domingo, 25 de septiembre de 2016

LENGUAJE TACHADO DE MANUEL RUIZ AMEZCUA.



N o es frecuente en nuestros días hallar un texto que no sea correa de transmisión del pensamiento único que, casi sin darnos cuenta, se ha instalado en nuestras vidas de manera tan asfixiante. Hay que reconocer que un hecho así se agradece, porque es como si entrara un aire fresco y renovado por la ventana del saber, esa que de forma destacada concierne al libro, a la lectura, como nos recuerda José Jiménez Lozano cuando dice: «Por eso la lectura no es una forma de cultura, ni una obligación, ni algo útil, ni recomendable, ni siquiera algo conveniente, que lo es, sino una necesidad, la del hombre que precisa del libro, como de respirar, para pensar y sentir, para esclarecer la realidad y el laberinto del mundo». En este contexto de crisis generalizada y más particularmente de pérdida de valores y deshumanización creciente se presenta “Lenguaje tachado”. Escrito desde y por la libertad “Lenguaje tachado”, de Manuel Ruiz Amezcua (Jódar, Jaén, 1952) es un libro que invita, por el género que representa: el ensayo, a la reflexión, al debate, además de aportar conocimiento sobre algunos aspectos fundamentales de la historia literaria española, no solo del pasado y sus figuras más relevantes (San Juan de la Cruz, Cervantes, Lorca, Machado, Prados o Miguel Hernández), sino también del presente (Gimferrer, Colinas). No podemos olvidar, por su condición de poeta, el estudio que dedica al estado actual de la poesía española, que analiza de forma pormenorizada y muy crítica, mostrando su absoluta oposición al movimiento poético de la “nueva sentimentalidad”, más conocida por “poesía de la experiencia”, de la que dice: «Esta “experiencia poética”, que nos intentan vender como nueva es una experiencia de etiqueta, pero de ética, ni de estética. Tiene el tufillo campoamoriano de la mesa camilla y del franquismo sociológico, adobada con unos gramos de inservible realismo socialista, reciclado en postmoderno muy barato. Esta “experiencia”, por mucho que la disfracen, huele a cerrado y canonjía. Es el falso progresismo de los hijos de papá, con mala conciencia y vueltos al redil, pero sin que se note demasiado: ni lo de la conciencia, ni lo del redil». Ruiz Amezcua, poeta silenciado durante muchos años, se rebela en los textos contenidos en “Lenguaje tachado”, que no es sino como dice su prologuista, José María Balcells, un libro «que responde a la idea de que siempre hubo y habrá afanes de marginación del prójimo, afanes de reducir al silencio escritos de los que se recela y a los que se teme por entenderlos desestabilizadores. De ahí los afanes por tacharlos a fin de acallar voces incomodas que lo son por inconformistas, por resistentes a las imposiciones sistemáticas de naturaleza política, o de gremios culturales prepotentes que hacen y deshacen a su antojo con una impunidad que pretende perpetuarse». Ruiz Amezcua es consciente de la realidad que vive, aunque no le gusta y resiste a sus embates continuos, y por no querer ser cómplice de su aletargamiento y ruina, nos propone, también desde la esperanza, seguir el camino del conocimiento, de la palabra que vuela libre como los pájaros, para con ella llevar luz donde sólo habitaba la plena oscuridad. Así hasta los reencuentros con la verdadera literatura, lo que equivale a decir con la vida, que se concreta en los textos ensayísticos que Ruiz Amezcua dedica, con una visión distinta y aportaciones nuevas sobre Juan de Yepes (San Juan de la Cruz), para descubrirnos «el fenómeno sanjuanista y su zambullida en lo Absoluto, teniendo siempre en cuenta que todo arte verdadero en sí mismo es una forma de rebelde heterodoxia contra la productividad rutinaria de lo cotidiano», o de Cervantes, cuando escribe: «Cervantes logró no volverse loco porque había decidido escribir, porque escribir le pareció que era el mejor destino para un hombre, el de ensanchar la vulgaridad que nos rodea y convertirla en algo más divertido y más duradero», también cuando lo hace sobre Machado, García Lorca, Miguel Hernández, Emilio Prados, o de otros poetas actuales como es el caso de Antonio Colinas, cuando afirma que «es uno de esos poetas que ha sabido cumplir con una de las más altas misiones de la poesía: la conversión de la experiencia solitaria en solidaria». Como se ha dicho al principio, “Lenguaje tachado” es un libro que nos invita a reflexionar y a debatir, y por ello, dado el precario estado de la cultura en general y la literatura en particular, se hace necesaria e imprescindible su lectura. Quizá así no perdamos la esperanza en el futuro.


