesía, el gran maestro y poeta sevillano que cantara a los Campos de Castilla y de Andalucía. En su poema Los Olivos nos muestra, al mismo tiempo, la sencillez del verso y su profunda emoción: ¡Viejos olivos sedientos / bajo el claro sol del día, / olivares polvorientos / del campo de Andalucía!...¡Venga Dios a los hogares / y a las almas de esta tierra / de olivares y olivares!

Poetas, ya desaparecidos, de la talla de Rafael Alberti, José Hierro o Mario López no olvidaron cantar al olivar en el caso del gaditano Alberti, siempre en eterna simbiosis con la mar: Sobre el olivar, / sangrando, el amigo / que se fue a la mar ; Hierro lo hace a los andaluces y a su singular forma de vida: Decían: “Ojú, qué frío”… En donde habrán dejado / sus jacas; en dónde habrían / dejado su sol / su vino, / sus olivos, sus salinas…Un grano de trigo. Una / oliva verde…y el poeta de Cántico, Mario López, cuya lírica, enraizada en el paisaje campesino de su tierra andaluza, no olvida al olivo y su entorno: … Los olivos / con su mágica fronda entre la niebla, / apenas eco, pulso en lejanía… La aceituna, su sangre, en atarjeas / de espumeante, turbio, caudal denso / hacia añejas tinajas soterradas / en que el óleo se asienta y esclarece… Amor de tierra dulce con sus gentes / sencillas y sus asnos transitando / por tu pecho, entregado a la Campiña…

Pero no acaba aquí la nómina de poetas que, repartidos a lo largo y ancho de nuestra geografía y aún vivos han dedicado sus versos a cantar la cultura del olivo, aunque justo sería decir que la gran mayoría de estos poetas son andaluces. No obstante, y en el caso de Cataluña, la voz de José Luís García Herrera, con su poema Tierra de olivares (1949), lo confirma: Habrá una tierra dura para hombres de hollín / mordidos por la viruela y las despedidas; / tierra dura de inviernos y olivares, de sangre prieta…; desde Murcia, en las voces poéticas de Domingo Nicolás y de Joaquín Ortega Parra; de éste último en su Olipoema: Olivo, cuando crezcas, y sientas por tus ramas / un negror que te humille, y lleves tu cosecha / como una carga de hijos, yo estaré reposando / de este viaje; las penas ocultaré en las sombras… Que te saludo, olivo, con este olipoema. De Extremadura nos llega la poesía de los cacereños Basilio Sánchez y Antonio A. Gómez Yebra, y de éste, su poema Olivos, del que extraemos la siguiente estrofa: Mirad los olivos / cargados de frutos morados y verdes / pendientes de un hilo, o la del poeta nacido en Badajoz, José Antonio Ramírez Lozano cuando escribe con aparente ligereza: hasta que la le / hasta que la le / hasta que la le/ ¡chu! / za estornuda / y pone blanca de luna / la noche del olivar.

