domingo, 14 de diciembre de 2008

LA CARTA

La letra era inconfundible. El trazado de cada vocal y consonante sobre el papel blanco del sobre solo podía ser de una persona, muy querida para mí, lejana ahora pero que en otro tiempo compartió conmigo, y yo con él, muchos momentos que ya han quedado grabados para siempre en la memoria y en ella campan, inolvidables. Me había llegado una carta, algo casi inexistente ya en el hábito de los españoles. Sin embargo yo, un privilegiado del género epistolar, había recogido del buzón el correo existente, con la grata sorpresa de la carta de mi tito Manolo, nonagenario ya pero con la lucidez necesaria todavía como para escribir una carta. ¡Qué mérito y qué ejemplo! Con toda seguridad que nosotros, tan maravillosamente agasajados por la sociedad de las nuevas tecnologías y la información no llegaremos a tanto, ni siquiera a su edad.
Noventa años cumplidos y una letra admirable; cierto que con alguna falta de ortografía, pero no lo es menos que perdón solicita por ello en las últimas líneas, encima que la única escuela que conoció fue la de trabajar de sol a sol en el campo primero y, luego, con los años, en los albañiles, en la recogida de la uva en Francia, en las aceitunas... Él, humilde defensor de la democracia durante la República, represaliado por el Régimen de Franco y condenado a trabajos forzados en los campos de concentración que poblaron las tierras de España... Él, que lleva con orgullo haber sido sargento republicano, con la humildad que siempre le caracterizó y con su bella y recta grafía manchando la blanca cuartilla, me da las gracias por recordarle y me cuenta, con sencillez sus recuerdos.
De la guerra del 36, dice, son tres cosas las que quiere contarme, las tres buenas, claro. La primera que se fue al frente el año 37 para defender junto a sus compañeros la Libertad que la derecha siempre les negó y aunque esa libertad tardó muchos años, llegó; la segunda que, por muchas balas que le tiraron ninguna le rozó y que nunca podrá olvidar cuando reconocieron a los sargentos de la República una paga, y la tercera, la alegría de haber formado desde el año 1964 parte de nuestra familia al casarse con mi tita Lola.
Es ésta una carta sencilla, venida de tierras aragonesas, las que ahora le acogen. Al leerla no puedo sino sentirme muy orgulloso de mi tito Manolo: un hombre bueno, cabal donde los haya, defensor a ultranza de los derechos humanos, solidario siempre, nonagenario y lúcido aún, querido por todos.
No es ni ha sido ésta una carta cualquiera, no. Esta escueta pero precisa epístola llega con la fuerza del trueno para ser, de nuevo, la voz del pueblo humilde y trabajador, sin más. ¿No les parece grandioso?

domingo, 7 de diciembre de 2008

LA CHANCA Y GOYTISOLO


Causa sorpresa que quienes ostentan la vara de mando y todos los sacristanes que les secundan –gentes de cerebro gris-, mediocres y pancistas de bien vivir, filibusteros y pícaros en general sean blanco de la noticia antes que quienes por su trayectoria, coherencia, intelecto, sabiduría, honradez y buen hacer profesional deberían ser el centro de atención por excelencia. Cuando escribo esto estoy pensando en Juan Goytisolo, reciente Premio Nacional de las Letras. Confieso que no le conozco personalmente, que nunca intercambié una sola palabra con él, pero a veces solo con mirar a los ojos a una persona es suficiente. Eso es justamente lo que me ha ocurrido a mí con Juan Goytisolo, con independencia del reconocimiento que su obra me merece.
Decía, volviendo al hilo de la escritura, que a veces basta con mirar fijamente a los ojos de una persona para saber de él. El problema, el gran problema de hoy es que estamos demasiado pendientes de nosotros mismos como para mirar a quien tenemos enfrente. Vamos muy rápidos y cuando queremos darnos cuenta es demasiado tarde. Hemos perdido la buena costumbre de mirarnos a los ojos mientras hablamos; no hay contacto, no sentimos al otro. Su presencia nos es tan ajena como lo pueda ser Marte.
Sin embargo, la excepción –dicen- confirma la regla. Sirva como ejemplo el protagonizado por los escolares del Colegio La Chanca. Ellos, que también han sentido la presencia del escritor, que le han mirado a los ojos, le han besado, caminado junto a él por su barrio, que viven en el deseo de un nuevo encuentro y le han sentido muy adentro, le llaman amigo y lo felicitan como mejor saben hacerlo: con el corazón y en una pizarra. Ellos quieren leer todos sus libros, y ser unos grandes lectores y escritores, como él. Mas Juan Goytisolo no es sólo el escritor, es el hombre comprometido con sus gentes -provengan de donde provengan- y con su tiempo.
No sé si alguna vez tendré la oportunidad de conocer a Juan Goytisolo en persona, espero que sí, pero si así no fuera, siempre diré que me bastó mirarle a los ojos para sentirlo cercano. Tan cercano como lo está en la fotografía que ahora contemplo: él en el centro, rodeado de niños y niñas del barrio de La Chanca, su barrio. Juan, con los brazos sobre las caderas, los mira atentamente, escucha sus explicaciones. El tiempo no existe. Juan Goytisolo entre todos y con todos. El escritor y el hombre, inseparables.
Juan Goytisolo en el silencio de las noches de Marrakech y de La Chanca, en la soledad de la mar, en los espejos del alba.

miércoles, 26 de noviembre de 2008

TALLERES


Desde hace unos seis o siete años la moda de los talleres de escritura se ha implantado en España. Crecen por doquier estos talleres en los que se pretende, por un precio nada desdeñable y unas horas, enseñar a los asistentes a escribir correctamente poesía en unos casos y prosa en otros. Se anuncian estos santuarios para nuevos escritores en Internet, en las páginas de los periódicos más prestigiosos, en las Universidades, en las bibliotecas o en los lugares más insospechados. En ellos, el ponente o profesor, que a veces es un escritor y otras algún joven licenciado en Filología, enseña, en un tiempo excesivamente corto, las reglas fundamentales para una escritura correcta. El perfil de quienes se acercan a este tipo de enseñanza es variado: desde el estudiante universitario hasta el jubilado. Asisten a estos talleres con la esperanza y el deseo de poder alcanzar un estatus social que en los últimos tiempos se ha puesto de moda en nuestra sociedad: escritor. Y es curioso, porque esta digna y noble profesión que siempre fue silenciada, en el mejor de los casos, y denostada, en el peor de ellos, parece que ahora remonta el vuelo para convertirse en un hecho trascendente, relevante.
Hoy, en los albores del siglo XXI, ser escritor es un signo de distinción social. De ahí que sean muchas las personas que se acercan a estos talleres de creación, en la creencia que encontrarán la varita mágica, o que, incluso, se les desvelará los secretos de la composición poética o narrativa. Acuden a los talleres con la convicción de que en unos días habrán aprendido lo que otros tardan toda una vida. Pero para ser escritor, un buen escritor, que de eso se trata, supongo, hace falta mucho más que unos días y una determinada cantidad de dinero. Es posible que en estos talleres se alcancen algunas habilidades, pero entiendo que el proceso de creación de una obra literaria, sea poética o narrativa, necesita de esfuerzo, tiempo, meditación, infinitas lecturas, conocimiento de la lengua, etc.
Vivimos un tiempo de extremada confusión. Todo se sucede con la velocidad del rayo; el éxito y el poder la meta, sea cual sea su precio. En el caso que nos ocupa, el de ser escritor, también.
Para ser escritor, además de la técnica y el dominio del lenguaje, hace falta algo imprescindible, alma. Se podrá escribir correctamente un poema o una novela, pero si una u otra no conmueven al lector, de nada habrá servido la técnica.
Escribir es vivir en cada personaje su propia vida hasta las últimas consecuencias; encadenarse a sus sentidos hasta dejar de ser uno mismo para ser el otro. No existe escritura sin entrega, sin alma.

domingo, 16 de noviembre de 2008

LA UNIVERSIDAD


Nunca le abandonó la necesidad de conocer, incluso ahora que, cumplidos los cincuenta años, había decidido matricularse en la Universidad. Aún hay tiempo, se decía a sí mismo una vez y otra, convencido de que el deseo, la voluntad y la constante y creciente curiosidad que le caracterizaban harían el resto. Volver a la Universidad después de tantísimos años era todo un reto, y el tiempo, su principal enemigo. Primero tendría que cumplir con su jornada laboral, luego con sus obligaciones familiares, y, finalmente, robarle horas al sueño para estudiar.
Sabía bien que su aventura universitaria no sería fácil, y a pesar de todo, estaba ilusionado. Los ojos le brillaban con una intensidad desconocida. Le temblaban las manos con solo pensar que en ellas se alojarían, después de tanto tiempo, los libros de texto, como cuando era joven y acudía al Instituto, con la diferencia de que para este viaje tendría como compañera a su propia soledad.
El primer día que acudió al campus se ruborizó un poco, incluso dudó de haber actuado correctamente. Por segundos tuvo la certeza de creerse rematadamente loco. Entre ellos él, que doblaba sobradamente la edad de aquellos pipiolos; sintiéndose observado por todos desde la más absoluta indiferencia, como si no existiera realmente. Aún así, volvió al día siguiente para completar la matrícula. Los días sucesivos los empleó en contactar con los profesores para concretar las tutorías. Cuando quiso darse cuenta ya era un nuevo alumno de la Universidad, y se sintió afortunado, descaradamente afortunado.
Había soñado tantas veces con aquel momento que le parecía imposible estar allí, en el campus de la Universidad, en su biblioteca, en las aulas (aunque no pudiera frecuentarlas como el resto de los alumnos). Allí, con el único deseo de aprender, de descubrir y aplicar luego los conocimientos. Sin prisas pero sin pausa.
Ajeno a los dimes y diretes, que los habría, la Universidad comenzó a ser su único refugio, y su horizonte. Había encontrado una nueva razón de ser, un nuevo mundo. El saber como meta. La luz del conocimiento como guía. Ahora tendría que comenzar desde cero y no sería fácil, pero nada de esto le importó. Consciente de hallar en el camino cientos de obstáculos, no desfalleció, todo lo contrario, se sobrepuso a ellos y con denodado esfuerzo fue conquistando su gran sueño.
Hoy, sexagenario ya, deambula por el campus universitario, solo y silencioso. El eco de una voz le susurra al oído: ¡Universitas... In lumine sapientia!

lunes, 20 de octubre de 2008

CULTOS

Aquella mañana el cielo amenazaba con descargar toda el agua-barro del mundo. El color gris anaranjado de una única y gigantesca nube parecía presagiar el final o acabamiento de todo. No obstante, y a pesar del estado agónico del cielo sobre la mar y los hogares, un calor sofocante emergía del mismo centro de la tierra. La luna, como una tímida dama en el cielo, asomaba por segundos su deslumbrante blancura. Reconozco que el paisaje, aunque hosco, no dejaba de ser conmovedor. La vida estaba en cada átomo o partícula, ofreciéndose desnuda y libre, y a mí esta circunstancia me pareció extraordinariamente bella. La razón de mi culto a estos días grises unas veces y otras lluviosos viene de antiguo, pero no me pregunten la razón. Tal vez, se me ocurre a bote pronto, mi madre sea la causa, que siempre confesó su deleite por ellos, contagiándome a mí de la misma querencia. Realmente, todos los seres humanos mostramos una tendencia hacia algún culto, con independencia de cuál sea su naturaleza. Los hay hacia el poder, la imagen, el dinero, la religión, y un largo etcétera. Los cultos pueden ser tantos como personas existen en el mundo.
Por la tarde, todo fue distinto. Ante mí, el bullicio de la gente de un lado para otro, subiendo y bajando escaleras, mirando escaparates o en las cafeterías componía el nuevo paisaje. En las entrañas del gran centro comercial la vida discurría aceleradamente. Entre tanta gente una joven pareja suscitó mi atención. Ella cubría su cuerpo con un manto negro, bajo el cual asomaban los bajos de un pantalón blanco, y la cabeza, con un pañuelo también negro; él, una camisa blanca y desabotonada hasta el pecho, así como unos destintados y modernos pantalones vaqueros. Al verlos pensé enseguida en los cultos y en las diferencias que los marcan, pero lo hice sin acritud alguna, desde el respeto que merecen las costumbres y tradiciones de cada pueblo, su singular cultura.
Durante el resto de la tarde no pude apartar de mí aquella imagen. Él, igual a sus iguales, consumiendo los mismos objetos o productos que sus iguales; normalizado en sus costumbres; ella, en cambio, anclada en el pasado, conservadora de un culto ancestral, diferente a sus iguales. Ambos, seguramente, educados en la misma cultura.
Cada vez que visito el centro comercial pienso en aquella joven pareja y no puedo evitar que una cierta tristeza me asalte. El hombre, por mucho que nos pese, sigue siendo ese ser egocéntrico e insolidario, incapaz de compartir con sus iguales las grandezas del mundo, una sonrisa siquiera.
Atardece, delante del escaparate, la joven pareja. Él, habla y habla; ella calla, y sueña.

lunes, 6 de octubre de 2008

DESMEMORIA


Existe un dicho popular que dice "siempre". Cuando se hace uso de él, al menos en el noventa por ciento de las ocasiones, mi experiencia me dice que acierta de pleno. Y es que en esta España nuestra siguen hablando los de siempre, que no son otros que los que debían de callarse, y no meter la pata hasta el corvejón que es lo que hacen un día tras otro delante de las cámaras de televisión, en los periódicos o en la radio. A veces tengo la sensación de hallarme en otro tiempo, un lugar que atisbo todavía en blanco y negro, en ocasiones gris, donde la luz casi nunca se advierte. En ese mundo, quienes me rodean –hombres y mujeres humildes- evitan hablar por temor a ser castigados, y la hipocresía, la mentira y el boato campan a sus anchas por doquier. Quienes vivieron ese tiempo de riguroso silencio, de miedo continuo y humillación, ahora, sólo pretenden que se les devuelva la memoria, por justicia y dignidad.