Título: Lenguaje tachado
Autor: Manuel Ruiz Amezcua
Edita: Galaxia Gutenberg
(Barcelona, 2016)


viernes, 23 de septiembre de 2016

GABRIEL CHÁVEZ CASAZOLA. POEMAS

Poemas de 

Gabriel Chávez Casazola 


(Bolivia, 1972)



Poeta y periodista boliviano, considerado “una de las voces imprescindibles de la poesía boliviana contemporánea”. En su país publicó los libros de poesía Lugar Común (1999), Escalera de Mano (2003), y El agua iluminada (2010). Su obra La mañana se llenará de jardineros (2013) apareció primero en Ecuador y en 2014 una segunda edición en Bolivia. En el último año, tres editoriales internacionales publicaron antologías de su obra poética, con los títulos Cámara de niebla (El Suri Porfiado, Buenos Aires, 2014), El pie de Eurídice (Gamar, Popayán, 2014) y La canción de la sopa (El Ángel, Quito, 2014).
Parte de su poesía se halla traducida al italiano, portugués, inglés, griego y rumano. Poemas suyos se encuentran incluidos en antologías bolivianas e internacionales. Ha sido invitado a encuentros, festivales y lecturas de poesía en las tres Américas y Europa.
Imparte talleres y cursos de escritura creativa en poesía en Bolivia y también los ha ofrecido en Colombia, Ecuador y México. Es colaborador de revistas internacionales de literatura y columnista en suplementos literarios de su país, donde mantiene los espacios de poesía Mirabiliario y El Estante.
Tiene también libros publicados en otros géneros y editó una Historia de la cultura boliviana del siglo XX premiada como Libro Mejor Editado en su país en 2009.  Entre otros premios, ha recibido la Medalla al Mérito Cultural del Estado boliviano. En 2013 fue finalista del Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo.

De la reciente antología de Chávez Casazola titulada Cámara de niebla, el poeta argentino Hugo Mujica ha escrito:“Debajo de la cotidianidad, también de la ironía, en cada poema de Cámara de niebla yace, asoma y nos señala, un ícono de la condición humana en su más y su menos: siempre en su ternura, siempre abrazada. Poesía contemporánea sin dudas y a la vez tan clásica: toda la tradición está en ella, por eso contundente, honda… Poemas, éstos, para quedar resonando en el lector y en el tiempo todo”.
De su libro El agua iluminada, escribe el poeta uruguayo Alfredo Fressia: “Poesía del elemento líquido, del viaje, de lo inestable como el tiempo y la memoria, la obra de Gabriel Chávez Casazola tiene el poder de transfigurar lo que toca, de iluminarlo. (…) Al mismo tiempo polifónica y profundamente centrada en la palabra de su creador, la obra de Chávez Casazola –un autor cada vez más reconocido entre los poetas del continente- suscita la inmediata adhesión del lector, la total identificación con el yo de este libro, que es siempre un nosotros, los que nos reconocemos iluminados por este poeta de excepción”.
Sobre su libro La mañana se llenará de jardineros, el poeta ecuatoriano Xavier Oquendo comenta: “Epifánica, torrencial y efusiva. Así encontramos la novísima poesía de Gabriel Chávez Casazola, una de las voces más imprescindibles de la poesía boliviana contemporánea. (…)El problema filosófico de la memoria y el placer se hace presente para entretejer de manera insólitamente hermosa los trazos de estos poemas que contienen sugerencias de largo aliento en una suerte de poesía épica personal, que es a la vez capaz de conmover a sus lectores”.
Y, a su vez, la poeta y crítica boliviana Mónica Velásquez, señala, sobre la obra de Gabriel Chávez: “Al salir de este mundo quedan renovados las celebraciones y los agradecimientos. Para quien se niega al olvido y ofrenda sus palabras al recuerdo de todo ser, lugar o silencio, las flores o palabras que caigan de su mano no serán otra cosa que un renacer. Una melancolía luminosa que atraviesa libros, mundos, cuerpos y sensibilidades para teñir de posibilidad lo que parece perdido es una marca, entre otras, que nos deja esta escritura”.



Koyu Abe siembra una semilla de girasol en los jardines del templo de Genji

Koyu Abe, con rigurosa túnica negra,
alta y rapada la cabeza
llano el ceño
siembra una semilla de girasol en los jardines del templo de Genji.

Con parsimonia deposita la pequeña cáscara repleta
de luz en potencia
de futuros asombros
en un cuenco cavado entre la tierra.
La cubre con una pequeña pala
la riega con una regadera anaranjada.

Pasa la brisa sobre los jardines del templo de Genji
la siente Koyu Abe en sus manos salpicadas por el agua.

En una bolsa de tela colgada en el regazo lleva
unas decenas o cientos de semillas.

Es aún muy de mañana y sembrar cada una es su tarea
y cubrirla
y regarla con su regadera anaranjada.

Un millón de girasoles habrán de alfombrar pronto los jardines de Genji y los huertos aledaños.