Justo es reconocer, como ya se ha dicho, que la mayor aportación poética al mágico y milenario árbol procede de Andalucía. Almería, identificada casi siempre con el desierto, ha hecho también suyo el legado recibido de la diosa Palas Atenea y así destacamos, de entre los poemas dedicados al olivo por vates de la talla de Diego Granados, Julio Alfredo Egea, Pura López Cortés, Concha Castro, Ana María Romero Yebra, Pilar Quirosa, Ginés Reche o José Antonio Sáez, el que Aureliano Cañadas escribiera con el título de Crecimiento: Con qué cuidado te planté en la tierra húmeda; / con qué impaciencia esperé que rebrotases / para guardarte del viento, la nieve, el sol de agosto; / qué hábilmente podé alguna de tus ramas; / con qué lento orgullo te vi crecer. / Hoy puedo contemplar tus olivas / brillantes cono nombres recordados; / hoy puedo abrazarme a tu tronco / y sentir como corre tu savia / y dormir a tu sombra, / frondosa soledad, / ya para siempre. De Cádiz marinera y de sus muchos y grandes poetas –Alberti, Baldrich, Ángel García López, Caballero Bonald, Juan José Téllez, Dolors Alberola, Soto Vergés, Fernando Quiñones, sea la voz de Paloma Fernández Gomá, poeta afincada en Gibraltar y alma de la revista internacional Las tres orillas, que nos obsequia con estos versos: Un horizonte aceituno labra sus edades / más allá de la mirada, / imantando todos los acentos / que, de los olivos, emergieron… Es oxidada la voz del viento, cuando / secunda el vareo desde Baena al Rif… En la almazara es vertido el líquido acento / de olivares que derramaron su eco perpetuo / de secuencia no culminada / hasta que el tiempo reverberase / su más atávica esencia. De la Córdoba del mestizaje cultural y tierra de olivos, grande es la herencia que nos dejan poetas como Carlos Rivera, Pablo García Baena, Manuel de César, Carlos Clemenston, Leonor Barrón, Juana Castro, Jesús García Solano, Alfredo Jurado, Leopoldo de Luís, José de Miguel, José María Molina Caballero, Balbina Prior, Pilar Sanabria, Lola Salinas, Fernando Serrano, Antonio Varo, Soledad Zurera, Diego Martínez Torrón o Manuel Gahete, de quien seleccionamos estos versos que aúnan el sentir de todos hacia el sagrado árbol del olivo: …Llevo impreso en la piel / el oro oscuro / de tu sangre en verdor / y de tu aroma / impregnado en mis labios y en mi carne. / Soy aceite, aceituna, miel, madera, / triturada materia en tus raíces / que después de anegarse y triturarse, / eclosión en la luz, / nace a tu sombra / fiero dios inmortal, árbol y olivo. De la Granada del agua y los jardines, de la Alhambra única, de la Sierra Nevada y de Federico, otros tantos poetas han hecho suyo también al olivo como símbolo de la luz y la vida, de la paz: Miguel Ávila Cabezas, Antonio Enrique, Custodio Tejada, Encarna León, Belén Juárez, Fernando de Villena, Francisco Domene o de Enrique Morón. De éste último sea este fragmento de su Canción de las aceituneras: ¡Qué garbo tiene la sombra / del olivo, siempre verde!... Por los peldaños del monte / crujen varas inclementes, / como látigos que humillan / a los negros ramilletes. / Una nube de aceitunas / ensombrece la pendiente / y acaba su declinar / entre la albahaca y el césped. / ¡Qué garbo tiene la sombra / del olivo, siempre verde, / con su dureza de siglos / y su collar de mujeres! De Huelva, la del universal Juan Ramón Jiménez, la colombina, otro ramillete de poetas: Francisco Carrasco, Juan Delgado, Manuel Moya, Juan Drago, Rafael Vargas o María del Valle Rubio, autora de estos versos: Vibrante el olivar, entumecido, / bajo sus prietas redes prisionero, / contempla eternidad, resiste enero / y se viste de sol, enardecido. / No le vence la siesta, ni ha podido / matarle el horizonte traicionero, / sino que sigue fiel hacia el alero / de un cielo que se tiene merecido. / Y en arrebol escapa, se mantiene / bajo la misma sombra que sostiene / su bóveda plural estremecida. / Y entre peces de plata se despierta / soñando el mar que le negó la vida, / volviendo a sus raíces, siempre alerta. De tierras onubenses a las de Jaén: inmenso mar de olivos. Poetas como Antonio Navarrete, Manuel Urbano, Tomás Hernández, Francisco Morales Lomas o Domingo F. Faílde han celebrado la existencia de tan bendito árbol. Sirvan como muestra estos versos de Faílde: Yo vengo de una tierra donde el árbol / es el olivo y manan ríos de aceite / los montes y el perfume / de aquellos campos sube hasta las casas, / trepa por las paredes / y anida en los objetos con su pátina antigua. / Traje conmigo una pequeña rama / que fue arraigando en mi melancolía. / Hoy tengo el alma llena de aceitunas / que muele en su almazara la memoria / para mojar el pan de la infancia perdida. / Lo riego, sin embargo, con agua de noviembre, / pues sé que, en su ramaje, la lechuza de Palas / ilumina mis noches con sus ojos / y me conforta con su sabiduría. Málaga nos ofrece también a través de sus muchos y buenos poetas su sentir hacia este símbolo de la cultura mediterránea tal es el olivo. Citemos a Francisco Peralto, José Sarria, Carlos Benítez Villodres, María Victoria Atencia, Francisco Ruiz Noguera, José Antonio Muñoz Rojas o José María Lopera, que así canta al olivo: Yo nací en las raíces del olivo, / ascendí por la savia de su tronco, / me hice hombre de trama en su ramaje, / y me ungí con su bálsamo purísimo / hasta quedar lucerna en luz de alma. / Ahora voy por su savia retorcido, / anudado en inviernos por las ramas, / con muchas cicatrices dolorosas / que el hacha cercenó de mi albedrío. / Como un olivo más puesto en hilera. / Y me siento fecundo, sol de soles, / hecho de tierra y agua en mi estructura, / puro soplo del cosmos nebuloso / por la esencia creativa que derramo / en el óleo divino de mis genes. Por último, sea la Sevilla de Machado y Cernuda, la del Guadalquivir sereno y los olivos del Aljarafe la que cierre esta ineludible cita con el olivo en la poesía andaluza. Entre los poetas que unieron su voz a la de tantos y tantos otros mencionemos a Manuel Mantero, Rosa Díaz, Pilar Marcos, Onofre Rojano, Enrique Soria, Víctor Jiménez, Francisco Vélez Nieto o Francisco Mena, del que rescatamos estos versos de su soneto Rumor de la aceituna: Es posible la luz y es la agonía / del olivo aguantando su estatura / en el límite astral de la llanura, / pues ser mar no se atreve todavía. / Desde la fértil tierra un mediodía / asciende por el tronco, gana altura / y se le enciende el tiempo en hermosura / y el corazón en soledad se enfría.