Quienes tuvieron que soportar durante tantos años el desprecio, la soledad y el silencio como una losa tan pesada como insoportable y dolorosa, tienen derecho a que se les escuche ahora, a hablar, y si me apuran, por qué no, a gritar de impotencia y de rabia por tanto desagravio. Todos ellos, sin exclusión, no existieron ni vivos ni muertos. Hurgaron en sus cerebros con la intención de desmemoriarlos, pero no lo consiguieron, y ahora, cuando están dispuestos a desenterrar tanta angustia y desesperación también se les quiere silenciar.



Lo que sé lo sé de oídas, eso sí, quienes contaban las historias de sus vidas lo hicieron siempre en voz baja, muy baja, porque hasta las paredes creían que escuchaban. Sucedía a la luz de una vela y al calor del brasero de picón, en las noches de invierno, de vuelta de la recogida de aceitunas. Así fue durante muchos años, con la expresión del miedo en los ojos; temiendo una llamada en la puerta de la casa mientras se dormía plácidamente, aterrorizados día y noche.



Nadie escapó a la venganza y la vileza de un tiempo gris, a la ignominia y el sufrimiento de la oscuridad y el silencio. No había nada que hacer, la vida era un túnel sin salida.



Aún hoy, la vida es una secuencia en blanco y negro, y los rostros que se muestran lo hacen escondidos tras unas grandes gafas de cristal negro. El origen de todo es la total oscuridad, el silencio que nace de las entrañas de la tierra, de una tierra regada con sangre y fuego. Todo acabó tiempo atrás, y sin embargo, preciso es que se restituya la memoria colectiva, la de todos, sin exclusión, por dignidad.

sábado, 27 de septiembre de 2008

EL SACERDOCIO DEL ARTE


Atardece en la estancia. Los libros forman poderosas columnas en los anaqueles. El sonido de los violines traspasa las paredes y la ventana en un canto indescriptible. En unos segundos distingo la voz de la soprano. Interpreta el trigésimo noveno movimiento de la Pasión según San Mateo, de Johann Sebastián Bach. Conmovedor, extraordinario. Maravilla de las maravillas. La música adentrándose en las profundidades del ser. A solas con la oscuridad y la luz, ensimismado en el caos de su propio yo, el arte crea formas y signos, se sumerge en la mar del pensamiento hasta encontrar el origen, la razón primera de su existencia. El todo y la nada convergen entonces y el artista, sumido en la abstracción de cada día, va creando su propio mundo, el universo de su ser en connivencia con las musas que merodean por la casa y un rincón de ésta donde sólo existe un único paisaje, una sola vida.
Atardece en la estancia aromada de óleo. Las manos asidas a la paleta. Los pinceles van dejando su rastro sobre el lienzo blanco, y las manchas de color van transformándose en figuras, rostros, sombras y luces que la memoria crea y recrea en el instante preciso.


El pintor ahora está ausente, viaja hasta su infancia en Albox. Recuerda sus primeros años en casa de sus abuelos maternos, en el número 40 de la calle Concepción del Barrio de La Loma. No sería la calle uno de sus lugares preferidos, porque poco la pisó, si acaso en contadas ocasiones junto a dos o tres niños con los que compartía la afición de jugar a las palas y los camiones. La infancia de Andrés García Ibáñez fue muy distinta a la del resto de niños. Él prefirió el Taller de su abuelo José Ibáñez, “un lugar imprevisible...”, “siempre era un sitio nuevo, donde mi abuelo hacía de relojero, pintor, tallista, dorador” –recuerda Andrés-; también la papelería Iris, de su tío; dos espacios que influyeron decisivamente en su vida. Durante aquellos años Andrés comienza a dibujar. Copiaba láminas de Freixás, reproducciones de pinturas del museo del Prado que el abuelo le facilitaba. Hasta los seis años vive con sus abuelos maternos, dibujando sin cesar y aprendiendo las buenas artes del abuelo José, que lo mima y le aconseja como si se tratara de un discípulo: “tú ten en cuenta que a ciertas alturas los borrones son pinturas” –le diría cuando Andrés se disponía a pintar su primer mural. Antes, ya había pintado todo lo que se le ponía por delante. Tendría doce o trece años cuando pintó sus primeros óleos y exponiendo con once sus primeros dibujos en el salón parroquial de Albox.
Abandona Andrés el hogar de los abuelos para ir a la Escuela “Antonio Relaño”, de Olula del Río, donde viven los padres, aunque todos los veranos volvería a Albox, al taller del abuelo, su valedor. Pero Andrés es un artista desde incluso antes de su nacimiento. Una especial sensibilidad lo aparta de los lugares frecuentados por el resto de niños. Sus vivencias artísticas van calando en su interior hasta el punto de comenzar a pintar al óleo a los grandes pintores españoles: Goya, Velázquez, Rembrandt y el Greco. A los dieciséis años inicia el camino de la creación artística y que no dejará ya, a excepción de algunos paréntesis temporales, exponiendo por primera vez un año más tarde en la sala de Exposiciones de Unicaja, en Almería.


A partir de este momento (1989) García Ibáñez comienza una carrera fulgurante, exponiendo su obra por lugares diversos de España y alcanzando con su obra “Dánae” el primer premio en el concurso “Jóvenes pintores andaluces”, de Unicaja. En los siguientes años, alternará la creación pictórica con los estudios de Arquitectura Superior en la Universidad de Navarra. Murales en 600 metros cuadrados de la bóveda de cañón de la Basílica de la Esperanza de Málaga, un gran lienzo en la Plaza de San Pedro en la ceremonia de beatificación del obispo de Almería, Diego Ventaja Milán; el popular lienzo de “Los Baquillos” u otras obras como “María”, “Raquel” o “El jardín de las bacantes”, serán obras de su viaje iniciático. A éstas seguirían otras como los ocho lienzos gigantescos para el retablo principal de la nueva Catedral de San Salvador en la República de San Salvador y exposiciones varias en Olula del Río (antológica); en Madrid, Sala Alcolea; en Barcelona Sala Nonell y en Londres, Sala Roy-Miles.


Pero Andrés García Ibáñez, no harto con todo lo anterior decide poner en marcha uno de sus sueños: la construcción de su propio museo, que denominará Museo Casa Ibáñez y en el que sus visitantes puedan apreciar su obra y las de otros autores plásticos. Diseñado por él mismo, el Museo Casa Ibáñez refleja un estilo posmoderno en el que conjuga lo clásico con lo contemporáneo y que recuerda a la antigüedad clásica y romana, la árabe; en definitiva, todo un modelo mediterráneo. En él hallará el visitante un espacio abierto, desnudo y lumínico en el que el arte está presente siempre y en todo lugar. Será a partir del año 2000 cuando Ibáñez aborda la creación de una obra propia a través de unas series que muestran su rebeldía; no cabe duda –comenta- que mi actitud rebelde ante la vida salpica, como no podía ser de otra forma, a mi proceso artístico. El arte es una actividad que surge de la necesidad y de la enfermedad, si no hay obsesión no hay proceso artístico; el arte no conoce reglas, es expresión del talento, surge de repente y no depende de parámetros medibles –sentencia-.


Los temas que trata en su obra son sus propias preocupaciones o angustias; una rebeldía responsable y reflexiva que le lleva a enfrentarse artísticamente a la más recalcitrante tradición española. Ibáñez no es un ingenuo, es un pintor, un artista que ha sabido dotarse de pensamiento, de inteligencia para salvar los muchos obstáculos que esta sociedad hipócrita y pacata ha ido poniendo en el camino. Y así, con su serie La falacia del signo nos muestra un universo que para muchos, posiblemente todavía, debería ser intocable, pues en su obra principal “La muerte de Dios” rompe con los cánones tradicionales para descubrirnos un nuevo y fuerte simbolismo. Todas y cada una de las series creadas por Ibáñez (Almería, Paisajes españoles, Mitologías, Retratos y paisajes ingleses, La vida contemporánea, Beethoven, Mujeres, Los mitos femeninos, Rita, Centroamérica, Prèt’ à porter, Venecia, La falacio del signo, Mediocres, Cutrez y Putrefacción, Manolas y penitentes, La masa, Vanitas, Maried. La imagen de Eros, Retratos reales, Retablos... ) –además de su obra escultórica y fotográfica- son, sin duda, la expresión deslumbradora de su talento y de su estética. Ibáñez no se detiene ante la mediocridad que le rodea, todo lo contrario, se crece ante la adversidad y muestra su desnudez, convencido de que la libertad es el único camino hacia una sociedad más justa y solidaria.
Prueba de todo lo dicho es su vuelta a la representación pictórica de la muerte y su simbología. Ahora estoy pintando cadáveres de animales o trozos de esos cadáveres –dice Ibáñez-; el motivo es mi convencimiento de que somos naturaleza muerta, cadáveres humanos –concluye. Ni qué decir tiene que Andrés García Ibáñez es un artista comprometido con su tiempo y la sociedad en la que vive; inconformista y rebelde, crítico, a veces irreverente, a veces sarcástico.


Cuando se define a sí mismo, dice ser un trabajador que no escatima esfuerzo y trabajo, que asume la disciplina sin dolor y hace lo que haga falta, porque para Ibáñez, el arte es un sacerdocio, añadiendo a renglón seguido que se considera un hombre con suerte por tener una mujer que lo entiende y respeta en este aspecto. Y no le falta razón, como tampoco la perseverancia necesaria para alcanzar sus sueños, como lo hicieron aquellos otros artistas del renacimiento que como él no escatimaron esfuerzo y tiempo. Aunque víctima de un olvido inmerecido, Ibáñez no se amedrenta, pues en el fondo sabe –sabemos- que la inteligencia vencerá a la mediocridad siempre.

Mientras escucho el trigésimo noveno movimiento de la Pasión según San Mateo, de Johann Sebastián Bach, una imagen se repite sin cesar en mi memoria. Es Ibáñez que se autorretrata. En el lienzo manchas de colores fríos (los grises y los azules). El cuerpo se muestra desnudo y putrefacto, como si quisiera escrutar toda la parte oscura que llevamos dentro.

Sin embargo yo, desde la cercanía del mar y sus silencios, veo al niño que nunca fue, jugando con las olas en sus manos, ensimismado, ajeno a todos y a todo, endemoniadamente libre.

miércoles, 30 de abril de 2008

ASOMADO AL INVIERNO



O todos o ninguno. O todo o nada.
Uno sólo no puede salvarse.
O los fusiles o las cadenas.
O todos o ninguno. O todo o nada.

Bertolt Brecht

a Antonio Muñoz Zamora (superviviente campo nazi de Mauthausen).

In Memoriam



Me acerqué aquella noche hasta su casa
como un sonámbulo, muy lentamente,
al tiempo que las calles, frías y húmedas,
vertían mosaicos de espejos, luces
de infinitas soledades, de inviernos
obscuros y dolientes en mi rostro.
Una alfombra de hojas amarillas,
de silencios anónimos se ocultaban
tras la densa niebla del olvido, gris
como la edad fundida a mis cartílagos,
la misma que asola campos y sueños.
Hoy camino por vastas geografías
y lluvias monocordes, por océanos
de sangre y fuego, por sórdidas cárceles
y cuerpos desnutridos y hacinados;
hoy, después de oír sus voces mustias,
me persiguen las sombras del pasado,
la triste melodía de otras edades,
los días con sus crespones de luto,
el ácido silencio de la historia
que arremete contra todos y todo.