Monjes, campesinas,
todos habrán de tener manos humedecidas por el agua que riega los futuros
asombros amarillos de los niños,
las que serán luces piadosas para ojos extenuados.

Koyu Abe no conoce a Van Gogh, mas pinta girasoles con su pala.
Koyu Abe, cuya mirada divisa, en lontananza, los perfiles grisáceos de los silos nucleares.

A la vera de Fukushima se levantan los jardines del templo de Genji
y es preciso purificar el cielo, purificar las aguas, purificar el suelo, purificar los soles sembrando girasoles.

No es un efecto estético, me dice Koyu Abe, en el silencio de la imagen:
las raíces absorben los metales pesados
y del veneno nace, como si tal, la flor.

Mas es verdad que también la belleza purifica
por sí misma,

acota el holandés, saliendo del silencio de la tela,
yKoyu Abe me extiende una bolsa de semillas
de cáscaras repletasde diminuta luz.

La enorme regadera anaranjada
me la alcanza Van Gogh.


[De La mañana se llenará de jardineros, 2013]


Alivios

Aliviaba cierto dolor de la infancia atesorando
piedras de cuarzo
recogidas en las calles de tierra
piedras
comunes pero tocadas por alguna veta mágica
que las había transfigurado
transmutado
guijarros ocres elevados hacia el mármol.

Las reunía en el patio trasero de la infancia
y se las enseñaba a algún vecino pobre alguna tarde pobre
a otro niño cualquiera como él que
sorprendido
las pesaba y admiraba entre sus manos
maravillado
por la existencia de una belleza que no había entrevisto antes
guijarro ocre también él
y desde entonces surcado por una contemplación secreta
por una veta
que elevaba sus ojos al destello del mármol.


¿Qué habrá sido, me pregunto en esta tarde pobre de febrero,
de ese vecino y aquel patio trasero y la colección de cuarzos?
¿Y qué habrá sido del coleccionista?

En cuanto a él,
abrigo algunas sospechas sobre su paradero.

De hecho
yo mismo alivio ciertos dolores de la madurez recorriendo
las calles de tierra o de cemento de la tierra
buscando piedras
comunes
-palabras-
surcadas por alguna veta mágica
secreta
que permita transmutarlas hacia el mármol
con solo saber escuchar
-caracolas calladas-
lo que podrían decir
reunidas
en un patio trasero.

Las recojo, las reúno, las atesoro,
me maravillo
de su belleza oculta
guijarro ocre
las transcribo
y se las muestro alguna tarde a algún vecino.


A veces pienso que no sirven de nada
y una voz en el sueño me dice que no alcanzan,
que no alcanzan.

Es verdad que la colección de cuarzos no logró borrar el dolor que desfiguraba la
infancia
del coleccionista,
sacar de la pobreza a su vecino ni mejorar la calle o el traspatio

mas su solo estar ahí bastaba
para aliviar el mundo,
para transfigurarlo

para poner en los ojos un destello
y así elevar la piedra y aproximar el mármol

haciendo al mundo ligeramente más bello

y acaso
también
menos

cruel.



[De La mañana se llenará de jardineros, 2013]




No

No en el precioso y preciso jaspeado carmesí en el corazón de esta flor
blanca como un cáliz de nieve,
no en sus pétalos albos y pequeños, no en las
líneas carmesíes diminutas como trazos de sangre de un gorrión
malherido de amor sobre esa nieve;
no.

La belleza está en los ojos del que mira,
en el preciso y precioso jaspeado del iris de sus ojos,
en el corazón de su pupila,
en las líneas nerviosas diminutas que conectan el ojo
con la mente.

La belleza no está en el mundo por sí misma y para sí.
La belleza del mundo está en los ojos de los habitantes del mundo,
en la mente de los habitantes del mundo, en todos los sentidos de los habitantes del mundo
pues no hay olor sabor textura ni trinos de gorrión ni cálices de nieve
sino aquél que puede maravillarse en ellos.

La belleza está en tus ojos en tu lengua en tu pezón
en el funcionamiento maravillosamente armónico del martillo y el yunque y el tímpano de tu oído interno
en las células olfativas que trémulas se extienden debajo de tu rostro.

Contra la muerte y el dolor y el mal,
a pesar de la extensión de su reinado en ti y en mi,
la belleza está en ti y en mi, no en esta flor

que temblorosa sostiene
su blancura
y sus irisaciones carmesíes
en una palma cuyo pulso un día dejará de latir
y será trazo de sangre en el corazón de un gorrión niño
y cáliz de tierra y humus para las nuevas flores
como esta

que temblorosa sostiene
su blancura
para aquellos que podemos percibir la suma
de todos los colores.