Allende nuestras fronteras hallamos no pocas referencias poéticas al olivo. En este sentido, el verso fresco y profundo de uno de los poetas más universales: Pablo Neruda, que compuso la “Oda al aceite”, de la que extraemos algunos de sus versos más significativos:…el olivo / de volumen plateado, / en su torcido / corazón terrestre...Allí / el prodigio, / la cápsula / perfecta / de la oliva / llenando / con sus constelaciones el follaje; / más tarde / las vasijas, / el milagro, / el aceite”. Es obvio que el olivo y el mundo conceptual que rodea a éste ha sido loado en multitud de ocasiones y a lo largo de toda la historia de la humanidad. Este hecho, se sigue dando aún en nuestros días. Como prueba de ello sean este ramillete de poetas de todo el mundo que a pesar de la distancia que nos separa han querido homenajear a tan generoso y bendito árbol. Como muestra de la poesía italiana actual sean los poetas Lucio Zinna (Mazzara del Vallo, 1938), Vicenzo Anania (1932), Lino Angiuli (Valenzano,1946) y Emilio Coco (San Marco in Lamis, 1940) hispanista, traductor y editor, que dice así en su poema Addolciva la fame (Nos endulzaba el hambre): Quelli della mia età sono cresciuti / a pane e ulive chiusi nello stipo / e trovarne la chiave era estenuarmi / in inutili cerche e appostamenti … / di tanto in tanto e solo come premio / addolciva la fame un filo d’olio / ringraziavamo sempre il Padreterno / per l’abbondanza che ci aveva dato. (Los que tienen mis años han crecido / entre hogazas de pan y las olivas / de una despensa cuyas llaves eran / inalcanzables a nuestros deseos …/ de vez en cuando y sólo como premio / un hilillo de aceite iba endulzándonos / el hambre mientras dábamos las gracias / a un Padre Eterno harto generoso). Las poetas Gloria Joyce Ascher (New York City, EE.UU. 1939) dice: Bendicho sos, mi arvolé, ermozo azitunero! / Tus frutas, tu alzete, tus ojikas – komo los kero! / Sos árvol de mate Asher, de mi famiya antika; Beatriz Mazliah (Buenos Aires, Argentina, 1941) , hija y nieta de inmigrantes de Izmir y Estambul, escribe : Kanta su kante el olivo / i le aresponde la higuera. / Kon el higo i kon la oliva / s`engrandesio la mi abuela; y Margalit Matitiahu (Tel Aviv, Israel), con estos versos: Hombres acompaniados de sus solombras / salen a los campos onde biven los olivos, / onde eternamente a dios van ocasionando, lo hacen en ladino o sefardí. Y ya más cercanos a España, los poetas Ahmed Mohamed Mgara y Driss Elgabouri. De éste, y como deseo para todos los habitantes de la tierra, estos versos de su Canción de paz: Desde tiempos lejanos / Desde la tierra de la alegría / La alegría verde / Viene el árbol / Que canta a los niños / La canción de la paz. // Azul y verde / El tiempo pasa sin parar / Porque el olivo de mi tierra / sienta en la silla de la eternidad / Mirando al mundo, con ojos de sus hojas / Cantando la paz, azul y verde.

Es obvio que el olivo representa la luz, la savia, la plenitud, la vida. Que como ya se ha dicho es, también, símbolo de la paz, y por ello han sido muchos y grandes poetas de todos los tiempos los que se acercaron hasta él para beber de su inagotable sabiduría. No por ello queda definitivamente escrita su historia, pues muchos serán aún los que, presumiblemente, canten a este sagrado árbol en el futuro.

Ahora los recuerdos se agolpan en mi mente. Viajo hasta una calle y una casa de un blanco radiante. Escucho el sonido de los cascos de las mulas cargadas con sacos de aceituna y un aroma de alpechín inunda la estancia en la que escribo estos versos que laten en mi corazón desde tiempos remotos :

Hoy, en la triste soledad de esta casa,
aún noto su enhiesto cuerpo leñoso,
su piel mestiza y horadada de siglos,
sus largos brazos de auroras en brasas,
sus claros ojos huyendo a la fuente
donde el fruto destella como el oro.

Aún hoy, cuando una lágrima se abisma
en la tierra del fuego y de la lluvia,
desciendo lentamente hasta los sueños
de una noche cualquiera en sus cenizas
y escribo nuevamente en su corteza,
en la árida comarca de sus venas,
los nombres y signos que siempre quise:

Eterno seas, árbol y olivo, humano dios.

¡El Olivo, árbol de bendición, símbolo de la paz, la luz y la vida, por y para siempre !

Baena-Aguadulce, julio del 2007

EN NOMBRE DE LA PAZ. JOSÉ ANTONIO SANTANO

EN NOMBRE DE LA PAZ

¿No habría que escribir precisamente
después de Auschwitz o después
de Hiroshima, si ya fuésemos, dioses
de un tiempo roto, en el después
para que al fin se torne
en nunca y nadie pueda
hacer morir aún más los muertos?

José Ángel Valente


Escribo hoy desde la serena paz de mi estancia, con urgencia, para desarmar al poderoso con un simple canto, un himno de amor que recorra el universo entero e inunde los corazones de los hombres de buena voluntad. Escribo después de Auschwitz, de Hiroshima, Vietnam, Sarajevo, las Torres Gemelas, Afganistán, Iraq, después de tanto dolor, de tanta barbarie, de tanta muerte innecesaria e injusta. Escribo desde el Sur, allá donde el intenso azul del Mediterráneo baña de sueños el sueño de sus moradores y la luz de sus auroras resplandece en los hogares.


Escribo para alcanzar el cielo esta noche y en esta mala hora de este siglo. El cielo más fulgente y limpio, su infinito espacio colmado de trémulas estrellas y planetas misteriosos.


Escribo y es urgente que lo haga. Preciso y justo. Escribo para desterrar de una vez y para siempre el inmenso dolor de una lágrima humana, el espanto de un cuerpo calcinado, el negror del odio en las pupilas, el bárbaro silencio del verdugo, la desolada soledad de las ciudades después de la batalla, el hórrido ulular de las sirenas, el miedo y la tortura, la pobreza y el hambre, la muerte de todos los muertos del mundo.


Escribo con el ímpetu del amante que busca en el amor la consumación del amor, la entrega sin límites, la vida, al fin.