Hoy te he visto, apoyado en los silencios,
cruzar la calle muy despacio, trémulo,
apurando los rumores del día
y he sentido el vuelo de los ángeles
como un aguijón de muerte en los párpados
de la noche y los altos cipreses.
Hoy, te he visto, y en ti, los negros peldaños
del desvalimiento –caústica agonía-,
y uno a uno he contado con los dedos
manchados por la sangre y el tormento
cada cuerpo caído en la espesura
selvática del odio y la barbarie.

Entonces recordé que tus orígenes
de sal y espuma avivaban el vuelo
de los pájaros, los sonidos del aire
en las mañanas de la calle Estrella,
allá en la Almedina laberinto,
nido y haz de sueños y quimeras,
en cálido abrazo con los licores
y el vino oferentes de Casa Teba,
o las fragancias de la oscura tinta
impresa en áureos pliegos de papel.

Recuerdo que tu nívea presencia
viaja conmigo a Orihuela, Albacete
y al frente del Jarama entre aullidos
monocordes de balas homicidas;
que en Brunete la sangre es un hervor
en tu antebrazo; que te espera el agua
del Ebro y la orilla de Gandesa,
la voz de un silencio tras otro, la luz
del ocaso en las pupilas y el alma.
Recuerdo tu soledad en Argelès,
la humillación en tu lecho de arena,
las noches de duermevela y congoja
sesgándote la piel y las ideas,
arañando la juventud del sueño.
Y allí en la playa, en la dura almohada
del desamparo, insomne, descubrías
la doliente mirada de otros seres,
de otras vidas sin vida en las pupilas,
sin sueños ya, sin patria ni memoria.

Luego, tu carne apresada a otra carne
en un abominable vagón de tren,
inmóvil, asfixiado en el hedor
de otros cuerpos vencidos, moribundos;
sólo carne, espuria piltrafa humana
camino al matadero de Dachau.
Y vendría el infierno de Mauthausen:
ciento ochenta y seis peldaños de espanto
y muerte, el horror de noches y días
sintiendo el gas asesino en el aire.
Con el paso del tiempo, otros infiernos
en tu Francia adoptiva y en tu natal
Almería, otros silencios, otra paz
más dolorosa, un pacto de esperanza
para seguir viviendo como humano
lo que otros mancharan con sangre y fuego.

Volverías, con el paso del tiempo,
a la razón del ser, eternamente.

lunes, 21 de abril de 2008

LA GALLINA CIEGA


Vendar sus ojos tan azules como la mar que baña esta orilla fue algo mágico. Luego, después de que la oscuridad se convirtiera en el único universo existente, la desnudez de su cuerpo iluminó la estancia. Aquel resplandor cegó a quienes contemplaban silenciosos tanta belleza. En cambio, hubo quien no sintió nada, y con los ojos vidriosos de ira salió del lugar raudo y despotricando de unos y otros, escupiendo palabras y vomitando insultos. La pobreza de su mirada no pudo captar el verdadero sentido de aquel espectáculo de luz y materia, de lienzos y mármoles, de blancos y negros, y rojos, y amarillos, y paisajes convocados del futuro, cristales y arcilla, maderas y tela, papel y bronce...Todas las miradas al frente, buceando por las entrañas de la materia y del espíritu, conquistando nuevos reinos para el sosiego y la paz que todos deseamos perpetuar en lo más profundo de nuestro ser. Ahí estaban todos, hombres y mujeres, objetos, la nada y el abismo, el todo y el paraíso. Y en cada uno una concepción distinta del universo, la diferencia como ley, la fusión de lo absoluto y la nada para ser más libres, más puros, más solidarios.

Vendar sus ojos tan azules como la mar, vendarnos los ojos todos, sin excepción, y dejar que el aire nos acaricie los labios llegada la tarde, que la luz de la mirada nos perfore la carne, que las sombras nos brinden sus silencios, que el trazado del pincel o de los lápices sea un rosario de sueños y quimeras, que el blanco y negro del pasado nos alerte de la noche y sus cuchillos...


Jugar a la gallina ciega en la negrura y la soledad de A Costa da Morte, en el olvido del Cortijo del Fraile, en la sangre de una pasión crucificada, en la blancura cúbica y solemne de la Chanca, en la pobreza secular de Andalucía, en la estulticia del poderoso, en la rancia tradición del nacionalcatolicismo, en la belleza marmórea de una sonrisa o en el dolor callado del miedo y sus fronteras.


Permanecer con la mirada atenta a los paisajes interiores del alma y sus aristas; alzar el vuelo hasta la cúspide de nuestra propia clausura, de nuestro destino global y único; abrir las puertas del conocimiento y la sabiduría a un tiempo sin límites ni barreras o abismarnos en nuestras propias miserias y contradicciones. Salvarnos los unos a los otros en el tránsito de esta vida. La magia de la soledad creadora, provocadora, libre y desnuda, esperanzadora, y en el Todo la gallina que nos observa, y que de ciega, nada de nada.

 
(Ilustraciones: Goya, Golucho, Ontañón, Antonio López y Noé Serrano)

domingo, 20 de abril de 2008

DE LA SABIKA Y LA ALHAMBRA



La Sabika es una corona sobre la frente de Granada,
en la que querrían incrustarse los astros.
Y la Alhambra (-¡Dios vele por ella!) es un rubí en lo alto de esa corona.

Ibn Zamrak

Juego entre mis manos con su piel de seda y albas
y en el silencio de la estancia preparo vino
y rosas, elixires y aromas del oriente;
pláceme sus consejos y plática llegada
la noche, y entre la mirada fija de las estrellas
y la cálida llama de la luna en el cielo,
ebrios se adormecen los sentidos y los sueños.

Mas nada temo en tu grande altura de colina,
ni nada quiero, que entre las hojas amarillas
del otoño en tus labios y de la luz dorada
de la tarde en tus cabellos, serenas residen
las oraciones, las palabras, los gestos; sean
todos en uno la dulce voz del almuédano,
el canto del gallo cumplido el tiempo, la edad
de los abismos en el incandescente mármol
de los surtidores, en los espejos del agua
o en el silencio de la turbación y sus círculos.

En tus pechos de nieve y sol habito, en la magia
de la seda y el blanco azahar, en los jazmineros
que pueblan los jardines y la noche perfuman,
y las alcobas de palacio y las pobres casas
de los labriegos de la vega, y las estrechas
calles de la medina ensortijada de luces,
de cristales e infinitos colores, de lluvias
y asombros en las riberas de la noche y el grito.

Juego entre mis manos con el fuego de tus labios
y a ellos me encadeno libremente, eternizando
la hora en que la llama del amor en brasas besa
la túnica sedosa de tu vientre y tu costado.

En mis dedos los tuyos, la vida y sus secretos.

martes, 1 de abril de 2008

LA HABITACIÓN SECRETA DE MANUEL FALCES



Declinaba la tarde en la Almedina. Lucía la calidez del crepúsculo en el laberinto de sus estrechas y solitarias calles. Ciertamente el lugar y la hora eran idóneos para un hombre, Manuel Falces, cuya pasión ha sido, es y será siempre la fotografía. En un par de ocasiones había tenido el placer de conversar con él, no mucho, es verdad, pero sustancioso en todas. Ahora era distinto, y hablaríamos de lo humano y divino, sin prisas, como al propio Falces le gusta decir, igual que la serena lentitud de sus pasos sobre el asfalto o las aceras, como si en cada uno de esos pasos le fuera la vida misma. Como “un tío muy raro” prefiere definirse al tiempo que ríe a carcajadas, y acto seguido sentencia, ampliándose en su autodefinición, como “una sombra, un espectro divino, no lo sé. Un pretérito indefinido, alguien que se está encontrando a sí mismo en cada esquina, en cada momento. Manuel Falces es, un sujeto que nació en Almería un 14 de mayo de 1952, hijo de María y de Manuel, en la calle José María de Acosta, al lado del cine Moderno…calle de personajes muy ilustres como David Bisbal (carcajea), su abuelo, Juan Asensio, la familia Beltrán,…cerca del jefe de falange, de un concejal del Partido Andalucista; es decir, Manuel Falces es absolutamente un potaje de personajes, que parecen haber salido todos de la caldera de Astérix”.


Ante mí, el hombre, el fotógrafo, el amigo, muchas vidas en una, pero en todas el mismo ser vital, enigmático a veces, silencioso otras, profundo y reflexivo, tolerante, claro y apasionado siempre. Por ello, cuando le nombras La habitación secreta (título de uno de sus trabajos fotográficos), él nos habla de ella, que dice ser aquella que todos poseemos, en la que nos refugiamos y en la que habitan todos los fantasmas, los ángeles y demonios, los poetas, el cielo, los actores, el cine, nuestras televisiones particulares, nuestra casa de muñecas, nuestros juegos de niños, nuestras noches de Reyes, donde habita absolutamente todo, todo, todo. Por ella (la habitación secreta) han pasado todos los duendes y todas las hadas, toda la memoria, y ha pasado la mitad de nuestra historia.


Manuel Falces sabe de la soledad del creador, en la que cree y se reconoce. “Los creadores son gente muy solitaria –sentencia-; siempre habita un lobo estepario en una persona que crea. Pero la soledad es algo entrañable también. Hay una soledad sonora, una soledad que grita a voces, que grita por las esquinas, grita calle a calle y verso a verso…La soledad es algo bellísimo... Esta historia de los comités, de las agrupaciones no se ha inventado para una persona que crea, no, yo creo todavía en el lobo estepario…”. Afirma Falces haber llegado a la fotografía “de la mano de su madre… la cámara oscura, sales de plata, las emulsiones, las sombras primero y luego las figuras; y ahora un mundo de píxeles, un universo absolutamente digitalizado, pero donde puede ocurrir de todo, donde puede pasar cualquier cosa y en cualquier lugar; la fotografía, ese instrumento mágico. Porque, el secreto de una buena fotografía está en los ojos, en la cabeza y en el corazón, sin eso la historia no funciona, y luego, la cocinilla –ríe-, el asunto dermatológico, la olla y lo demás de la cocina, el laboratorio, la alquimia…”. Enlaza esta palabra con el recuerdo hacia el que fue sin duda un verdadero alquimista, un mago, el fotógrafo Ruíz Marín. Como abogado, Manuel Falces lució la toga en infinidad de ocasiones, hecho que lleva a honra y a gala, aunque según él, la palabra parezca un poco goyesca-borbónica, la verdad es que no renuncia a ello. Durante muchos años los Aranzadi, los Boletines Oficiales y los ácaros del polvo de los legajos le pertenecieron también.


Y es que Manuel Falces es sobre todo un soñador, y como tal, allá por los años setenta inicia, junto a otros fotógrafos europeos e ilustres personajes (William Klein, Cartier-Bresson, Linda McCartney, Bryan Griffith, Sebastiao Salgado, Cristina García Rodero, entre otros) el proyecto IMAGINA, germen de lo que luego sería el Centro Andaluz de la Fotografía y del que fue director durante 17 años. Además de los ya nombrados, recuerda también a quienes, desde la sombra, le echaron una mano: José Ángel Valente, Juan Goytisolo; muchos sin duda, a la postre, un equipo absolutamente loco. No cabe duda que durante la etapa de director del CAF, Manuel Falces optó por una divulgación muy democrática de la imagen, llámese Talleres gratuitos, autores y obras de la alfa a la omega: “de cubrir –comenta- todo el abanico, todo el alfabeto de los mil nombres que tiene la fotografía”. Respecto a la nueva sede del CAF se siente satisfecho, porque con ella, dice, “Almería va a ser un referente de la imagen, y creo que es de justicia que esté aquí, y va a estar aquí, aunque ha costado mucho trabajo, ¡nadie puede imaginarlo! ¿Que yo no estoy? No pasa nada. Siempre tuve la certeza que en un sillón se está accidentalmente, que es lo contrario de lo que piensan muchísima gente que se dedica al noble oficio de la Administración Pública”.


Cuando hace una fotografía Manuel Falces dice ver un día entre los días, lo que te pasa por los ojos, la vida, también ese teatro, en cierta medida, porque no deja de ser literatura y la literatura tiene su dosis de poesía, de historia, de precisión, de matemática de los puntos y las comas; o sea, que tiene mil cosas. Al hacer una fotografía lo único que busco, posiblemente, es el enigma, el misterio, y sobre todo, la belleza, que es la única lucha que merece la pena.
El hombre está solo y vencido. Ya nadie recuerda su nombre, pero su nombre vive en los labios de quienes le amaron siempre, en sus imágenes en blanco y negro o de tenues colores. Su nombre está en las paredes de la habitación secreta, donde sólo los sueños cohabitan con los días y las noches, con las palabras que nombran lo innombrable y toman las aceras, y las calles, y las avenidas y plazas de la ciudad, su ciudad. Su nombre está grabado en la memoria de la historia, de la historia que se escribe día a día, en la soledad de una estancia cualquiera.