[De La mañana se llenará de jardineros, 2013]


De la velocidad de los fantasmas

En un prólogo leo que un poeta fue prematuramente muerto.
Pero, ¿acaso hay alguien que muere antes de tiempo?
Todos morimos en el momento exacto.
Lo que ocurre es que los muertos jóvenes dejan más cosas pendientes
y tardan mucho en desplazarse
–distraídos y perplejos– para cerrar sus círculos.

Sí, los muertos jóvenes viajan muy lentamente
para poder ajustar cuentas:
sé de una muchacha cuyo fantasma demoró largos veinte años
en recorrer a pie la ruta desde Buenos Aires hasta San Lorenzo,
en el norte,
atravesando pampas y cañaverales,
para poder decir adiós
con una vaharada de perfume a un hombre que fue suyo,
y sé también de un piloto, muerto en cierto accidente,
que demoró diez años en llegar a los sueños de su madre
para revelarle en cuál pico de los molestos Andes
se encontraba, congelado y envejecido,
cual la heroína de Horizontes Perdidos en el Tibet,
su exquisito cadáver treintañero.


Los muertos viejos no.
Los fantasmas de los que han muerto viejos llevan los pies livianos
ya casi alígeros de tan inmateriales
(recuerdaA Christmas Carol)
y pueden cerrar cuentas –si aún las tienen– en una misma noche,
en esa misma noche en que los velan.


Los muertos niños
los muertos niños no se van del todo
se quedan atrapados e indefensos entre sus juguetes
sin percatarse de que han muerto,
de que algo ha cambiado radicalmente entre ellos y nosotros.

Por eso, cuando de noche en tu departamento se encienda algún juguete sin motivo
aparente o si, como en cierto palacete de San Isidro en Lima,
un niño se le aparece a una invitada
de voz bella, con toda naturalidad,
jugando tras del escritorio,
es que allí algún pequeño no ha cerrado su círculo
entre sí mismo y la dura razón de la existencia.


Los muertos no nacidos fluyen siempre en el torrente de la sangre de sus madres.




[De La mañana se llenará de jardineros, 2013]


1972

Fue el año en que Nixon visitó la China
que Marco Antonio Campos refutó a Neruda

Las páginas no sirven. La poesía no cambia
sino la forma de una página

que estrenaron Solaris (lo dije en otro poema) pero también Aguirre Cabaret Garganta profunda El hombre de La Mancha Gritos y susurros El útimo tango –ah María Schneider en la tina y Brando ubicuo, bilocal, al mismo tiempo en el ático parisino y en Villa Corleone, otro y el mismo– mientras Zefirelli hacía volar a Chiara y Francesco en una nube de flores, Snoopy se iba de casa junto a Woodstock y Chaplin volvía a Hollywood (ya Osvaldo Soriano lo contó en una novela suya).

Murieron Chevalier, Alejandra y Kawabata, el primero bailando los otros dos
al filo del espejo
y se despidió de este mundo una princesa
Carolina Matilde de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, bautizada como Princesa Viktoria-Irene Adelheid Auguste Alberta FeodoraKaroline Mathilde de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg
de la que solo queda el nombre en Wikipedia.

También dijo arrivederci el profeta de la usura, que solía contemplarse en los ríos
en noches de plenilunio y enderezar aun las torres con sus cantos.

Una estela explosiva dejó el cohete fallido que propulsaba a la sonda Cosmos hacia Venus
y otra Harry S. Truman, con su cortejo de átomos y carne chamuscada.

Bobby Fischer, el díscolo, el irreductible, venció a Boris Spassky
llevándose el título a casa junto a unas cervezas,
en tanto el odio ensangrentaba los juegos olímpicos de Munich el penal de Trelew
un domingo en Irlanda del Norte el campus de la universidad de El Salvador
en cuanto un terremoto destruía Managua y en Roma
un tal LaszloToth atacaba la Pietà de Miguel Ángel con un martillo,
gritando que él era Jesucristo.

Era 1972 y en un país perdido entre montañas,
en una clínica metodista, por puro azar,
nacía yo, que debí haber nacido en otra ciudad y otro hospital;
y poco antes o después nacían otros niños y niñas con los ojos también maravillados,
de este y del otro lado del Ecuador, dedicados ahora, como yo, a este inútil,
maravillosamente inútil oficio de escritura.

Sí, de seguro fueron los efectos del cohete de la Cosmos
el poderoso cóctel de todas esas películas
algo de los últimos alientos de Pound y la Pizarnik,
y sobre todo la estela del poema de Marco Antonio Campos:

Las páginas no sirven. / La poesía no cambia / sino la forma de una página, la emoción, / una meditación ya tan gastada. / Pero, en concreto, señores, nada cambia. / La poesía no hace nada. / Y yo escribo estas páginas sabiéndolo.