Escribo en nombre de la paz, y en ella me refugio, y por ella grito y me desangro en esta mala hora de este siglo.


Escribo en nombre de la paz, y por su nombre, por el eco de su voz ardiente me desvivo, y muero.


Aguadulce (Almería), 26 de Enero de 2003

ÉCIJA

ÉCIJA



El tiempo me negó la luz barroca
de tus atardeceres, sus silencios
de piedra y fuego en las más altas cimas
de la memoria y el sueño, soledades
en vuelo mágico de mariposas.

El tiempo que me abrasa los sentidos
cuando paso a tu lado y sigo el camino
como si no me importaras, condena es,
castigo, profunda herida, perpetuo
abismo, amarga sinfonía del bronce.

Olvido es hoy ese tiempo, pues te hallé
en la ardentía del beso y su latido,
en los sempiternos campos de olivos,
en las tórridas tardes de verano
y en el solar océano del cielo.

Entre las altas torres, siempre viva.

EL ÁRBOL DE LA VIDA. JOSÉ ANTONIO SANTANO



Me vuelven las palabras, sus sonidos de agua y luz. Vuelven a hospedarse en la memoria. Su aleteo constante va y viene, de un lado para otro, abrasándome en sus labios. Una palabra se repite, es un eco que sobrevuela las montañas, los mares y desiertos. Acudo a su encuentro con vehemencia. ¡He esperado tanto tiempo su visita! Y ahora, que la luz del día incendia los campos donde ella habita, es mi deseo caminar el tiempo de esta vida asido a sus manos de hojas y silencios.


El aire me devuelve a sus dominios. Ella me espera. Yo la busco. Ambos sentimos el temblor que sienten los amantes cuando se buscan. Ambos sabemos del dolor de la espera, pero también del goce de la entrega. Ese momento mágico y misterioso en que los labios se rozan y la piel se eriza y los cuerpos tiemblan abrasados. Entonces, la palabra se transforma en un árbol milenario, en el árbol de la vida. Y el árbol, enhiesto, majestuoso, vuelve a ser palabra, y luz, y bálsamo. Y la palabra vuelve a ser árbol, y el árbol la palabra. Por siempre y para siempre la palabra.



Hubo un tiempo de silencios y sombras
arañando la tierra y sus fronteras,
las arrugas del aire en los inviernos,
el fuego de los dedos en la tarde.

Hubo un tiempo de luces y amapolas
preñando los orígenes del beso,
unos senderos de amarillo otoño,
domingos que escaparon de las manos
y unas letras escritas en el tronco
de aquel viejo y solitario árbol.


Hoy, en la triste soledad de esta casa,
aún noto su enhiesto cuerpo leñoso,
su piel mestiza y horadada de siglos,
sus largos brazos de auroras en brasas,
sus claros ojos huyendo a la fuente
donde el fruto destella como el oro.

Aún hoy, cuando una lágrima se abisma
en la tierra del fuego y de la lluvia,
desciendo lentamente hasta los sueños
de una noche cualquiera en sus cenizas
y escribo nuevamente en su corteza,
en la árida comarca de sus venas,
los nombres y signos que siempre quise.

Aún hoy, tú, magnánimo y humano dios.


Aún me queda la palabra, las palabras corales que me abrasan a la vida. Me queda el viejo árbol donde escribo los nombres y signos que siempre quise. Me queda la luz de los silencios en un campo de olivos milenarios. La voz y la palabra, por y para siempre.

NOS QUEDA LA PALABRA. José Antonio Santano.

NOS QUEDA LA PALABRA
(Almería, 18 de marzo de 2006-Acto contra guerra Irak)
Cualquier guerra es la regresión a un mundo
sin vocabulario.
Salvador Compán



La mar, límpida y serena, fuego de azules y blancos, me recordó otro mar de tierra y olivares. En los orígenes del tiempo el tiempo dibujó un gran planeta. Quiso que la luz se derramara por todos sus rincones, que su cálido tacto aliviara del dolor y la muerte. Creó el día y la noche, el sol y la luna. También el tiempo quiso pintar la tierra de colores: verde para los árboles, azul para los mares y océanos, negro para la noche y sus silencios, blanco para la nieve y la espuma, rojos y amarillos y lilas y rosas para las flores, grises y ocres para las montañas y los desiertos, y así hasta el infinito. A los hombres el tiempo quiso regalarle el pensamiento y la palabra. Pero el hombre nada quiso. Despreció la cálida presencia de la luz, los colores del día y la calma silenciosa de la noche. Inventó el miedo y la tortura, los fusiles y las bombas y se alió con la muerte para inundar con sangre de inocentes cada rincón de este planeta:


Qué fue de aquella tierra,
de su aroma prendido
en la piel de los ríos
y las acequias, sino
osarios y ceniza.

Qué fue de aquellos mares,
del latir de sus olas
en los pechos del día
y los silencios, sino
abismo y desierto.



Qué fue de los colores,
de su luz primigenia
en los labios del tiempo
y los amantes, sino
eterna oscuridad.

Qué fue del pensamiento,
de la siempre encendida
palabra que lo abriga
e ilumina, sino
silencio y cataclismo.