El hombre está solo en su impredecible ciudad, en el mar y los desiertos, buscando el cielo en el techo de su habitación secreta. Su nombre, Manuel Falces.
(Ilustraciones: Manuel Falces)

domingo, 23 de marzo de 2008

CAMPANAS DE BAEZA


II

Lo he visto en la puerta
de su casa, estaba quedo,
con la mirada en lontananza,
vigilante, en la cima del sueño,
esperanzado en conquistar la luz
de la palabra.

Lo he visto caminar
por las calles de siempre,
lenta y serenamente,
abstraído y libre.

Todos olvidaron su nombre,
y por si acaso, alguna librería
lo tomó como seguro reclamo,
pero no nos engañemos
sólo luce como símbolo
y al cambio en euros se convierte.
Hoy lo he visto como siempre,
serio y enlutado,
cubriéndose la cabeza
con el sombrero de fieltro;
solemnemente agarrado
a su inseparable paraguas.
Lo he visto y me he jurado
seguirlo hasta más allá
de los cerros de Úbeda,
ignorando al tiempo y sus silencios,
creyéndome el único vigía,
su única y certera sombra.

Hoy lo he visto
y he creído en sus versos,
y en su tristeza, de tal manera que,
         nada existe ya sin su presencia.

sábado, 15 de marzo de 2008

CAMPANAS DE BAEZA



I

A su voz
otra voz tañe el aire
de broncíneas campanas
y un cielo gris antiguo
abre sus entrañas de olvido
a la razón de otro tiempo
y otra vida en soledades ebria
por campos de olivos y aceitunas.

Nadie sabe ahora,
en el silencio de esta noche
de luminarias y piedra
dónde y cuándo apareciste
por vez primera
en estas calles y plazas
abiertas al aire y los crepúsculos.

De nuevo las campanas
-las campanas de Baeza-
y tu nombre golpeándome
las sienes, la memoria;
la voz del poeta
abriéndose como una flor,
como una sola campanada
en la cima de la magna torre
desde donde hoy revivo,
al caer la tarde,
la tristeza de otro tiempo
y otras ciudades.

Al día de hoy
sólo poseo la nostalgia
de unos pasos en la noche
solitaria, y un lejano sonido
de campanas –las campanas de Baeza-
derramando sus dolores
en mi estancia, de madrugada.

martes, 4 de marzo de 2008

SALA DE ESPERA


Sucedió todo muy deprisa. Fue como si de pronto el día se convirtiera en noche, una noche espesa, abisal. Ellos se miraron fijamente a los ojos, sin entender nada. La niña, sobre el sillón del salón, estaba pálida, triste, sin ganas de nada, como si un extraño ser se hubiera apoderado de ella y no supiera responder a ningún estímulo, a las carantoñas o a los disparates gesticulares de sus progenitores. Una sensación de vacío se apoderó de la casa y una tormenta de angustia creció y creció hasta inundarlo todo. A veces, la vida nos depara momentos dramáticos, de verdadera locura, en los que el camino se hace interminable, infinito, y en los que no sabemos cómo actuar, si lanzarnos al vacío o luchar con todas las fuerzas para salvar lo que amamos.
Cuando toda la luz del día se transforma en una densa nube negra, como si una lluvia de gritos estuviera a punto de estallar sobre la faz de la tierra, una absurda música se instala en los tímpanos y los hace sangrar para siempre. Quizá, ellos, incomprensiblemente, vencidos por el dolor de la herida, no supieron sino abrasarse en el fuego de los ojos y ocupar el espacio de los besos con el agrio silencio de un cuerpo de niña en los brazos.
Un solo gesto bastó, una sola mirada, para que el llanto rompiera dentro, en las profundas aguas, en el cálido vientre del alba, en los alrededores de la calle, en los acantilados, en un mar de caricias y labios.
Todo ha cambiado, así, en un segundo. Ellos, que sintieron en sus dedos la luz de los amaneceres y el silencio de las noches de otoño, nada pudieron contra la oscuridad de la tarde. Y huyeron, hacia otra ciudad. A la ciudad de los sueños –sus sueños-, al jardín de la infancia que ella, ahora, en su regazo arropa.
El tiempo fue un cuchillo afilado. Transcurrieron los días, y en las paredes de aquella estancia blanca y fría quedaron las huellas de unas manos de niña. Acecharon las sombras que en la noche se ocultan y nada fue ya lo mismo. Fue cayendo la lluvia en los tejados del alma, y entre tanto, sus dedos de niña a los silencios se enredan.
La soledad sitia la blanca espera. Y ellos, desde la nada, la vida entera abarcan. Mediaron madrugadas y silencios en aquella sala de espera que anhelaba la vida. Temblaron las baldosas cuando, la niña, abriendo los ojos, el corazón y el alma, de nuevo vida fuera.
Sucedió todo muy deprisa, al filo del alba. El tiempo despierta con la sonrisa encendida por el claro rumor de las aguas, de la vida, los sueños, la esperanza.

martes, 26 de febrero de 2008

SÓLO OLVIDO


Aquella mañana María no supo bien dónde se encontraba. Miró a su alrededor y todo le parecía extraño, ajeno, desconocido. Se levantó y fue al baño. Quedó inmóvil frente al espejo, mirándose a sí misma, sin reconocerse siquiera. El rostro de mujer que veía frente a ella no le decía nada. Era como si el tiempo lo hubiera transformado todo. Aquellos ojos claros, los pronunciados pómulos, la nariz perfilada, los carnosos labios, las arrugas de la cara, los dorados cabellos.

No escuchó las campanas de la iglesia, ni los pasos de Juan, su marido, que la seguía de cerca, observándola preocupado, porque algo no iba bien. Lo sabía, ya había ocurrido otras veces. Pero él no quiso preocuparla. Lo supo entonces y antes que María comenzara a abismarse en un mundo desconocido para ambos. Mas Juan, que siempre estuvo a su lado, ahora no podía abandonarla. Ni siquiera se le había pasado por la imaginación. Toda una vida juntos y así seguiría hasta la extenuación. Juan sabía, había escuchado a otros jubilados como él que quienes caían en el precipicio del olvido, difícilmente se recuperaban. Aun así, él no quería hacerles caso. Seguramente estarían equivocados. Los viejos pierden pronto el sentido de la realidad, chochean con frecuencia –se decía a sí mismo. Y eso no le iba a pasar a María, su esposa, no estaba dispuesto a que ocurriera.

Y luchó con todas sus fuerzas por que así no fuera. Y a su lado estuvo mientras pudo. Observando cómo recorría lentamente el pasillo de la casa, cómo se paraba frente a él y le preguntaba, mirándole a los ojos: ¿papá, qué haces ahí quieto como un poste? ¡Anda, vamos a tu cuarto, que tienes que descansar! Y lo cogía de la mano, y él, Juan, su marido, se dejaba llevar hasta el dormitorio, y se echaba boca arriba sobre la cama, y ella, sentada a su lado, recordaba cosas que sólo ella había vivido y que para Juan, su marido, no existieron nunca. Pero Juan hizo del silencio su vida, y nunca la contrarió, nunca le dijo nada que pudiera molestarla, y ella, María, siempre en la casa, de aquí para allá, una vez y otra, incansable. Hablando para sí. Y Juan siempre tras ella. Cuidando de ella, protegiéndola, para que no se hiciera daño con nada. Juan siempre ahí, a su lado.


Pero un día, María se abismó definitivamente en su extraño mundo de fantasmas y sombras. Y calló. Aquel día, María se detuvo delante de la ventana del dormitorio, fijó la mirada en el infinito de la nada, y sollozó sin saberlo. Juan, su marido, tras ella, observándola desde la puerta, silencioso, vencido.

LA PROSTITUTA


Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Ella, Nadia –y el nombre importa poco-, se había levantado a la misma hora de todos los días, casi a la hora del almuerzo, pues como todos los días, llegaba a casa no antes de las cinco de la madrugada, después de atender a los clientes que frecuentan el Club de alterne donde ella trabajaba cada día, desde que llegó de Rusia, su país de nacimiento.
Nadia, luego de darse una ducha de agua fría –era costumbre en ella desde que llegó a estas tierras-, vistió su hermosísima desnudez con un albornoz de color rosa que le había regalado unos meses atrás Antonio, su amante y proxeneta. Después de abrir la puerta del baño para que el vaho del espejo desapareciera, quedó inmóvil frente a su propio rostro. Se miró intensamente a los ojos, como si fuera la primera vez que se veía a sí misma frente a un espejo, como si no se reconociera en aquellos rasgos de su cara, de sus áureos cabellos, de sus carnosos y pálidos labios, de sus pronunciados pómulos, de su tersa piel, de sus largas pestañas…Pero Nadia estaba allí, mirándose en el espejo, como una tonta, como si al hacerlo de aquella forma una paz extraña se apoderara de ella. Pero Nadia, un día más, se hallaba sola. Sólo ella y sus sueños, y sus fantasmas, y el miedo.
Nadia, entonces, como una autómata se maquilló rápidamente: un poco de crema en la cara, el rimel para las pestañas, el lápiz negro para el borde de los párpados y un ligero cogido para el pelo. Ya en la habitación, Nadia escogería el conjunto de lencería más sexy, una minifalda y una camiseta escotada; comería junto a otras compañeras de oficio en el bar de la esquina y de nuevo, a la misma hora de todos los días, al Club, a esperar, como siempre, que llegue la noche y con ella sus vampiros. Y ella, Nadia, se acomodará al placer de los hombres, hasta la extenuación.
Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Nadie volvió a su casa acompañada de Antonio, y sin saber por qué, tras pasar la Puerta ocho de la Primera planta del Edificio A, el cuchillo jamonero que escondía entre su ropa su amante y proxeneta, le atravesó el corazón, como un poseso el cuchillo entró y salió del cuerpo de Nadia hasta diez veces. Nadia cayó al suelo y llevándose las manos al pecho sintió que la sangre le quemaba las manos, la vida entera. Luego, un gran silencio, la nada.
Aquel día podría haber sido como otros. Pero no fue así. Nadia volvió definitivamente a casa, para siempre, para siempre.

LA CARA Y LA CRUZ (Human. Palestina y Afganistán)

A veces, tanto la realidad como la más pura fantasía, nos despiertan de un ya duradero e incomprensible letargo. Aquella tarde llevaba un buen rato de un lado para otro, sin rumbo fijo, recorriendo sin prisa las callejas del barrio antiguo de la ciudad, impregnándose de la luz y los aromas marinos. Así, cuando la luz azafranada del crepúsculo comenzaba a retirarse del edificio del antiguo Liceo, sin saber cómo ni por qué, ya había traspasado sus puertas de cristal.


En su interior un patio rectangular rodeado de pórticos formados por arcos y columnas. En unos segundos y de forma incomprensible su mundo se había dividido, separado o convertido, llámese como se quiera, en dos mundos opuestos, antagónicos. En un abrir y cerrar de ojos había quedado atrapado en un callejón de figuras y colores nunca visto hasta entonces. Las paredes se habían convertido en espacios fotográficos surrealistas, donde el color y el pensamiento se mezclaban en una extraña pero sugestiva alquimia. Luego, todo comenzó a ser delirio de anónimas miradas. Los cuerpos, en su propio abandono, se encuentran o se inventan a sí mismos en un juego de color y abstracción única; se visten y se desnudan. Las imágenes se rebelan contra todo y todos, incluido su autor. Miran desde su espacio cautivo, provocadoras, creando un cosmos de fantasía ilimitada, una sinfonía colorista y alegre que lo traspasa todo. La realidad distorsionada o disfrazada, quizá una nueva dramaturgia, un nuevo concepto de las formas, la luz y el color, la vida. Human.



Pero si a un lado del patio halló la fantasía y la recreación más sugestiva, al otro, la realidad de un tiempo y un espacio en el que la muerte y el sufrimiento humanos gritan a través de la mirada.
Donde toda la negritud del universo espejea en la pálida desnudez de unos rostros de mujer, en la terrible soledad de los ancianos, en los muros de cemento levantados, en los fusiles kalashnikov, en las ondas lanzadas por adolescentes, en los entierros de hombres, en el estertor del grito, en las inmolaciones… Allí donde la piedra, otras vidas resurgen de las cenizas y el fuego; la mirada de un niño ante el Corán, la flagelación de la Ashura, las cárceles, azules ríos de burkas, el doloroso clamor de los silencios anidando en las esquinas o en los templos…Palestina y Afganistán vestidas de luto. 