Eppur si muove, cuarenta años después
ya solo quedan en pie los poemas de Alejandra, los cantos de Ezra, algo de las novelas de
Kawabata, mucho de los versos de Neruda y casi todas esas cintas
indescriptibles

mientras el resto: Nixon Mao Neftalí Reyes Tarkovski Klaus Kinski Bob Fosse la deliciosa Linda Lovelace el insoportable Ingmar Bergman la más deliciosa María Schneider el más insoportable Marlon Brando el ya no se diga Charles Chaplin Osvaldo el Negro Soriano Charles M. Shulz Maurice ChevalierCarolina Matilde de Schleswig- Holstein-Sonderburg-Glücksburg el propio Ezra el programa espacial soviético la URSS Truman Bobby Fischer y todos sus rivales las víctimas y los asesinos el loco del martillo
son ya carne de gusanos y de la desmemoria

como lo seremos los poetas del 72 y Zefirelli y Marco Antonio Campos algún día
pero no su refutación a Neruda que se refuta a sí misma

perdurando

inútil y maravillosa
como la poesía,
como la Loren
como La Pietá

 triste, solitaria
y final.



 [De La mañana se llenará de jardineros, 2013]




La canción de la sopa

En tiempos de mi abuelo las familias eran grandes
vivían en grandes casas —grandes o chicas, pero grandes,
inclusive diminutas, pero grandes.

Comían alrededor de grandes mesas
mesas fuertes, cubiertas o no de mantel largo
pero bien establecidas en el piso.

Con cucharas enormes comían la sopa
en los grandes mediodías. La sopa extraída con grandes cucharones
de unas enormes soperas.

Se reunían juntos después a oír la radio, a tomar café,
a fumarse un cigarrillo
sin grandes (ni pequeños) cargos de salud o de conciencia.

Mamá, bordando a veces y a veces tejiendo,
veía sucederse a los hijos y a los nietos
en un ininterrumpido y gran bordado.

Papá, la autoridad papá, llegaba todas las tardes a las 6
montado en un gran auto americano o en un gran caballo
o con un gran estilo
de caminar
para pasar la noche junto con los hijos y los nietos que el
tiempo no había interrumpido,
salvo aquél que enfermó, aquél que se fue
dejando un enigma y una sensación de vacío
—una enorme sensación de vacío—
flotando, con el humo de los cigarrillos,
sobre la sobremesa de la cena.

A veces, en esos momentos, papá, la autoridad papá,
dejaba de escuchar los sonidos de la radio y quería estar
solo consigo mismo, simplemente
no estar ahí, tal vez estar corriendo por alguna lejana
carretera con una rubia parecida a mamá cuando no era
mamá, montado en un gran auto americano o en un gran caballo o
con un gran estilo de caminar aún no vejado por el tiempo.

Mamá a su vez algunas sobremesas sentía un nudo
en la garganta, un nudo que después salía flotando de su
boca montado en un gran suspiro,
un enorme nudo que se enredaba en el vapor
de su taza de café, con unas
volutas que le robaban la mirada y la hacían desear
estar sola,
simplemente no estar ahí, escuchando los llantos
de las últimas hijas y los primeros nietos.

Así fueron los años, vinieron los cafés y los cigarrillos
y un día la gran casa se fue quedando sola, las enormes
soperas vacías, las cucharas mudas
de una enorme mudez que a hijas y nietos nos persiguió
a lo largo de miles de kilómetros de carretera, de cable de
teléfono, de grandes ondas que ya no se miden en kilómetros.

Incluso aquél que enfermó, el primero en partir
como cada quien que bebió de esa sopa fue alcanzado por la mudez,
que se metió en su pecho por la gran boca abierta
de un enorme bostezo.

Entonces
compró una breve sopa instantánea
y entre sus mínimas volutas
se permitió un pequeño llanto.

No podía tomar la sopa.
en su diminuto departamento no había una sola cuchara,
una sola mesa bien fundada, algo
que vagamente pudiera parecerse a la felicidad
y sus rutinas.

Entonces pensó en los tiempos de su abuelo o del mío
o del tuyo, cuando las familias eran grandes
vivían en grandes casas —grandes o chicas, pero grandes,
inclusive diminutas, pero grandes—
y veían sucederse a los hijos y a los nietos
en un ininterrumpido y gran bordado
con enormes hilos invisibles abrazándolos a todos en el aire.



[De El agua iluminada, 2010]
Los patios son para la lluvia

cuando ella cae despiertan sus baldosas,
abren los ojos del tiempo sus aljibes.

Y entonces los patios cantan.

Un canto hondo,
en un idioma arcano
que hemos olvidado pero que comprendemos
cuando cae la lluvia sobre los patios
y volvemos a ser niños que oyen llover.

Bajo la lluvia todas las cosas son renovadas en los patios
y cuando escampa el mundo huele a recién hecho, a sábado de Dios, a primavera.