La mar, ahora, sigue en calma. En su azul intenso el sueño sobrevive al hombre… Nos queda la palabra. Siempre la palabra con su arrullo de sílabas fulgentes calándonos los huesos, la memoria de ser, la única arma capaz de conquistar el sueño de los hombres. Siempre la palabra, aún nos queda la palabra, su latido, su inconmensurable belleza, la vida que la alienta y alimenta. Un mar de palabras, de dulcísimas palabras dichas al oído. Un río de lava de palabras anegando los hogares. Cientos, miles, millones de palabras escritas en el albor de una página, de cientos, miles, millones de páginas. La palabra en la luz de cada día, en las alas del viento, en los dedos de la lluvia, en la piel de las fronteras, siempre la palabra. La palabra meciéndose en el aire, dichosa y viva, abrasadora.


Aún nos queda la palabra. La palabra que nace del corazón generoso, y nómada recorre los confines del mundo. La voz de la palabra anegando las ciudades con su música. La palabra, siempre la palabra.

LOS DE SIEMPRE



Vosotros, los de siempre,
los de los labios de acero,
los de las palabras huecas,
los de la peste en el alma,
los del sitio de la traición.

 Manuel Ruiz Amezcua



Se ocultan tras las sombras de la noche,
ensucian la palabra con el vómito
de su palabra, y así silencian la voz
de quienes sueñan alcanzar su sueño.

Ellos, los de siempre, los que se ganan
la vida agitando enseñas de muerte,
los que se arrodillan ante el poder
y bendicen sus hazañas con versos
vanos, ungidos de miseria e infamia.

Se mecen en las ramas de la injuria,
cultivan la calumnia, se sumergen
en las aguas procelosas del odio,
se adornan con la sangre del vencido
y de progres de izquierda se coronan.


Se sientan a la mesa del invicto
y degluten sonrientes sus miserias;
saborean el sufrimiento ajeno,
y acusan con dedo firme siempre.


Se miran al espejo cada día,
frecuentan fiestas de moda y saraos,
despachos de roja y limpia moqueta,
modernos locales, serias reuniones,
y murmuran y hablan de los otros
con verbo de avariciosa mentira.

Son ellos, los de siempre, los de siempre,
los que secuestran ideas y sueños,
los que humillan, los que cautivan la voz
y la palabra, los que mortifican.

Son ellos, los de siempre, los de siempre.

LA GOMERA



Nace un silbo esta noche
que va y viene, del mar
al monte, de los barrancos
al cielo, y vuela, vuela ese silbo
con alas de manantial y cobre,
y vuela, y vuela, una vez más,
mil veces mil, siglos enteros.

Nace un silbo esta noche
como un trueno inmarcesible;
nace, de la tierra y el fuego,
y nos abrasa el alma y los labios;
nace como un son preciso,
como única palabra: la vuestra,
la que une y separa,
la que nos redime y abraza
y nos tiende su cálida mano,
fraternal, copiosamente bella.

Nace un silbo, y con él,
la tierra tiembla, el universo entero
tiembla, tiembla, tiembla…



La Gomera, 21.04.05

NACE TU VOZ


A Diego Clavel, cantaor.



Nace tu voz de las profundidades,
de la honda raíz del dolor,
como un quejío solo y único,
como un trueno limpio y claro,
tal fuego que abrasa y quema
la palabra esculpida en la noche
de aquel viernes de Dolores
en El Morato, cuando el sonido
entristecido de la granaína
en los dedos ciclón de Postigo
colmaba la cueva de claveles
y lunas, de aromas y luces.

Nace tu voz, tu voz siempre,
del hondo clamor de la pobreza;
entre jara y romero, en soledad,
siempre tu voz, tu voz siempre.

Nace la luz de tu voz,
en la noche,
junto al calor de la amistad,
siempre,
siempre tu voz, como un sueño.





Madrugá del 7 de abril de 2006

MAR Y OLIVOS



a José Saramago

Nos viene de antiguo el amor
al olivo, ese árbol que crece
lento y sobrio sobre la tierra
y es fuego en las noches de invierno,
bálsamo, alimento, albor y luz…

Qué fue de aquella tierra,
su aroma prendido
en la piel de los ríos
y las acequias, sino
osarios y ceniza.

Nos viene de antiguo el amor
a la mar, inmensa llanura
de límpidas aguas, refugio
de náufragos y soñadores,
orilla de arenas y espuma...

Qué fue de aquellos mares,
del latir de sus olas
en los pechos del día
y los silencios, sino
abismo y desierto.

Qué fue de los colores,
de su luz primigenia
en los labios del tiempo
y los amantes, sino
eterna oscuridad.

Qué fue del pensamiento,
de la siempre encendida
palabra que lo abriga
y lo ilumina, sino
silencio y cataclismo.

Amor de mar y olivo, amor.


José Antonio Santano

SEA LA NOCHE

SEA LA NOCHE


a Pilar Paz Pasamar

Sea la noche con su luna de plata,
los cipreses vencidos bajo el cielo
o esta sinfonía de hojas caídas,
secuencias de un olvido, resplandores
de antiguos metales y áureas estatuas.

Sea tu nombre como un silbo de besos,
la Paz que quise siempre para todos,
sean las grises tardes de otoño, la luz
fenicia de los silencios que siempre
vuelven al abrigo de las palabras.

Sea en tu pecho la mar y sus orígenes,
la brisa azul de los sueños, el canto
de antiguas sirenas, la voz del viento
gravitando en tus pupilas de niña.

Seas de nuevo, Pasamar, la mar siempre,
espuma diamantina de las noches
de estío, nave y ola, silencio y verbo,
inagotable manantial de historias.

Seas como el eco de este mar de olivos
que con tu mar se hermana en un abrazo.