Y así, sin darse cuenta, se vio a sí mismo traspasar de nuevo las puertas de cristal del antiguo Liceo. De nuevo, la vida y la muerte, la cara y la cruz de una misma moneda.

jueves, 21 de febrero de 2008

ANTONIO SERRANO: ALMA Y LUZ DEL TEATRO CLÁSICO EN ALMERÍA


Sean bienvenidas vuesas mercedes y a buena hora hállense en este corral de comedias donde la realidad y los sueños se entrecruzan, se amalgaman y funden como si de una sola cosa se tratare. Tomen ansí asiento que en siendo a poco comenzare el espectáculo, pues a fe que en estando con los ojos bien abiertos y bien francos los oídos no lamentaren nunca aqueste instante, que en viniendo como ansí fuere, mente y cuerpo disfrutaren de lo que en tan grande escenario representar quisieren los hombres y mujeres que por oficio y vida tuvieren el más noble de cuantos fueren y que al nombre de actores unas veces responden y otras por comediantes se conocieren.

Sean vuesas mercedes muchas y una, y miren y escuchen con atención cuanto en la tarima desde agora y hasta en llegando el fin se diga, pues fuere el caso de una grande burla o por el contrario el de un terrible drama, a fe que de entrambos casos enseñanza sacaren, que en siendo el teatro simulación o fingimiento, representación, farsa o cuento, de la mesma vida espejo fuere, al fin y al cabo, de la realidad se tomaren y en el proscenio vida los actores dieren.



En estando la mar tan serena y el desierto alegre, como el oro reluciere aquesta villa de Marina en llegando las Jornadas y en viniendo como vienen caravanas de cómicos, comediantes, actores, farándula toda a dar vida a nobles señores, monjes, mendigos, trajinantes, putas y mesoneros, a fe que del todo y la nada la culpa alguien tuviere y aqueste por decir verdad y agora al nombre de Antonio de Serrano respondiere, pues que en siendo 25 luengos años son ya los que aquesta villa gozare de aquestas y tan magnas Jornadas de Teatro del Siglo de Oro.

¡Ábrase el telón!, y, ¡Cúmplanse siempre los sueños de vuesas mercedes!

miércoles, 20 de febrero de 2008

NICOLÁS SALMERÓN Y ALONSO O EL HONOR DE LA PALABRA



La luz crepuscular dora las solariegas casas de la burguesía en la Puerta de Purchena, otrora Puerta de Pechina. Han pasado los años y este lugar, en el mismo centro de la ciudad, se ha transformado, mudado su antigua y decadente fisonomía. Un nuevo paisaje urbano frío y aséptico se nos muestra ante los ojos, indiferente, lejano. No existe arboleda alguna. Los edificios más notables, como la Casa de las Mariposas: vencida y olvidada de todos, casi en ruinas, desmembrándose poco a poco sus cornisas… Ahora, en sus entrañas, un aparcamiento. Altas e inclinadas farolas modernistas iluminan la noche, al igual que los escaparates que se ubican en su entorno. Y entre el desierto de las veteadas losas de mármol que adornan este nostálgico rincón almeriense, esculpido en bronce, don Nicolás. Don Nicolás Salmerón y Alonso, ilustre pensador, político, humanista, republicano, orador e intelectual de talla, que allá por el año de 1837 naciera en Alhama la Seca –hoy Alhama de Almería-, hijo de don Francisco Salmerón, médico, y de doña Rosalía, hija de un maestro de escuela. Brilla el bronce en la figura de don Nicolás. Brilla la tarde mientras, solo en su andadura, parece caminar junto a las gentes que pasan una y otra vez a su lado, diferentes, de colorista vestimenta en contraste con la suya, austera y broncínea. Camina con la cabeza alta y la mirada al frente, seguro de sí mismo, feliz de sentirse entre los suyos, en su tierra, dignamente vivo en el metal que lo abriga. Se adorna el rostro con una espesa y cuidada barba, viste terno, al cuello de la camisa anuda una pajarita y calza botines; en la mano izquierda, un libro; desnuda, la derecha. Brillan sus ojos cuando me acerco hasta su altura, y en ellos encuentro la expresión de una vida dedicada al estudio y el pensamiento, y al mirarlo veo al niño que aprende latín en el despacho de su padre y disfruta del juego en las estrechas calles de Alhama, y crece retraído y tímido; al adolescente que camina hacia el Instituto, junto a sus compañeros González Garbín, Federico de Castro y Rafael María de Labra y Cadrana; al muchacho estudiante de Filosofía y Derecho en Granada, siempre caminante por los entresijos del arte y la cultura de su Alhambra y el Generalife, del laberinto de calles del Albaicín, tejedor de la amistad inseparable con don Francisco Giner de los Ríos, en aquellos días ya lejanos. Don Nicolás, en su bronce de vida, camina hacia el amor de Catalina, y luego hacia Madrid, y en su Ateneo y el Café Universal nace una nace a la luz el fraternal abrazo con aquellos sus entrañables Pi y Margall y Castelar.

Se suceden los años, y don Nicolás camina como siempre: la vista al frente, el cuerpo erguido, seguro, esperanzado. Y convencido, funda el Círculo o Academia de Oradores, y el Colegio El Internacional donde “no se usaban palmetas, ni otras disciplinas que las científicas, ni se injuriaba a los niños llamándoles brutos cuando no se sabían la lección, ni se les obligaba a repetir de memoria rezos, la tabla de multiplicar, los ríos de España, las capitales de Europa, la historia de los reyes Godos y las fábulas de Samaniego. Era un colegio que no hacía odioso al maestro ni cargante el estudio”.


Don Nicolás camina hacia el fondo de sí mismo, y se pregunta y se responde en esa dualidad antagónica que la vida nos enseña. Pero don Nicolás no se arredra, y vuelve el amigo que se rebela contra lo injusto, y dimite de su cátedra y es expedientado, y en los silencios de la solidaridad vive por Castelar, y, a pesar de todo, empedernido y noctámbulo soñador de un mundo mejor y más ecuánime. No huye de nada ni de nadie. Don Nicolás camina, se aferra a sus orígenes para saberse vivo, y fiel a sus ideas recorre los caminos del pensamiento y la libertad, aun siendo preso en la cárcel de Saladero.

Anochece en la Puerta de Purchena. El denso amarillo de las luminarias lo envuelve todo. Don Nicolás, en su bronce, luce cálidos destellos de paz y sabiduría. Don Nicolás camina con su soledad de bronce a su Alhama del alma, y de Alhama a Madrid, y cansado, exhausto de incomprensión y vanos enfrentamientos cruza la frontera hasta Francia, y allí, en Pau, un 20 de septiembre del año 1908, muere, lejos de su patria, de su Alhama, de Almería. En Pau se extingue el hombre, el intelectual, el más grande orador y político de su tiempo. Desaparece quien fuera Diputado, Ministro, Presidente de las Cortes y del Gobierno de la I República. Muere quien Dejó el poder por no firmar una sentencia de muerte. Pero, vive su obra y su recuerdo en el de todos los hombres de bien, y así lo deja escrito el poeta y republicano Antonio Machado: Recuerdo haber llorado de entusiasmo en medio de un pueblo que cantaba La Marsellesa y vitoreaba a Salmerón que volvía de Barcelona. El pueblo hablaba de una idea republicana, y esta idea era, por lo menos, una emoción, y muy noble.

Don Nicolás Salmerón y Alonso camina en su bronce de vida por la Puerta de Purchena, y el eco del tiempo nos devuelve el honor de su palabra:…Cread centros de ilustración y cultura, leed el periódico, el libro, que éste es el único medio de elaborar la civilización. Constituid centros y casinos, en los que el que sepa enseñe y el que no que aprenda.

martes, 19 de febrero de 2008

ÚLTIMAS EPÍSTOLAS DE KALINKA


Retomo para esta ocasión aquel verso de Rafael Alberti que decía “Nunca fui a Granada”. Hoy, lamentablemente, yo también escribo: “Nunca fui a Toulouse”. Nunca estuve en la Rue General Faidherbe de Toulouse, donde vivió Kalinka Pradal. Sin embargo, desde que inicié mi relación epistolar con ella y en muchos momentos, me he imaginado cómo sería su calle, su casa y, cómo no, cómo sería realmente esta mujer almeriense, víctima de un tiempo incivil que la llevó, siendo una niña, al más cruel de los exilios.
A veces, en la vida, un cúmulo de circunstancias por impensables y extrañas nos acercan a la vida y obra de otros seres. Es mi caso. Allá por el año 98 llegaba a este paraíso de mar, desierto y cine. Al poco tiempo descubrí a uno de los personajes almerienses más interesantes y extraordinarios –también más desconocidos para sus propios paisanos- de la historia reciente de Almería: Gabriel Pradal. En los libros que leí: Gabriel Pradal o el honor político, con prólogo de Felipe González y de autores varios; Gabriel Pradal (1891-1965), de Gemma Pradal Ballester y Comentarios de Pericles García, por Gabriel Pradal, en sus ediciones de Toulouse 1967 y Almería 1991, hallé la honestidad política, el humanismo y la generosidad de un ser extraordinariamente comprometido con su tiempo y sus principios. La lección aprendida por aquellos días fue la verdadera lección de una vida entregada al conocimiento, la libertad y a los desheredados del mundo.


Tuve entonces la sensación, y aún hoy la tengo, que estaría unido a los Pradal el resto de mis días. Luego conocí a Gemma Pradal. Muchas fueron las horas y los días que tuve la oportunidad de hablar con ella de su tío-abuelo Gabriel Pradal. Gemma hablaba y hablaba con pasión de la vida y obra de Gabriel. Yo, que sólo había sido un ferviente lector, reconocía en su voz, quizá también en sus gestos y expresiones, al político honesto, al intelectual, al escritor, pero sobre todo, al hombre en su más extenso y valioso significado. En todas esas ocasiones veía al hombre que de pie, sereno y atento, con cabello cano, gafas de concha, traje negro y a rayas, lee un periódico que sostiene en su antebrazo izquierdo y en la mano un sombrero de fieltro, mientras que los dedos de la mano derecha acarician levemente el bigote y la barbilla. Creo que fue por aquellos días cuando decidí escribir sobre su vida. Durante algún tiempo estuve dándole vueltas y vueltas a esta idea. Un capítulo del libro de Gemma titulado “Salida de España” y concretamente este pasaje: “…el día 23 del pasado trasladamos la Comandancia de Obras Militares desde Barcelona a un pueblecito cercano a Figueras, llamado Villanant. Fue un día de preocupación. Al anochecer salí en el coche con los niños” (refiriéndose a sus dos hijos mayores, Gabriel y Mercedes), fue el detonante. A partir de entonces el nombre de Mercedes ocupó los días y las noches, las horas y los minutos que dedicaba al noble arte de la escritura. No había otra salida, tenía que contactar con Mercedes Pradal, aquella niña que en aquel frío día de febrero de 1939 cruzó la frontera francesa camino del exilio. Y así fue como comencé mi relación epistolar con Mercedes Pradal, desde entonces Kalinka. En la primera carta le hablaba de mi interés por conocer detalles de la vida de su padre, Gabriel Pradal, de cómo fue el exilio, de sus sentimientos, de sus deseos, en definitiva, de todo aquello que afectó a su vida. Kalinka me acusó recibo a los pocos días. Yo estaba entusiasmado y agradecido a su pronta respuesta. Luego volví a escribirle, le insistía para que me abasteciera del material necesario para iniciar la narración. Recuerdo que en aquella carta le envié, también, un poema dedicado a ella:
COMO TUS OJOSYo quiero ser la voz tan alta que mereces,
definitivamente.
Arturo Serrano Plaja


a Kalinka Pradal, hija de la guerra y el exilio.

En sus ojos de oscuras soledades
los tuyos reclamaban la luz, vuelos
de mariposas tiñendo los días
de esta triste y extraña primavera.
En sus labios de encajes y silencios
los tuyos emergían como un trueno
de límpida mirada que recorre
la tierra cincelada de cenizas.
En sus manos de mármol veteado
las tuyas derramadas en latidos
de agrestes despertares y de asedios
clavándose en la carne como un llanto.
En sus pechos de ninfa vegetal
los tuyos abiertos en honda herida
rebelándose tras saberse noche
de aquel tiempo incivil y tenebroso.
En la memoria, lejanos los días,
el viento acuna voces de una infancia
cualquiera, como luces emergentes,
como azules desbordando el ocaso.

Estallan los silencios esta noche.

De nuevo el invierno en las calles, su luz
cegadora, su plateadas manos


sobre la estatua marmórea del parque,
sobre la mar, el aire, los cantiles.
Esta noche, estallidos de silencios
en la estancia, golpes de frío y lluvias
galopan sobre la mesa y los dedos,
amargos, como nunca antes lo fueran.