El canto de los patios en la lluvia borra el dolor del universo y susurra el dolor del
universo
por las lluvias perdidas, por los patios perdidos, por los cantos perdidos,
por ti y por mi que bailamos
bajo la lluvia de Bizancio
arcanas danzas
con movimientos hondos e indescifrables
en los patios de la memoria.

Por ti y por mi que bailamos
que llovemos
que despertamos las estaciones mientras el patio canta

porque la lluvia es para los patios,
esos indescifrables.


[De El pie de Eurìdice, 2014]


Memento mori

Ni el arco que contempló las pomposas victorias de César Marco Aurelio Antonino Augusto
ni aquél que casi fue rozado por la tiara del Papa Rey erguido en una cabalgadura
preciosamente enjaezada
ni ese otro que vio al Gran Corso desfilar con sus tropas en el cénit
de su tardío imperio decimonónico
y ni siquiera el pequeño seto de pino bajo el cual paseaba el Libertador,
hombre más bien menudo,
en la quinta de San Pedro Alejandrino,
cobijaron el mismo poder
que el arco que forma tu cintura
ni celebraron mejor
la frágil duración
de los reinos y el reino de este mundo
que la curvatura de tu espalda
cuando mi mano, en el alba, la atraviesa.




[De La mañana se llenará de jardineros, 2013]


Elemental

Si yo fuera panteísta —me decías—
escogería venerar a los dioses domésticos,
los dioses del hogar, pequeños y sencillos,
que se esconden tras una planta del jardín,
en la corteza de un mueble de madera
o dentro de un jarrón de cerámica
que alguna vez una muchacha aborigen portó sobre su cabeza
-cómo ondeaba su cintura en equilibrio, su cabello negrísimo.

Los dioses diminutos y traviesos
de la lluvia en verano o del agua cayendo desde la regadera,
la diosa de la acequia en una vieja huerta
que aún frecuenta mi infancia,
las diosas del estanque o de la alberca
—siempre hay algo divino entre las aguas—,
el dios de la puerta, el dios de las almohadas, el dios de los jabones,
el dios de las ventanas,
la turbulenta deidad de la caldera que hierve,
el dios mayor del hogar, escondido (y revelado) en el fuego.

Si yo fuera panteísta, me decías, creería en todos esos dioses.
O en la porción secreta de Dios que hay en todos los elementos
—repuse.


Y mientras conversábamos, al caer de la tarde,
miraba yo con recelo y ternura, al mismo tiempo,
ensombrecidas pero aureoladas de luz nueva,
todas las cosas de la casa.




[De El pie de Eurídice, 2014]




De su estancia


De su estancia en vaya a saberse cuáles ciudades de la confusión
conservaba,
apenas a salvo de la humedad y el calor propio a esa hacienda
estacada en el centro del verano,
unas cuantas revistas que en el cuarto de baño daban cuenta
de un pasado mejor, de unos años
de bullente actividad intelectual,
de grupos activistas, de talleres de cuento, de seminarios
lacanianos,
de círculos de discusión de la Escuela de Frankfurt
y otros misterios reservados para los iniciados en
el buen sexo y los porros de aquella época y de aquellas ciudades de la
confusión
en las que esa mujer altiva y lúcida aprendió a preparar un par
de buenos platos
—por ejemplo, pollo al mole—
que hoy junto a las revistas son todo el patrimonio que perdura
de aquellos años dorados, esplendentes,
en que todos querían cambiar el mundo a fuerza
de bullente actividad intelectual y porros y Gramsci y hasta de Louis Althusser,
hasta que Louis Althusser estranguló a su mujer e ingresó al manicomio
y murió babeando su impotencia y su ira en un camino
lodoso, del color del mole del pollo al mole,
botando sangre como rojos un cuadro de Frida Kahlo,
ese lugar común ahora, por entonces aún un descubrimiento
en una de las tapas de aquellas revistas estacadas
en medio del baño de aquella hacienda,
estacada a su vez
en el centro de esa mujer altiva y lúcida, tan digna
en su derrota
como la golondrina de Wilde cuando decía
despreciar el verano.

[De El agua iluminada, 2010]




Albricias
A Lucía

Como un don o como la retribución de un don
cual una fruta presentada en un ritual simplísimo
la niña ha entrado en la casa, lo ha
visto todo con su escuchar,
todo lo ha oído con su ver y así
tan atenta al universo
que acababa de crear
el primer día
(en el principio era la tiniebla y el espíritu de Dios flotaba
dulcemente, en posición fetal, bajo la faz de las aguas)
hágase la luz
ha dicho
sin apelación a ningún significante

y nos hemos comenzado otra vez a existir
briznas de su costilla,
depuesta la flamígera,
la desnudez desnuda,
su greda fresca, el jardín
recién regado.