ATARDECER EN CARBONERAS


A Miguel Galindo Artés, al cumplir lo prometido.



No fueron tus ojos sal
ni tus aguas rumor
de sangre en los crepúsculos
ni tu boca horizonte
de signos y silencios.

Aquella tarde, la mar
en Carboneras quiso
apresarme en su pecho
y en sus brazos mecerme
-olas de espuma y fuego-,
en el tiempo infinito
que unos labios ardientes,
huella fueron en otros,
asombro y plenitud,
pertinaz laberinto
de corales y conchas,
y tesoros escondidos.

La mar, aquella tarde,
en el eco de tu voz
tuve por compañera,
Miguel, y en ti las olas
bramaron al unísono,
apasionadamente libres;
y en ti, como un regalo,
la paz de la palabra
modelada de lluvias
y soles y desiertos;
el hechizo del viento,
el vuelo de los años…

La mar siempre, Miguel,
desde el Faro y la playa,
en los atardeceres,
en las noches o al alba,
como un milagro de luz
o un paisaje de sueños
que silencioso asciende
a las nubes en brasas.

La tarde en Carboneras,
Miguel, al mar se abraza,
y en ti la mar se crece,
y late y es pulso, y vida.

GAHETE, MANUEL

MANUEL GAHETE O LA LUZ DE LA PALABRA



Una luz emerge ahora tras el horizonte marino. Nace para todos. Su color es la suma de todos los colores, un perfecto arco iris. Es tal su belleza que quedo inmóvil, sobrecogido en su inmensa claridad. Adonde quiera que miro me persigue su haz dorado. Han transcurrido los años y sin embargo la luz que ahora percibo es la misma que me cegara en otro tiempo ya remoto. Ocurre, además, que, como en los vinos, ha ganado en solera. Esta luz que hallo cada noche impresa en los libros, seductora y amorosamente viva resplandece como un astro, una llama abrasadora que lenta, muy lentamente va creciendo en la infinitud de los días. Es en esa hora misteriosa y mágica de la madrugada y sus silencios, cuando siento su mano cálida en la mía, que no se extingue, que me salva y me conforta, me inventa y se reinventa una vez y otra, hasta el desmayo.
La luz, su luz en la palabra. Asomarse desde el alféizar y adentrarse en su mundo es una misma cosa; caer en su abisal entorno, embriagarse con su aroma y sus latidos; enloquecer con sus sonidos de selva y paraíso; amar su desnudez de diosa o ninfa; recorrer su cuerpo de cristal o llama; beber de sus labios el dulce néctar; descubrir la pasión de los amantes, o, simplemente, vivir, revivir en ella el éxtasis de la entrega.
La luz, la única luz de la palabra, que se agita entre los encinares y almendros, enraizada en la voz y el vuelo de las aves, amamantada en la tierra, doliente, esperanzada, entristecida a veces, alegre otras, que huye de los silencios para convertirse en vivo silencio. La palabra y sus secretos, abandonada a la magia de la noche, fulgente en los atardeceres cordobeses, peregrina en las callejas laberinto de la bien amada judería, aterciopelada en los patios, ardiente en la voz del poeta.
Una luz emerge ahora del intenso verdor de los olivos y el esplendente azul mediterráneo. Nace para todos, imperecedera, la palabra, la luz de su palabra, irrepetible, única, salvadora, ecuánime, eterna y libre.
I

(A Manuel Gahete, a quien me une el vértigo de la edad y la ardentía de la palabra)

Busco, cuando atardece, un son secreto,
un manantial de luz y de palabras,
una voz que sea alimento, anuncio
de otras voces y otras vidas, latido
siempre del corazón de los amantes.

Camino entre la seda de la noche
y sus silencios, sonámbulo, beodo
de un dolor tras otro en la mirada,
ausente, abismado en la clara arista
de un tiempo adormecido entre los labios.

Vivo en las alas del aire, en los álamos
crecidos de la espera, en la garganta
árida y profunda de los sueños
que huyen cada madrugada del fuego
y los cuchillos, el olvido y su eco.

Siento el rumor del viento en el costado,
la herida, el hielo de la infancia, el humo
y el gemido, las sombras, la tristeza
de los días que alientan la distancia,
el miedo y su estallido, las derrotas.

Sondeo la rutina de los días,
el pulso del tiempo y las cenizas
bordado en las cancelas de la tarde,
y vuelvo, vuelvo, y pronuncio su nombre
hasta ver en el cristal de los años
la llama viva de la nada y el todo.



II



Volveré a las calles de siempre, solo,
y a golpes de silencio descubriré
la lluvia en sus aceras, los azules
del tiempo en la piedra. Volveré, solo,
a escanciar las nubes grises de otoño.

Será su risa un astro o la marea
de unos labios que buscan otros labios,
la claridad del agua en las acequias,
el broncíneo destello de la luna,
un bosque misterioso de nenúfares,
la lentitud del beso en los crespúsculos.

Será su luz la luz del nuevo día,
la esencia de la noche en los espejos,
el latido del verso entre las manos,
un beso, lluvia, aire, cristal o llama.

Volveré a las edades de arcilla
para contar contigo las estrellas
y el fuego de su luz en el espacio.