Estallan esta noche los silencios,
el universo entero en mis pupilas,
la doliente presencia de la espera
junto al triste ciprés de los vencidos.

Estallan los silencios esta noche...

Han pasado los años y aún te veo
clavar los ojos en la noche negra
de aquel febrero negro que imponía
el horror de la sangre y las trincheras.
Aún te veo, con el cuerpo entumecido
de miedo y soledades, recorrer
el silencioso túnel del espanto
en el trémulo asiento de la huida.
Te veo tras los cristales de un viejo tren
en la gélida estación de Cerbère;
veo la triste y desolada mirada
de un hombre abismándose en el fracaso.
Veo el dolor del exilio en la Bretaña
marina y distante de los sin patria
y unas cartas de amor que llegan siempre
al mismo destino y destinatario.

Te veo en las índigas y claras aguas
del Mediterráneo, ahora que la luz
del día comienza a lucir el ímpetu
vivo y ardiente de tu voz en las olas.

Kalinka tardó en contestarme, pero su carta fechada el 8 de julio de 2002 en Toulouse, me llegó unos días después. En ella me pedía disculpas por la tardanza en contestar debido a su mal estado de salud: “El corazón acusa, a mi edad, los sufrimientos de toda una vida, que no fue particularmente dichosa” –decía-, y continuaba agradeciéndome el poema dedicado “que me emociona y me sorprende. No sé por qué mis ojos. Usted no me conoce, ni sé cómo puede evocar ciertos recuerdos que están en el fondo de mi alma. El horror de la guerra, ese tren oscuro en Cerbère, la Bretaña…”. Concluía su carta Kalinka con una invitación para que visitara Toulouse. Volví a escribirle para darle las gracias por sus cálidas palabras, por su comprensión y generosidad. Kalinka respondía de nuevo con una postal fechada el 3 de agosto de 2002 desde un lugar llamado La Franqui, donde veraneaba aquellos días: ”Mis hermanos y mi padre escogimos este lugar pues, contrariamente al resto de Francia, que es un país verde y risueño, esta región, que es árida y seca, nos recordaba a nuestra Andalucía y a Aguadulce, donde pasábamos los veranos en nuestra infancia. A mí me apasiona este “Mare Nostrum” que es toda nuestra cultura”.
Después de aquella bella postal, que ciertamente recuerda las playas de Aguadulce, paraje conocido en vida de su padre como “El barranco de las adelfas”, no recibí carta alguna. Pasaron los meses. Alguna vez en encuentros casuales con Gemma pregunté por ella, pero ya su estado de salud empeoraba aceleradamente. Hasta hace unos días, que al leer el periódico, me encontré con la triste noticia de su muerte. De inmediato llamé por teléfono a Gemma para darle el pésame, y volvimos a hablar de Kalinka con el corazón estremecido. Gemma, con un hilo de voz emocionada, caminaba de la mano de Kalinka por las calles de Almería, observando el espectáculo de los Gigantes y Cabezudos y escuchando los versos de Federico García Lorca en la voz de Kalinka; luego ha viajado con ella hasta Collioure para homenajear a Antonio Machado y a la rue del Toro, en Toulouse, donde se reunían los socialistas españoles exiliados.
Ahora sé y lo sabré siempre que Kalinka vive y vivará eternamente entre nosotros. Que vive como viven sus ojos en mi memoria.

lunes, 18 de febrero de 2008

LA FUERZA DE EXISTIR (I)


No tengo nada contra nadie. Más bien, compadezco a todas esas marionetas sobre un escenario demasiado grande para sus pequeños destinos. Pobres diablos, víctimas convertidas en verdugos en su intento de no creerse juguetes del destino. El orfanato, bien lo sé, mató a algunos que nunca pudieron recuperarse, degradados, quebrados, destruidos… También fabricó engranajes dóciles para la maquinaria social, buenos maridos, buenos padres, buenos trabajadores, buenos ciudadanos y, tal vez, buenos creyentes…
Para no morir a causa de los hombres y su negatividad, para mí existieron los libros, luego la música, en una palabra, el arte, y sobre todo, la filosofía. La escritura le puso el broche de oro a ese conjunto.


Selecciono estos párrafos del prefacio del libro La fuerza de existir, de Michel Onfray. Son estas primeras páginas del libro un recorrido agrio por los recuerdos del niño que fue Onfray. En ellas descubrimos la vida del orfanato en el que estuvo interno durante cuatro años. Periodo que marcará la vida posterior de Onfray. El orfanato, regido por los padres salesianos, no es sino un patético lugar en el que la violencia, los abusos sexuales, el miedo y las humillaciones, estuvieron a la orden del día. Cualquier momento era idóneo para practicar tan improcedentes conductas.

 El orfanato deja en Onfray una huella imborrable. La experiencia vivida será determinante, y en ese juego de las luces y las sombras, crecerá día a día, sabiendo que en la observación y el análisis de cuanto sucede a su alrededor estará, en buena medida, el futuro. En el orfanato y con los padres salesianos aprendió el verdadero significado del placer, aunque fuera por omisión u ocultamiento. Era tal -es tal aún- la ceguera de los padres salesianos que, nadie está a salvo de sus particulares sistemas inquisitoriales. El miedo, como garante de la buena educación, ha sido y es su baluarte más preciado, la doctrina más eficaz y la contundente razón para condenar a los débiles a vivir discriminados y al margen de todo.


Dice Michel Onfray en el prefacio de este libro que A los catorce años, tengo mil años…y la eternidad a mis espaldas. Sólo el arte codificado de esa “fuerza de existir” cura los dolores pasados, presentes y por venir.Comprobémoslo en la lectura de los siguientes capítulos que conforman este interesante ensayo filosófico.

domingo, 17 de febrero de 2008

LA FUERZA CROMÁTICA DE ÁNGEL F. SAURA


Acercarnos a la obra de Ángel F. Saura (Murcia, 1953) supone descubrir la verdadera imagen de una realidad existente y que su autor ha querido fragmentar. Y es precisamente esa acotación consciente la que enriquece su obra hasta límites insospechados. Ángel F. Saura se convierte así en un creador de lo creado, transformando los principios que originan las imágenes en su génesis y elevando a categoría de arte cuantos elementos cotidianos intervienen en su posterior desarrollo creativo. Utilizando la tecnología digital nos seduce con claros estallidos de luz y color. Cada parte es un todo. Sus fotografías son un tratado de la cotidianidad, de lo cercano no aprehendido, del pensamiento y la reflexión serena. Todo un compendio de sabiduría y oficio.

En cada obra nos descubre su propia complicidad con la vida, con las cosas pequeñas, con los detalles nimios pero impactantes. Nos sugiere nuevas formas de mirar y aprender. Su mirada es la nuestra, pero desde el otro lado. Él está en la otra orilla viviendo y desviviéndose por todo lo que le rodea. Componiendo, a partir de las miles o millones de partículas que conforman el cosmos, un nuevo cosmos, un planeta distinto, más humano.

Las texturas, el color o la luz, los diferentes matices que encierran cada una de sus fotografías sacuden al espectador con una fuerza indescriptible. Quien haya tenido la oportunidad de acercarse a la obra de Ángel F. Saura podrá comprobar y constatar el creciente aleteo de las formas y de sus elementos cromáticos. Nadie queda impasible. Es como mirar al mar que sutilmente ondula sus aguas hasta devolvernos la calma deseada.

sábado, 16 de febrero de 2008

CELIA VIÑAS, ECO DE VOCES SINFÓNICAS




Es invierno, ¿tal vez una premonición? Las calles, húmedas por la lluvia caída, parecen centelleantes espejos. Los escaparates comienzan a iluminarse y un bullicio de gentes recorre el Paseo arriba y abajo, una y otra vez. Atardece en la ciudad, que se viste con sedas de anaranjados colores. No es la primera vez que, sin querer, uno se siente atrapado por un tiempo huido, que ya no pertenece a este tiempo, que dejó de ser, pero que la nostalgia y la tristeza del invierno nos devuelve de nuevo, en este instante.

La ciudad, vigilada por su altanera Alcazaba, muestra al visitante sus recoletas calles, sus solariegas casas en ruinas, los nuevos e impersonales edificios de la Rambla, su remozada plaza de la Catedral, la casa del Obispo, el laberinto de la Almedina, el cúbico caserío de La Chanca y todo parece detenido en el tiempo. Y con esta sensación el viajero camina lentamente, sin prisas, y en silencio observa su entorno como si de una pintura se tratara, de tal manera que todo parece sobredimensionarse, sin más.


La ciudad no ha cambiado mucho de aquella que describiera con elegancia la pluma de la escritora catalana –almeriense de adopción-, cuando dejó escrito: una ciudad abúlica y tediosa… de actividad muerta…que media la moral con una vara de tendero y la especifica con un bando municipal. Era la sociedad almeriense de los años cuarenta tal la describe Celia Viñas Olivella, joven profesora nacida en Lérida y que el Instituto de Enseñanza Media tuvo el honor de tener como Catedrática de Lengua y Literatura desde el 1 de marzo de 1943 hasta su muerte allá por junio del año 1954.


Hoy, la Plaza de Bendicho, muestra su busto en un decadente jardín. En lugar tan solitario, el busto broncíneo de Celia Viñas es como un eco de voces sinfónicas, un oasis en el desierto, la luz que encandila los deseos o un creciente rumor de olas en los acantilados. Celia está ahí, dejándose mirar por los escasos paseantes que frecuentan este solar de soledades. En su mirada, el milagro de la vida. Celia esta ahí, sobre un pedestal de cal y silencios, esperando volver al paraíso de sus aulas y alumnos; esperando reescribir Viento Levante y Tierra del Sur, con las mismas y abrasadoras palabras de siempre. Está ahí, sí, como si nunca se hubiese ido, esperando el reencuentro con todos y todo.


Celia entre nosotros, con su eterna sonrisa, con su cabello recogido en un moño bajo, con su rebeca abierta y cruzada al pecho por franjas de color indeterminado, con sus brazos en jarra, con su falda clara y su camisa con cuello de picos vueltos, de perfil, mirando al infinito del misterio y la fantasía. Celia viva, como la mar y las montañas.


Quienes la conocieron y aún viven, con ella y en ella viven. La huella de Celia es como una llama, como los manantiales o los astros. En ellos, Gabriel, Julia, Rafaela, Tadea, Eugenio y tantos otros que tuvieron la suerte de ser sus queridos discípulos y amigos, siempre Celia, con la palabra encendida, el verbo ágil y certero.

Celia de los silencios que sólo la mirada delata, pues la pobreza cultural, la represión y la censura campan a sus anchas por todos lados. Celia la creadora de mitos y cotidianos paisajes. Celia la viajera, la que vive intensamente cada minuto, cada segundo de vida, al límite siempre de la pasión y el sentimiento.
Hoy, en la Plaza de Bendicho, extramuros de la catedral: <>, Celia se cobija al abrigo de la arboleda de palmeras y acacias; se abraza a los edificios cercanos de la oficina municipal de Medio Ambiente, Casa de la Música, sede del Patronato de Turismo; Casa de los Puche o el Centro de Arte MECA, y parece que volviera a darse un chapuzón lejos de la orilla, en su mar, a caminar descalza por la playa o a pasear en bicicleta. Ahora, en esta plaza, junto a su busto en bronce, Celia vive en el recuerdo, y en la memoria vive su devoción por la naturaleza, por el azul del cielo, por las tardes en el campo, el deleite de los días de lluvia escondida entre las sábanas o su apasionada curiosidad de coleccionista.

Hoy, también, Celia Viñas Olivella, en la poesía de siempre, la que se escribe con el entendimiento y el corazón, la que aún puede leerse en esta ajardinada plazuela de Bendicho, la de los versos de fuego y aire, la que siempre vive y vivirá entre nosotros:

Te cantaré, Señor, alegremente
en la paz serenísima del alma
llena de frutas, islas y guirnaldas
por el pan que me ganan estas manos
amasando la arcilla de tus niños,
haciéndote muñecos porque quieres

pastorcillos de barro en tus belenes
y me has hecho artesana en tus escuelas
donde el polvo es más noble que el artista.
1952


Hoy, Celia Viñas, en la calles y plazuelas de Almería, en los fondos marinos o en la playa, en las montañas, el desierto y los ríos, siempre eterna junto al olivo de la paz y la luz que crece lentamente a su lado en esta plaza.



Aguadulce, 28.11.2007


 

jueves, 14 de febrero de 2008

LA PARRA


Fueron sus lágrimas como el crepúsculo
y el vino que derramó el bodeguero
sobre el blanco cristal de la memoria.

Cuando niño jugaba bajo sombras
de parras retorcidas y gigantes,
saltaba hasta prender entre mis dedos
sus verdosas y arracimadas ubres,
y mecía en los labios su dulce néctar.