[De El agua iluminada, 2010]

De senectute

Y así, de un modo insensible, imperceptible, va uno envejeciendo,
no hay brusca ruptura de la vida, váse extinguiendo
con esa diuturnidad, ese quehacer cotidiano
Marco Tulio Cicerón, “De la vejez”


Como un coral joven, como
una dendrita que extendiera su primer
filo al mundo para asir el tejido,
como un güembé cuando se prende al árbol con uñas breves y raíces
todavía tiernas,
así en algún momento allanó este dolor
la casa del verano
y fue poco a poco instalándose en ella,
construyendo su sillón de hierro sobre el piso del living,
entornillando su plato de aluminio vacío
en la mesa en la que repicaban las cucharas,
hincando un tenedor de ponzoña en los guisos que aromaban la cocina,
acostando su cuerpo de calamar viscoso en nuestra cama,
haciendo un agujero en alguna
tubería del baño
—gota sobre gota que marcaba
las lentas e intermitentes fugas de la dicha.

Como un arrecife de coral, como un manglar de dendritas
las uñas y raíces de este dolor hicieron suya la casa del verano.

Ahora este silencio presagioso que inquieta la biblioteca
y recorre los estantes y la mesa de noche
acaso anuncia que el invasor muy pronto enmohecerá los libros
o desvanecerá sus letras,
entrepalabrándolas
con panfletos y facturas vencidas.

De ahí que sea una urgencia llenar páginas de signos
que más aprisa que la carcoma
que más aprisa que el tumor puedan acusar
recibo
de que existió el verano y existieron las cucharas y los guisos
y la cama de lino feliz y el agua en la regadera
y los libros en la mesa de noche
y este que escribe
y este que escribe.



[De El agua iluminada, 2010]






Para desconcertar
(benedettiana)


Tu corazón está lleno de sorpresas
es como una feria para niños
y como un cementerio.

Tu corazón tiene bosques con árboles prohibidos en su centro
mares de playas solitarias y volcanes dormidos
tiene murallas chinas monumentos favelas
sus catedrales góticas y pequeñas ermitas.

Tu corazón está lleno de vacíos, preguntas,
de miradas de noche a los cielos ajenos.

Tu corazón está lleno de rutinas
es como un taller mecánico
o como una cita a ciegas.

Tu corazón tiene zonas baldías y habitaciones clausuradas
avenidas con anuncios fluorescentes y ruletas
barrios peligrosos donde no es posible aventurarse sin coraza
glorietas floridas como en domingo de ciudad pequeña.

Tu corazón está lleno de certezas, de credos,
mediodías alegres con los pies en la tierra.

Tu corazón es un aeropuerto
una nota a pie de página
una estación de paso
la casa donde vivo.

Solo tu corazón entiende a tu corazón,
solo tu corazón se desentiende.


[De El agua iluminada, 2010]


El agua iluminada

Y de pronto hay días que, en efecto, la luz es como el agua, el aire es
como el agua, la noche es como el agua, la piel es como el agua
primera
donde
fuimos felices
y sin saberlo nos regocijábamos por ello
y por todas las cosas
nuevas
bajo el sol
sentados meciéndonos
con los pies colgando alegremente
sobre el techo.




[De El agua iluminada, 2010]


Oliver Twist

Nació, como muchos hijos de la calle,
y su primera (o tal vez única) tibieza
fue el rescoldo del motor de un automóvil,
allí mismo donde fue parido y abandonado.

Lo adoptamos la mañana siguiente.
Lo bañamos, lo alimentamos, le dimos nombre.
En rigor de verdad, con el paso de los meses le dimos muchos nombres
como todos deberíamos tenerlos, de acuerdo a
nuestros cambios y los cambios de las circunstancias.
—¿Recuerdan la confederación de las almas
de la que habló Tabucchi?

Ni siquiera llegó a conocer el amor ni a multiplicarse.
No tuvo demasiadas alegrías, salvo las rutinarias
—compartir algunos ratos con otros seres,
dejarse acariciar la cabeza cada tanto—
ni demasiados pesares,
salvo una muerte horrible.

Lo encontramos una noche desangrándose por la boca,
con su interior destrozado.
—Cuentan ¿será posible? que tiempo antes
de acabar con los judíos, en algún lugar les quitaron
sus perros y sus gatos y sus canarios, y por crueldad o
diversión los asesinaron de una forma espantosa.

Dije que lo encontramos pero en rigor de verdad
lo escuchamos.
Daba alaridos bajo el auto
en el mismo lugar en el que fue parido
y que eligió para morir,

quién sabe buscando aquel rescoldo
esa primera (o tal vez única) tibieza
del motor recién apagado, que le dio la ilusión
de haber sido bienvenido en este mundo
y de que alguien o algo le decía adiós
cuando salía de él del mismo modo en que había entrado:
envuelto en sangre y solo,
exactamente de la manera en que suelen hacerlo
los muchos hijos de la calle.