CLEMENTSON, CARLOS

CARLOS CLEMENTSON: UN MAR DE VERSOS


Los hombres son su obra y no su fama.
José A. Santano


Cuando la luz crepuscular se oculta tras el horizonte de una mar en calma, otro tiempo vuelve a la memoria. La lluvia, en las estrechas y empedradas callejas de la judería, espejea como infinitos y diminutos cristales. El intenso aroma de las pieles y el olor a castañas recién asadas inundan ahora la estancia. El campanario crece y crece ante los ojos dispuesto a alcanzar el cielo, de fuego y sangre herido. La noble piedra de la Facultad –santuario del pensamiento y la palabra-, impertérrito testigo del tiempo y sus silencios, como fúlgido bronce nace en los atardeceres de invierno.
Otro tiempo vuelve en esta hora. El profesor camina lentamente, con la mirada fija en la acera, el paraguas en la mano diestra y la cartera bajo el brazo de la izquierda. Su pensamiento va de un lado para otro, incansable, como si en ello le fuera la vida. El profesor camina sin prisas, como siempre. Y como cada día, al salir de casa, le asaltan los sueños y en ellos se oculta, y entre un paso y otro, silencioso, en ellos se abisma, libre y plácido. El profesor, en su inmensa soledad, escribe. Escribe sin parar, como un poseso. Escribir es su vida, su vida, un mar de versos.
Es la hora convenida. Anochece en las callejas de la judería. Aromas de fritura y vino traspasan el umbral de las tabernas. Como en los antiguos zocos, los mercaderes recogen las mercancías, y todo se oscurece.
El profesor, en su inmensa soledad, camina lentamente por las estrechas y empedradas callejas de la judería. A solas, él y sus sueños.




Ahora, el profesor al amigo acompaña, y éste le enseña un verde mar de olivos, la tierra en sus matices de ocres y grises, la piedra de los conventos y castillos que allá en lo alto, en el cerro, existe desde antiguo. Ambos recorren el laberinto de calles de la Almedina, y por los tres arcos de la Villa –Consolación, Santa Bárbara y Oscuro-, entran en salen, como se hiciera en un tiempo ya lejano. Y allá, en la cima, divisan el blanco caserío, y sobre el viejo alminar, el campanario de la Iglesia que llaman de Santa María La Mayor. Allá en la cima el tiempo se detiene, y el profesor lo sabe, y no le importa. Braman los silencios y la luz, que colma de destellos cada esquina.
El profesor se sabe prisionero en Iponuba –recuerda así otras aventuras literarias que nacieran en estas tierras-, cautivo de su belleza, que bien cantara en verso alejandrino. Iponuba, íbera y romana, universo y paraíso. Iponuba viva, solar de la palabra.
El profesor camina lentamente sobre la piedra milenaria hasta perderse en la infinitud de la noche y sus silencios. Y en los silencios, el bosque verde y plata de los olivos. Y de nuevo el nombre, que el aire mece entre sus labios: Iponuba. Y de nuevo la vida recorriendo la tierra preñada de olivares. Iponuba en el sueño. ¡Iponuba, Iponuba!
El profesor al amigo acompaña, y con él camina lentamente, por la judería del Corralaz, y el añorado barrio de San Pedro, y en cada calle o plaza un nuevo paraíso. Y así, un día tras otro, incansables, señorean su amistad, imperecedera. Así hasta alcanzar el alto Minguillar, desde donde se divisan los sempiternos olivos, y las antiguas torres del castillo, y el pinar de la ladera y la piedra milenaria de Santa María, y el blanco caserío que caprichosamente se dibuja en tan alta y noble cima.
El profesor y el amigo, fijas las mirada del uno en el otro, callan y dejan que los versos sean voz en esta tierra de extensos campos de olivos. ¡De olivos y olivares!




IPONUBA ENTRE OLIVARES

A Carlos Clementson, por y para siempre maestro.


Recorrí los extensos campos
de olivares, las montañas;
navegué por mares y ríos
hasta hallarte de azul y piedra;
anduve por la selva oscura
de los silencios y el clamor
de sílabas y soledades
que tu nombre dejara siempre
en mi pecho de ola y ceniza,
en mis manos de sangre y fuego
en las edades de la arcilla,
en los olivos milenarios.

Quiso la lluvia ser espejo
en el Minguillar –Iponuba-
alto y altivo, fiero en olivos,
solar de magnas soledades,
secreto templo, claro río.

Quiso el olivo perpetuarse
en tan noble tierra, Iponuba,
y dibujar sobre sus lomas
el verde color de tu nombre,
amigo y profesor, poeta
de los olivares y olivos.

viernes, 8 de febrero de 2008

CALLEJEROS

Anduve largo rato por el Paseo, pues era costumbre visitar la ciudad llegada la hora. Me aguardaba el azul del cielo en las esquinas y el aroma de las palmeras recién podadas, y el silencio de los pájaros, y la bella figura de las sombras en la tierra. Me esperaba el destino con la luz de sus galas. Me esperaba la herida de los días sangrando en mis entrañas. De nada sirve esconderse del grito, y desde entonces vivo en la cima del faro, oteando la vida. Mas en las calles encuentro la razón de otras vidas que siguen los pasos del olvido y su sino. En ellas habitan decenas de seres anónimos, exiliados del mundo.
Los callejeros, por darles un nombre, son como el viento o las nubes, nómadas del tiempo. Callejeros por ser su vida las aceras colmadas de gente, de escaparates y sonoras campanas.