Tras la ventana, cuando yo era niño,
los campesinos detenían la tarde
en el estanque, y en las viejas tabernas,
apoyados sobre el frío y gastado
mármol, el áureo líquido libaban,
y el tiempo, y la vida, y hasta el olvido.

Cuando niño me adornaban la noche
de cuentos tristes y mágicas hadas,
y dentro de mí galopaba el sueño
de unos hombres sin rostro, derrotados,
que escanciaban su vida en un vaso
de vino que el bodeguero vertía
sobre el blanco cristal de los recuerdos.

EXALTACIÓN DEL FINO "CANCIONERO"



Ven que no quiero más odre que el tuyo
para apagar la sed que me proclama
un vinolento amor exacerbado.
Manuel Gahete



Derrama el rocío sobre las vides
cristales de soledad y silencio,
el húmedo rumor de las caricias,
el tiempo convertido en fiel amante.

Hallan las manos verdosos racimos
y en su mudez hasta los labios trepan
y ofrecen carne y sangre de sus ubres
como dulce ambrosía de los dioses.

Dora el ocaso aromas de bodega
y en las entrañas del barril el vino
duerme, sueña, vive, es flor bautizada
por el áureo esplendor de la venencia.

Es tu almendrado sabor una sonata
que hiende el aire de rimas y misterio,
un volcán de placeres inconclusos,
añejo cancionero de palacio.

Es el brillo de tu piel en la copa
y el silencio de tu boca en la mía,
el más dulce de los besos, la vida
en espaciados tragos trasegada.

Es tu sangre en mi sangre el universo
que alimenta la espera más doliente.

miércoles, 13 de febrero de 2008

VINO Y CREPÚSCULOS



Una tarde serena, la pasamos bebiendo vino.
...Gorjean las aves, languidecen los ramos,
y la tiniebla se bebe el rojo licor del crepúsculo.
Muhammad Ben Galib Al-Rusafi


Aprendí del apenado tañer de campanas
que las tardes son vasos
de vino, tragos de silencio y soledades
en oscuras tabernas.
Bajé a los infiernos del sufrimiento y la queja
para verlos de cerca:
subidos al lomo de las bestias, de la noche
perfumada de otoño;
perdidos tras la lluvia agonizante de la voz
que bebe del olvido
gris memoria de pámpanos dulces y aviejados;
frágiles tal cristal.

En mis labios se deshizo el secreto del vino
igual que la amada
con su amor desvanece los fantasmas del miedo.

En la copa el copero
deposita cuantos sueños el hombre precisa
para luego callarlos
el tiempo que la muerte generosa concede.

lunes, 11 de febrero de 2008

LUZ DE ATARDECER


La luz dorada del atardecer
estalla en las azules manos del mar,
mas nada se oye ni nada se siente
en el camino que asciende al corazón
de la tierra y sus edades de arcilla.

El hombre se acompaña de nostalgias,
de voces dormidas en la memoria,
de silencios cayendo en el estuario
de una noche cualquiera, abisal,
génesis y destierro, fuego y luna.

La luz dorada del atardecer
prende en mis pupilas hasta incendiarlas.

sábado, 9 de febrero de 2008

EL OLIVO EN LA POESÍA

La historia del hombre es, sin duda alguna, la del olivo, y viceversa. Se afirma que el origen del olivo, según vestigios de hojas fósiles, se remonta al período del Paleolítico (35.000 a. C.) y que en España los restos más antiguos se hallaron en un paraje cercano a la población de Antas (Almería) denominado El Garcel, correspondientes al Neolítico (5.000 a.C.). Sin embargo, para mí, el verdadero origen del olivo se halla en el corazón del hombre; confieso que, en mi caso, desde el preciso instante de mi alumbramiento en aquella humilde y enjalbegada casa de un pueblo, Baena, que enclavado en la extensa y luminosa campiña cordobesa me obsequiara con el indescriptible paisaje de sus lomas colmadas de olivos, el trasiego de campesinos y mulas cargadas de aceitunas, la meriendas de pan con aceite -joyos-, el denso e inconfundible aroma del alpechín o la visión de aquellos reducidos ejércitos de vareadores y aceituneras de vuelta a los hogares cuando el crepúsculo incendiaba mi inolvidable calle Alta.


Sin lugar a duda alguna la historia del hombre, y fundamentalmente, de aquellos pobladores de la zona mediterránea, ha estado ligada a este bendito árbol: el olivo. Primero se conoció en su forma silvestre, luego, con el paso del tiempo, el hombre aprendería a cultivarlo y obtener de su fruto el más preciado y áureo líquido. Alrededor de este árbol milenario, el hombre ha desarrollado un cúmulo infinito de percepciones y sentimientos. De ahí que el olivo y su entorno haya estado y esté presente aún como elemento imprescindible de la cultura mediterránea.

El mágico mundo del olivo aparece en la historia a muy temprana edad. Las primeras noticias de su cultivo se encuentran en las tablillas de Ebla, en la costa Siria y desde el III milenio a.C. El hallazgo en el palacio de Cnossos (Creta) de enormes ánforas destinadas al transporte y almacenamiento de aceite y de las tablillas en las que quedó registrada la administración de olivares y la gestión y movimiento de aceite, constata también la importancia del olivo y su cultivo.

En Egipto, los vestigios más antiguos del olivo datan de la Dinastía XVIII al hallarse una rama de olivo en la tumba de Tutankhamon, y se sabe que Ramsés III ofreció a Ra, dios del sol, la producción de aceite de 2.750 hectáreas de olivar plantadas en la ciudad de Heliópolis, en el Bajo Egipto.

En la mitología griega encontramos la primera referencia a este árbol, cuando la hija predilecta de Zeus, Palas Atenea, en conflicto con Poseidón, dios del mar, por dar nombre a la ciudad que en su día fundara Cecrops, primer rey del Atica, ha de crear la cosa más útil para el hombre. Así, la diosa Palas, al hincar su lanza en la tierra hizo que naciera el olivo, capaz de dar luz y alimento, curar enfermedades y aliviar los males del hombre. Un olivo como símbolo de la paz, la luz y la vida, en contraposición al caballo de Poseidón, símbolo de la fuerza, del poder y de la guerra.

Las referencias al olivo y su cultivo son innumerables, pues las diferentes culturas que pasaron por España, desde la fenicia a la árabe nos dejaron un inestimable legado al respecto. Los fenicios, posiblemente, el mejoramiento de la técnica del cultivo y de la extracción del aceite; los romanos, aumentando las plantaciones de olivos, comercializando y exportando los mejores aceites de la Bética no sólo a Roma, sino también a lugares tales como Ginebra, Utrech, Londres, Heidelberg, e incluso, hasta la misma Pompeya; y los árabes porque dedicaron especial atención a su cultivo, con estudios pormenorizados del suelo propicio, la plantación, cultivo y recolección, así como de su “corta y limpia”, su estercolado y longevidad.

La influencia oriental, pues, es patente y notoria. Pero no sólo en cuanto a la olivicultura se refiere, sino también con relación a la gramática. Respecto al “aceite” porque es una palabra de origen semita, derivada del hebreo zeit o sait; en árabe es zait, y olivo en persa es seitum, y zaitu en árabe. Sin embargo, para el nombre del árbol, “olivo”, la raíz que se mantiene en toda España deriva de la palabra romana “oleum”.

El olivo es mencionado en el Génesis (la rama de olivo en el pico de la paloma representa el final del Diluvio), en la Biblia a partir del libro del Éxodo, y en El Corán: Dios es la luz de los cielos y de la tierra...se enciende, (la luz), gracias a un árbol bendito, el olivo. Teofrasto, Plinio y Estrabón lo mencionan también como uno de los cultivos del Alto Egipto. Está presente en muchas páginas de la Odisea, de Homero; en las Geórgicas, de Virgilio, donde se canta al olivo y sus frutos o en las Metamorfosis, de Ovidio. De igual forma Horacio, Lucrecio, Marcial (que dejó escritos estos hermosos versos: Guadalquivir, de cabellera ceñida por corona de olivo, que con tus nítidas aguas tiñes los dorados vellones, amado de Baco y de Palas...) y la mayoría de los poetas (Pausanias Luciano, Silio Itálico, Justino, Vegecio...) evocaron, también, el árbol de los reflejos plateados. Plutarco en César, Catón en su Tratado de la Agricultura y Columela en su De re rustica expresan, igualmente, los muchos beneficios de este sagrado árbol. Del mismo modo para la cultura árabe el olivo es árbol bendito y su aceite símbolo de luz. Y así, Abu Zacaria, en su Libro de Agricultura nos dice: “...el olivo que es un árbol de bendición” y en referencia a los olivares del Aljarafe sevillano, tanto al-Bakri como al-Idrisi escriben: Sus olivares son tan espesos y tienen unas ramas tan entrelazadas que el sol apenas puede filtrar sus rayos a través de ellos, y, La zona del Aljarafe es la más fértil y rica de Al-Andalus, plantada de olivos siempre verdes.

Genios de la literatura universal de todos los tiempos como Dante, Cervantes, Shakespeare, Milton, Byron, Lope de Rueda, Tirso de Molina, Lope de Vega, Lamartine, La Fontaine, Mistral, Huxley o Lawrance Durrell, entre otros, han citado al olivo, las aceitunas o el aceite en sus obras.

Destaquemos en la literatura española, la poesía culta de Gonzalo de Berceo. Durante los siglos XIV y XV no faltan menciones al singular paisaje del olivar. Así se puede constatar en una de las serranillas del marqués de Santillana: ...e pasaba al Olivar / por coger e varear / las olivas de Ximena”. También en la lírica popular del siglo XV hallamos algunas canciones alusivas al tema que nos ocupa: Tres morillas tan garridas / iban a coger olivas / y hallábanlas cogidas / en Jaén, / Axa, Fátima y Marién / y hallábanlas cogidas / y tornaban desmaídas / y las colores perdidas /en Jaén.

Muchos son los poetas españoles que han cantado al olivo. En el libro Árbol de bendición. Antología literaria al olivo, Federico García Lorca es cita obligada y así se lee: La oscura noche se cierne sobre Granada, sobre el mundo entero. Granada, la Tierra toda es llanto. Federico es silencio, soledad, angustia y agonía. Federico camina hacia la muerte. La luna se oculta. Su cuerpo yace entre olivares. La sangre del poeta es su alimento. Federico vive y aún nos habla. Su palabra es un grito que surge de una tierra preñada de olivos, de los olivos testigos de su muerte. Federico escribe: Arbolé arbolé / seco y verdé./ La niña del bello rostro/ está cogiendo aceituna. / El viento, galán de torres, / la prende por la cintura. Arbolé arbolé / seco y verdé. También, y no podía ser de otra forma, está presente el poeta de Orihuela, Miguel Hernández, que como nadie cantó a las tierras de Jaén y a sus aceituneros: Andaluces de Jaén, / aceituneros altivos, / decidme en el alma: ¿quién, / quién levantó los olivos? Y como colofón a estas primeras referencias del olivo en la poesía, el gran maestro y poeta sevillano que cantara a los Campos de Castilla y de Andalucía. En su poema Los Olivos nos muestra, al mismo tiempo, la sencillez del verso y su profunda emoción: ¡Viejos olivos sedientos / bajo el claro sol del día, / olivares polvorientos / del campo de Andalucía!...¡Venga Dios a los hogares / y a las almas de esta tierra / de olivares y olivares!

Poetas, ya desaparecidos, de la talla de Rafael Alberti, José Hierro o Mario López no olvidaron cantar al olivar en el caso del gaditano Alberti, siempre en eterna simbiosis con la mar: Sobre el olivar, / sangrando, el amigo / que se fue a la mar ; Hierro lo hace a los andaluces y a su singular forma de vida: Decían: “Ojú, qué frío”… En donde habrán dejado / sus jacas; en dónde habrían / dejado su sol / su vino, / sus olivos, sus salinas…Un grano de trigo. Una / oliva verde…y el poeta de Cántico, Mario López, cuya lírica, enraizada en el paisaje campesino de su tierra andaluza, no olvida al olivo y su entorno: … Los olivos / con su mágica fronda entre la niebla, / apenas eco, pulso en lejanía… La aceituna, su sangre, en atarjeas / de espumeante, turbio, caudal denso / hacia añejas tinajas soterradas / en que el óleo se asienta y esclarece… Amor de tierra dulce con sus gentes / sencillas y sus asnos transitando / por tu pecho, entregado a la Campiña…

Pero no acaba aquí la nómina de poetas que, repartidos a lo largo y ancho de nuestra geografía y aún vivos han dedicado sus versos a cantar la cultura del olivo, aunque justo sería decir que la gran mayoría de estos poetas son andaluces. No obstante, y en el caso de Cataluña, la voz de José Luís García Herrera, con su poema Tierra de olivares (1949), lo confirma: Habrá una tierra dura para hombres de hollín / mordidos por la viruela y las despedidas; / tierra dura de inviernos y olivares, de sangre prieta…; desde Murcia, en las voces poéticas de Domingo Nicolás y de Joaquín Ortega Parra; de éste último en su Olipoema: Olivo, cuando crezcas, y sientas por tus ramas / un negror que te humille, y lleves tu cosecha / como una carga de hijos, yo estaré reposando / de este viaje; las penas ocultaré en las sombras… Que te saludo, olivo, con este olipoema. De Extremadura nos llega la poesía de los cacereños Basilio Sánchez y Antonio A. Gómez Yebra, y de éste, su poema Olivos, del que extraemos la siguiente estrofa: Mirad los olivos / cargados de frutos morados y verdes / pendientes de un hilo, o la del poeta nacido en Badajoz, José Antonio Ramírez Lozano cuando escribe con aparente ligereza: hasta que la le / hasta que la le / hasta que la le/ ¡chu! / za estornuda / y pone blanca de luna / la noche del olivar.