[De El agua iluminada, 2010]



Lucas 13, 4

¿Quiénes eran aquellos dieciocho hombres
—acaso mujeres, acaso también niños, aquí el genérico es equívoco—
sobre cuyas cabezas vieron desmoronarse
la Torre de Siloé, de la que nada sabemos
salvo lo que sigue refiriéndonos en su Evangelio
el médico y cronista hebreo Lucas?

¿Eran tal vez constructores
que levantaban la estructura de la Torre
o que la apuntalaron, fallando en el intento?
¿Eran transeúntes, que pasaban cobijándose a su sombra
del fuego cenital, del brillo inclemente del sol en las arenas?

Nada sabemos de ellos tampoco, salvo lo que el Elegido dijo
—reverberación, eco límpido a través de los siglos—
por la mano de Lucas:

Que los muertos de Siloé
(y pudo haber dicho de Port au Prince o del Maule)
no eran más ni menos culpables
que los demás hombres y mujeres de la tierra.

Que el misterio de la tragedia —o mejor: del accidente—
es algo que escapa a nuestras mentes breves
y secretamente forma parte del anverso de la trama
del Gran Tejido, del cual vemos solamente
—per speculum in aenigmate—
sureverso,

lleno de torpes nudos, de cabos sueltos,
de absurdas muertes como las de
aquellos dieciocho hombres
—o mujeres, o niños— de Siloé
o los miles de Kerman, de Shan Si y de otras provincias
de los reinos que hemos fatigosamente construido
y que un día pueden desmoronarse
como la torre de Jerusalén, partirse en dos o en tres
cual las calles de San Francisco o de Lisboa.

—Y sin embargo,
los arqueólogos afirman que la torre derruida
pertenecía a las murallas de la ciudad y se erguía junto a una fuente
de la que además tomaba el nombre, en el valle de Tyropean.

Hablo de la afamada fuente de Siloé, de la que hablaron ya los profetas
Nehemías e Isaías,
a cuyo estanque acaso habían ido a calmar su sed
aquellos dieciocho hombres;
a cuyas aguas siguieron yendo a calmar su sed los hombres y las mujeres y
los niños
por mucho tiempo después de la tragedia;

ya que el accidente, el dolor, la muerte, el sinsentido,
la catástrofe,
por más que nos aplasten
o aplasten a quienes más cerca se encuentren de nosotros
no pueden apagar la sed de infinito
que nos aqueja desde el principio,
la sed de luz
que saciamos en los abrevaderos de la dicha,
aun cuando se encuentren situados
en los estanques mismos donde nos desmoronó el sufrimiento.

Allí mismo, en el valle de Tyropean.



[De El agua iluminada, 2010]
Vuelo nocturno / Arte poética 1

Esa luz que se apaga
no es un imperio
ni una luciérnaga.

Antoine lo sabía, lo supo volando sobre la Patagonia.

Esa luz que se apaga es una casa que cesa de hacer su ademán
al resto del mundo,
una mansión

—una humilde mansión si cosa cabe: todas las casas del hombre
son una mansión, todas las mansiones del hombre una cabaña—

una mansión, decía Antoine, que se cierra sobre su amor. O sobre su tedio.

Una luz vacilante a la que
—frío al calor—
unos labriegos reunidos
se aferran

náufragos que balancean un fósforo
ante la inmensidad
desde una isla desierta.



[De El agua iluminada, 2010]


Vuelo nocturno / Arte poética 2

El eje del mundo se ha movido hoy diez centímetros

a la izquierda o a la derecha quién lo sabe
pero los poetas esta noche andan revueltos

y se descalzan
y entran al río
y se ponen
a atrapar
el resplandor
de las estrellas

a atraparlas
con las manos
en el agua.




[De La mañana se llenará de jardineros, 2013]




Una rendija

Y tomando barro de la acequia
el niño formó cinco pajarillos cuando nadie lo veía.

Se alisó entonces el cabello que le cubría la frente
tomó aire
sopló suavemente sobre ellos

y echaron a volar.




[De El agua iluminada, 2010]





Donde el poeta, investido como un personaje de Kozinski, conversa con su hija


Para Clara

Y si de pronto un rayo o un camión se abaten
sobre la palma erguida,
sobre su razón llena de pájaros
y mediodías

si la malaventura hiere su frente de luz
y la desguaza
y convierte en escombros su razón
y su alegría
que era también la nuestra

no te dejes llevar por la tristeza,
hija,
recuerda que detrás de los escombros
siempre quedan semillas

y que algún día,
pronto,
después del rayo y la malaventura

se abrirá la luz
cantarán los pájaros
y nuestra calle y todas las calles del mundo
donde alguna vez hubo palmeras abatidas
se llenarán de felices jardineros
que peinarán
los nuevos brotes
y regarán los mediodías.

Te lo prometo, hija:
la mañana se llenará de jardineros.



[De La mañana se llenará de jardineros, 2013]