AGUADULCE ( y III)

Aguadulce, calma luminosa. La otra Aguadulce, la desconocida, la ausente y deseada, la enigmática y hospitalaria. La otra, la que retuvo en su retina el intelectual, el arquitecto, el político, el socialista Gabriel Pradal. La otra, la vivida en el silencioso barranco de las Adelfas junto a sus seres queridos. La otra, aquella que habita en la memoria, y se engrandece con la distancia del exilio en Toulouse. O aquella otra de La Franqui Playe que gozara Kalinka Pradal, tan parecida a la suya, la de siempre, la soñada en las noches de invierno, la que ardía en su corazón y en su garganta, la del barranco de las Adelfas de Aguadulce. La que nunca olvidaron desde la Francia del exilio y la desolación, la soledad y el olvido. La mar de los juegos y el pensamiento, la que arrebata la vida en la distancia, siempre la Mar, con mayúscula, la Mar del Sur, su Sur, aquel que diseñara con columnas de sueños y arquerías de esperanza. Y en ella, Aguadulce de nuevo, como grito que se rebela contra tanta estultucia, contra la sinrazón del poderoso cemento y el súbdito ladrillo. Aguadulce en los labios encendidos de la palabra serena, solidaria. Aguadulce en Pericles, Pradal, y viceversa, como un fuego que nace en los acantilados, en las olas y en su cresta se eleva hasta alcanzar el paraíso de todos, antes que el suyo propio.

miércoles, 6 de febrero de 2008

AGUADULCE (II)

Aguadulce en el sueño. En la altura de un faro que mira a todas partes, como un enorme cíclope. Aguadulce y sus silencios, desconocidos para la gran mayoría de sus habitantes, preocupados por alcanzar la cima de Narciso. La voz del Agua Dulce que el manantial abisma por la escarpada roca, por el barranco. Un lugar donde el tiempo se pierde entre los dedos, sigilosamente, de puntillas. Aguadulce de los sonidos del mar y la soledad de sus playas cuando sus hombres y mujeres paseaban por su orilla lenta y tímidamente, como el que no quiere molestar... Ahora otras voces llegan hasta mi estancia y me hablan al oído para que la noche no delate nuestro secreto, el enigma con el que sellamos un pacto de sangre que tendría que durar ya toda una vida. Ahora que la oscuridad invita a vivir apasionadamente, como un loco que deambula sin rumbo, beodo de estrellas y sueños. Navegante en tierra firme.
Aguadulce en el sueño. Aguadulce en la espera, creciéndose después de haber jugado con las sombras del Barranco de las Adelfas, paraíso, cielo, Jardín de jardines, idílico paraje para vivir sueños y quimeras.
Aguadulce en la alborada, bajo la luz marina del Mediterráneo, viva. Aguadulce en la memoria y el exilio.
Aguadulce trémula en los ojos, en la mirada del joven Gabriel Pradal, en el grito y la desesperación, en las calles de Toulouse, en su humilde casa y en su gran corazón. Aguadulce desterrada y sola. Aguadulce sonora en la palabra justa, libertaria, solidaria, hermanada a la causa, brillante, hospitalaria.

martes, 5 de febrero de 2008

AGUADULCE (I)

El tiempo no pasa en balde. Los años se suceden con la rapidez del rayo, y cuando quieres darte cuenta los días se han convertido en años. Ahí es nada. Y los años en décadas, y así los recuerdos te llegan desde la lejanía más dramática. Tiempo atrás, quizá dos décadas, pisé esta tierra, este lugar de playa y sol, abiertas ya sus puertas y ventanas de par en par para el turista. Sin embargo, todavía en aquellos ya lejanos años, Aguadulce guardaba el sabor de las aldeas o pueblos marineros, el perfume salino y la luz azulada del mar que baña sus orillas. Sólo afeaba el paisaje, unos gigantes de hormigón y ladrillo que se levantaban muy cerca o medianamente alejados de la playa. Una carretera, hoy convertida en un sucedáneo de bulevar, dividía el norte del sur, a los ricos de los pobres, por decirlo de una manera gráfica. Hoy, veinte años después, esa misma diferencia está más acentuada, si cabe. El poder municipal lo ha hecho posible, distinguiendo a los unos y olvidando a los otros. El egocentrismo de los nuevos ricos del norte -médicos, docentes, funcionarios, etc.- ha marcado un antes y un después. Las pistas de padel han absorvido a los espacios deportivos públicos, practicamente abandonados a su suerte. Las grandes casas se pavonean en el paisaje ajardinado de sus miles de metros cuadrados.

Una fiebre constructura ha deteriorado en pocos años lo que tanto le costó mantener a la propia naturaleza. La inexistencia de zonas verdes y deportivas es un drama que el paso de los años recordará a las generaciones venideras. La destrucción de los acantilados por el fervor ciego en el devastador ladrillo pasará factura un día no muy lejano. Demoledora la fotografía de las viviendas en las faldas de la autovía, y así todo un rosario de sinsentidos, de analfabetismo urbanístico y político de quienes abusan del poder otorgado por sus habitantes.

Si venimos de Almería el espectáculo está servido, pues después de atravesar un escenario impresionante de túneles, cornisas, paredes verticales y fortísimos escarpes que se adentran en el mar, llegamos a Aguadulce. Mas tampoco la carretera del Cañarete, que así es como se conoce, presenta ya estas condiciones naturales. Poco queda, pero confieso que, para mí el fulgor de amaneceres en el trayecto que me separa de Almería. No hay nada más bello que un amanecer marino. Menos mal que, por ahora, nadie puede apropiarse de este maravilloso espectáculo natural. En algo tendría que salir favorecido, después de todo, yo también pago mis impuestos puntualmente.