Justo es reconocer, como ya se ha dicho, que la mayor aportación poética al mágico y milenario árbol procede de Andalucía. Almería, identificada casi siempre con el desierto, ha hecho también suyo el legado recibido de la diosa Palas Atenea y así destacamos, de entre los poemas dedicados al olivo por vates de la talla de Diego Granados, Julio Alfredo Egea, Pura López Cortés, Concha Castro, Ana María Romero Yebra, Pilar Quirosa, Ginés Reche o José Antonio Sáez, el que Aureliano Cañadas escribiera con el título de Crecimiento: Con qué cuidado te planté en la tierra húmeda; / con qué impaciencia esperé que rebrotases / para guardarte del viento, la nieve, el sol de agosto; / qué hábilmente podé alguna de tus ramas; / con qué lento orgullo te vi crecer. / Hoy puedo contemplar tus olivas / brillantes cono nombres recordados; / hoy puedo abrazarme a tu tronco / y sentir como corre tu savia / y dormir a tu sombra, / frondosa soledad, / ya para siempre. De Cádiz marinera y de sus muchos y grandes poetas –Alberti, Baldrich, Ángel García López, Caballero Bonald, Juan José Téllez, Dolors Alberola, Soto Vergés, Fernando Quiñones, sea la voz de Paloma Fernández Gomá, poeta afincada en Gibraltar y alma de la revista internacional Las tres orillas, que nos obsequia con estos versos: Un horizonte aceituno labra sus edades / más allá de la mirada, / imantando todos los acentos / que, de los olivos, emergieron… Es oxidada la voz del viento, cuando / secunda el vareo desde Baena al Rif… En la almazara es vertido el líquido acento / de olivares que derramaron su eco perpetuo / de secuencia no culminada / hasta que el tiempo reverberase / su más atávica esencia. De la Córdoba del mestizaje cultural y tierra de olivos, grande es la herencia que nos dejan poetas como Carlos Rivera, Pablo García Baena, Manuel de César, Carlos Clemenston, Leonor Barrón, Juana Castro, Jesús García Solano, Alfredo Jurado, Leopoldo de Luís, José de Miguel, José María Molina Caballero, Balbina Prior, Pilar Sanabria, Lola Salinas, Fernando Serrano, Antonio Varo, Soledad Zurera, Diego Martínez Torrón o Manuel Gahete, de quien seleccionamos estos versos que aúnan el sentir de todos hacia el sagrado árbol del olivo: …Llevo impreso en la piel / el oro oscuro / de tu sangre en verdor / y de tu aroma / impregnado en mis labios y en mi carne. / Soy aceite, aceituna, miel, madera, / triturada materia en tus raíces / que después de anegarse y triturarse, / eclosión en la luz, / nace a tu sombra / fiero dios inmortal, árbol y olivo. De la Granada del agua y los jardines, de la Alhambra única, de la Sierra Nevada y de Federico, otros tantos poetas han hecho suyo también al olivo como símbolo de la luz y la vida, de la paz: Miguel Ávila Cabezas, Antonio Enrique, Custodio Tejada, Encarna León, Belén Juárez, Fernando de Villena, Francisco Domene o de Enrique Morón. De éste último sea este fragmento de su Canción de las aceituneras: ¡Qué garbo tiene la sombra / del olivo, siempre verde!... Por los peldaños del monte / crujen varas inclementes, / como látigos que humillan / a los negros ramilletes. / Una nube de aceitunas / ensombrece la pendiente / y acaba su declinar / entre la albahaca y el césped. / ¡Qué garbo tiene la sombra / del olivo, siempre verde, / con su dureza de siglos / y su collar de mujeres! De Huelva, la del universal Juan Ramón Jiménez, la colombina, otro ramillete de poetas: Francisco Carrasco, Juan Delgado, Manuel Moya, Juan Drago, Rafael Vargas o María del Valle Rubio, autora de estos versos: Vibrante el olivar, entumecido, / bajo sus prietas redes prisionero, / contempla eternidad, resiste enero / y se viste de sol, enardecido. / No le vence la siesta, ni ha podido / matarle el horizonte traicionero, / sino que sigue fiel hacia el alero / de un cielo que se tiene merecido. / Y en arrebol escapa, se mantiene / bajo la misma sombra que sostiene / su bóveda plural estremecida. / Y entre peces de plata se despierta / soñando el mar que le negó la vida, / volviendo a sus raíces, siempre alerta. De tierras onubenses a las de Jaén: inmenso mar de olivos. Poetas como Antonio Navarrete, Manuel Urbano, Tomás Hernández, Francisco Morales Lomas o Domingo F. Faílde han celebrado la existencia de tan bendito árbol. Sirvan como muestra estos versos de Faílde: Yo vengo de una tierra donde el árbol / es el olivo y manan ríos de aceite / los montes y el perfume / de aquellos campos sube hasta las casas, / trepa por las paredes / y anida en los objetos con su pátina antigua. / Traje conmigo una pequeña rama / que fue arraigando en mi melancolía. / Hoy tengo el alma llena de aceitunas / que muele en su almazara la memoria / para mojar el pan de la infancia perdida. / Lo riego, sin embargo, con agua de noviembre, / pues sé que, en su ramaje, la lechuza de Palas / ilumina mis noches con sus ojos / y me conforta con su sabiduría. Málaga nos ofrece también a través de sus muchos y buenos poetas su sentir hacia este símbolo de la cultura mediterránea tal es el olivo. Citemos a Francisco Peralto, José Sarria, Carlos Benítez Villodres, María Victoria Atencia, Francisco Ruiz Noguera, José Antonio Muñoz Rojas o José María Lopera, que así canta al olivo: Yo nací en las raíces del olivo, / ascendí por la savia de su tronco, / me hice hombre de trama en su ramaje, / y me ungí con su bálsamo purísimo / hasta quedar lucerna en luz de alma. / Ahora voy por su savia retorcido, / anudado en inviernos por las ramas, / con muchas cicatrices dolorosas / que el hacha cercenó de mi albedrío. / Como un olivo más puesto en hilera. / Y me siento fecundo, sol de soles, / hecho de tierra y agua en mi estructura, / puro soplo del cosmos nebuloso / por la esencia creativa que derramo / en el óleo divino de mis genes. Por último, sea la Sevilla de Machado y Cernuda, la del Guadalquivir sereno y los olivos del Aljarafe la que cierre esta ineludible cita con el olivo en la poesía andaluza. Entre los poetas que unieron su voz a la de tantos y tantos otros mencionemos a Manuel Mantero, Rosa Díaz, Pilar Marcos, Onofre Rojano, Enrique Soria, Víctor Jiménez, Francisco Vélez Nieto o Francisco Mena, del que rescatamos estos versos de su soneto Rumor de la aceituna: Es posible la luz y es la agonía / del olivo aguantando su estatura / en el límite astral de la llanura, / pues ser mar no se atreve todavía. / Desde la fértil tierra un mediodía / asciende por el tronco, gana altura / y se le enciende el tiempo en hermosura / y el corazón en soledad se enfría.

Allende nuestras fronteras hallamos no pocas referencias poéticas al olivo. En este sentido, el verso fresco y profundo de uno de los poetas más universales: Pablo Neruda, que compuso la “Oda al aceite”, de la que extraemos algunos de sus versos más significativos:…el olivo / de volumen plateado, / en su torcido / corazón terrestre...Allí / el prodigio, / la cápsula / perfecta / de la oliva / llenando / con sus constelaciones el follaje; / más tarde / las vasijas, / el milagro, / el aceite”. Es obvio que el olivo y el mundo conceptual que rodea a éste ha sido loado en multitud de ocasiones y a lo largo de toda la historia de la humanidad. Este hecho, se sigue dando aún en nuestros días. Como prueba de ello sean este ramillete de poetas de todo el mundo que a pesar de la distancia que nos separa han querido homenajear a tan generoso y bendito árbol. Como muestra de la poesía italiana actual sean los poetas Lucio Zinna (Mazzara del Vallo, 1938), Vicenzo Anania (1932), Lino Angiuli (Valenzano,1946) y Emilio Coco (San Marco in Lamis, 1940) hispanista, traductor y editor, que dice así en su poema Addolciva la fame (Nos endulzaba el hambre): Quelli della mia età sono cresciuti / a pane e ulive chiusi nello stipo / e trovarne la chiave era estenuarmi / in inutili cerche e appostamenti … / di tanto in tanto e solo come premio / addolciva la fame un filo d’olio / ringraziavamo sempre il Padreterno / per l’abbondanza che ci aveva dato. (Los que tienen mis años han crecido / entre hogazas de pan y las olivas / de una despensa cuyas llaves eran / inalcanzables a nuestros deseos …/ de vez en cuando y sólo como premio / un hilillo de aceite iba endulzándonos / el hambre mientras dábamos las gracias / a un Padre Eterno harto generoso). Las poetas Gloria Joyce Ascher (New York City, EE.UU. 1939) dice: Bendicho sos, mi arvolé, ermozo azitunero! / Tus frutas, tu alzete, tus ojikas – komo los kero! / Sos árvol de mate Asher, de mi famiya antika; Beatriz Mazliah (Buenos Aires, Argentina, 1941) , hija y nieta de inmigrantes de Izmir y Estambul, escribe : Kanta su kante el olivo / i le aresponde la higuera. / Kon el higo i kon la oliva / s`engrandesio la mi abuela; y Margalit Matitiahu (Tel Aviv, Israel), con estos versos: Hombres acompaniados de sus solombras / salen a los campos onde biven los olivos, / onde eternamente a dios van ocasionando, lo hacen en ladino o sefardí. Y ya más cercanos a España, los poetas Ahmed Mohamed Mgara y Driss Elgabouri. De éste, y como deseo para todos los habitantes de la tierra, estos versos de su Canción de paz: Desde tiempos lejanos / Desde la tierra de la alegría / La alegría verde / Viene el árbol / Que canta a los niños / La canción de la paz. // Azul y verde / El tiempo pasa sin parar / Porque el olivo de mi tierra / sienta en la silla de la eternidad / Mirando al mundo, con ojos de sus hojas / Cantando la paz, azul y verde.

Es obvio que el olivo representa la luz, la savia, la plenitud, la vida. Que como ya se ha dicho es, también, símbolo de la paz, y por ello han sido muchos y grandes poetas de todos los tiempos los que se acercaron hasta él para beber de su inagotable sabiduría. No por ello queda definitivamente escrita su historia, pues muchos serán aún los que, presumiblemente, canten a este sagrado árbol en el futuro.

Ahora los recuerdos se agolpan en mi mente. Viajo hasta una calle y una casa de un blanco radiante. Escucho el sonido de los cascos de las mulas cargadas con sacos de aceituna y un aroma de alpechín inunda la estancia en la que escribo estos versos que laten en mi corazón desde tiempos remotos :

Hoy, en la triste soledad de esta casa,
aún noto su enhiesto cuerpo leñoso,
su piel mestiza y horadada de siglos,
sus largos brazos de auroras en brasas,
sus claros ojos huyendo a la fuente
donde el fruto destella como el oro.

Aún hoy, cuando una lágrima se abisma
en la tierra del fuego y de la lluvia,
desciendo lentamente hasta los sueños
de una noche cualquiera en sus cenizas
y escribo nuevamente en su corteza,
en la árida comarca de sus venas,
los nombres y signos que siempre quise:

Eterno seas, árbol y olivo, humano dios.

¡El Olivo, árbol de bendición, símbolo de la paz, la luz y la vida, por y para siempre !

Baena-Aguadulce, julio del 2007